martes, 1 de septiembre de 2009

¿Avanzaremos sin educarnos?

Por Isaías Medina Ferreira

Como comunidad que lucha por su lugar dentro de la sociedad en que se desenvuelve, los hispanos, los últimos en llegar, tenemos miles de retos por delante, pero como grupo ninguno tan desafiante y monumental como el de la educación de nuestros hijos. Sí, como inmigrantes nuestra vida no es fácil, pero no podemos mirar el problema de la educación como un problema de la escuela y los maestros. Que hay deficiencias dentro del sistema escolar es innegable. En ese caso, debemos luchar por que se resuelvan, pero desde dentro, participando activamente, pues al fin y al cabo, esa es otra forma de demostrar que la educación de nuestros hijos nos importa.

Todos parecemos entender que la educación es un gran ecualizador social; que es un gran soporte para mejorar nuestro nivel de vida individual y un gran catalizador para impulsar nuestro avance social como comunidad. Y sin embargo, el desenvolvimiento de los alumnos hispanos en las escuelas raya en lo desastroso: ocupan el fondo en casi todas las categorías de medidas de logros.

A nivel nacional, siendo sólo el 16% de la población escolar, la tasa de deserción de nuestros pupilos fue en el 2000 de casi 34%, mientras que en 1990 había sido de 22%, de una población escolar que era el 11% del total. Según el EPE Research Center, en el año escolar 2003-04, la tasa de graduación de nuestros estudiantes de secundaria fue de 57.8%.

Lo peligroso es que esta tendencia va en aumento y no se le ve final. Debido a que los distritos escolares enfrentan cada día más retos económicos, hay menos personal para atender las necesidades de los hispanos en forma de maestros bilingües, ayuda individual o mentores.

Eso, y las regulaciones de “Que No quede un niño atrás”— No Child Left Behind (NCLB), como se le llama en inglés — son una presión enorme sobre los distritos escolares, lo cual significa que el problema, en vez de disminuir, podría tornarse más severo e insoportable.

En Massachusetts, debido a los requerimientos de MCAS (Massachusetts Comprehensive Assessment System), el problema es desafiante.

Según el reporte Losing our Future (Pérdida de nuestro Futuro), que publicó el Proyecto de Derechos Civiles de la Universidad de Harvard (Civil Rights Project) y el Instituto Urbano (Urban Institute), en febrero de 2004, Massachusetts sólo le sigue a New York como el estado con la mayor brecha en la tasa de graduación entre hispanos y anglosajones. En el estado completo, solamente 36% de los muchachos hispanos de noveno grado se gradúa (30% en Boston), comparado con 49% de los afro americanos y 74% de los estudiantes blancos.

Lo escandaloso es la forma aparentemente amañada como las autoridades de ciertos distritos han manejado el impacto que MCAS y No Child Left Behind han introducido en la ecuación.

Resulta, que al ser las escuelas cuyos pupilos no cumplen con el mínimo de avance requerido castigadas basado en los resultados de NCLB y MCAS, la solución ha sido simplemente evitar que los hispanos, que son generalmente los menos competentes en inglés, tomen el examen de MCAS. ¿Cómo? Aplazándolos. Al ser el examen de MCAS de décimo grado definitorio para poder graduarse, el noveno grado es como el dique de contención de estos muchachos.

No sabemos si es ésta una decisión consciente, pero las cifras no mienten.

Según David Bernstein, de The Boston Phoenix en su artículo “Adiós, escuela”, de marzo de 2004: “[…] de 1410 estudiantes hispanos del noveno grado en las escuelas públicas de Boston al final del año escolar 2002-2003, 61% (864 estudiantes) fueron mantenidos en el noveno grado en junio, mientras que solamente 39% (564 estudiantes) fueron promovidos al décimo grado...”

Aunque no tan pronunciado, el problema de que menos estudiantes tomen el examen de MCAS en décimo grado, en comparación con la cantidad que lo tomó en octavo grado, es consistente a través del estado. Según un estudio de The Mauricio Gastón Institute, de la Universidad de Massachusetts-Boston publicado recientemente, de 8,795 estudiantes hispanos que tomaron el MCAS en el octavo grado, en el 2004, solamente 7,410 se examinó en el 2006; o sea, hubo 1,385 estudiantes menos.

La consecuencia negativa más obvia de estos resultados, es que al ser la edad de 16 años el límite legal de la enseñanza obligatoria, muchos de ellos, al no poder avanzar más allá del noveno grado, se desilusionan y simplemente desertan.

La situación es ciertamente desalentadora. Y no tendrá cura hasta que a las escuelas, además de cumplir con preparar a los pupilos para las pruebas requeridas, no se les requiera graduar un porcentaje mínimo de alumnos como parte del rasero que les da carta de aprobación para seguir laborando sin ser castigadas.

Como podemos ver; hay obstáculos, pero no deben servir de excusas para justificar la situación en que nos encontramos; más bien son indicación de que tenemos mucho trabajo por delante.

Hay algo que tanto pupilos como comunidad deben comenzar a entender: las pruebas de MCAS no desaparecerán; por el contrario, es posible que sean más rigurosas en el futuro. Además, debemos rechazar con vehemencia la idea sutil de que los resultados negativos de las pruebas entre los hispanos es “algo que debe esperarse”, como la realización inevitable de una profecía. Sí, como comunidad naciente, cuyos miembros muchas veces nómadas van de ciudad en ciudad, tenemos muchos problemas, pero hispano no es sinónimo de derrotado. Hay que romper con la mentalidad que en general cataloga a nuestros pupilos como “menos”, proclives a fallar más consistentemente por su propia naturaleza y a quienes hay que asistir con más frecuencia, y nosotros a aceptarlo con complacencia.

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