domingo, 15 de octubre de 2017

MÁS QUE UNA NOVELA DOMINICANA (2)

Por José Carvajal

Quiérase o no; se reconozca ahora, más adelante o nunca, lo cierto es que con «La solución final de la cuestión proletaria» Edward Chá marcó la línea generacional que necesitaba la novelística dominicana para separar el ayer del hoy. El hoy es un siglo renovado en todos los aspectos; y el ayer queda detrás con los temas tradicionales enmarcados mayormente en memorias o creencias particulares o colectivas, referencias históricas y lingüísticas –sea del campo o de la ciudad–, o en torno a la vida de figuras prominentes de la política local.

Al parecer, y aunque no es el único, un precedente de la novela de Edward Chá, en cuanto al rompimiento con la temática del pasado, sería «Carnaval de Sodoma» de Pedro Antonio Valdez. El académico colombiano Julio Penenrey Navarro observa en la obra de PAV que «con una estructuración narrativa burlona, crítica, sarcástica e irónica, la novela de Valdez cuenta con la virtud de sacar a la novelística dominicana del anquilosamiento temático en el que se encontraba, el Trujillato…»

Sin embargo, y a pesar de que lo de «narrativa burlona, crítica, sarcástica e irónica», sin dejar de lado lo experimental, hermana la obra de Valdez con la de Chá, la de este último significa el eslabón de la renovación total de la temática y de la posible introducción de la novela completamente dialogada en la literatura dominicana.

«La solución final de la cuestión proletaria» está estructurada en 140 episodios dialogados, y por las escasas descripciones y el desenvolvimiento verbal que trazan el comportamiento de los personajes, puede dar la impresión de ser un guion televisivo en el que un narrador omnisciente apenas asoma las narices para ubicar la escena correspondiente. A mí me recuerda por ejemplo las novelas dialogadas de Benito Pérez Galdós, aunque el autor español, figura destacada de la famosa Generación del 98, prefería llamarle «novelas habladas». De Galdós se dice que con la forma dialogal inauguró una modalidad narrativa al publicar su obra «Realidad» en 1889.

Más cerca de nosotros, en lo temporal y en América, me asalta la memoria el nombre de Manuel Puig y sus celebradas novelas dialogadas («Boquitas pintadas», «The Buenos Aires Affaire», «El beso de la mujer araña», entre otras). En un ensayo que apareció en 2004 en Espéculo, revista de estudios literarios publicada por la Universidad Complutense de Madrid, la académica Carolina Castillo trata el caso de Puig como el de una ruptura de «lo que hasta el momento [años sesenta] se entendía por literatura en el contexto de la serie nacional [en Argentina]». Al igual que en las novelas de Puig, en la ópera prima de Edward Chá la «novedad» se apoya en la «forma narrativa que se construye a partir de la presentificación de voces que conversan». Observen que hasta este punto solo hablo de forma y de lo que se podría considerar como un «sistema discursivo» utilizado por el joven autor dominicano nacido en 1990.

En «La solución final de la cuestión proletaria» también está presente la atmósfera de clásicos como Dickens, Dostoievski, Balzac, Flaubert, que utilizaron la novela para exponer la vida de sus respectivas sociedades locales sin imaginarse que de ese modo la universalizaban para el deleite de lectores de todos los tiempos. En ese sentido la experiencia me ha llevado a concluir que cada lector escribe su propia novela sobre el texto ya publicado; el discurso narrativo del autor se convierte en solo un esquema, una propuesta a la que se reacciona de acuerdo con emociones que derivan del nivel intelectual y apreciativo del lector.

En su ensayo «El texto, el placer, el consumo» Umberto Eco establece que «Toda obra se propone dos tipos de lectores. El primero es la víctima designada de sus mismas estrategias enunciativas; el segundo es el lector crítico que goza con el modo en que se ha visto conducido a ser víctima designada. Ejemplo palmario –pero no único– de esta condición de la lectura es la novela policíaca, que siempre prevé un lector de primer nivel y un lector de segundo nivel. El lector del segundo nivel no debe gozar con la historia contada, sino con el modo en que está contada.»

Lo expresado por Eco abre la posibilidad de la interrogante con respecto a la novela de Edward Chá: ¿qué tipo de lectores tendrá «La solución final de la cuestión proletaria»? Y la respuesta puede variar, pero sin obviar que no tendrá muchos lectores en la Isla, y menos si son además escritores. El prejuicio y el rechazo al cambio que imperan en los cenáculos dominicanos, la insidia, la mezquindad y la falta de profesionalismo mantendrán a Edward Chá en la sombra de la marginalidad intelectual. Pocos le reconocerán el talento de un novelista principiante que busca la estrella de la originalidad, aunque el esfuerzo no pase de ser el de las ilusiones de un Lucien de Rubempé. Pero en Chá no solo debe ser reconocible el esfuerzo y la disciplina del escritor primerizo que se lanza al ruedo con una obra de casi 300 páginas, sino también el riesgo de atreverse a exponer temas cotidianos que para ciertos gustos serían insignificantes en el ejercicio de la literatura; lo mismo el coraje, el valor de ser si no auténtico, por lo menos parecerlo. Y es que, como dejó dicho Norman Mailer (en su libro «Un arte espectral: reflexiones sobre la escritura»), «los novelistas están comprometidos en algo análogo. Si empiezan a pensar en todo el daño que van a hacer, no pueden escribir el libro; no si son razonablemente decentes. // El tema es que uno está enfrentando un problema auténtico. O produces una obra que no enfoca lo que realmente te interesa o, si vas a la raíz con todo lo que tienes, no hay modo de no herir a tu familia, amigos y transeúntes inocentes.»

Aun hay mucho por explorar en la novela de Edward Chá. Mis apuntes y subrayados son abundantes, y espero poder exponerlos en próximas entregas. Falta echar miradas específicas, desde la clásica intencionalidad del autor al nombrar los personajes, creíbles o no, hasta la caracterización de estos y su modo de comportarse en la sociedad fallida que nos presenta el joven novelista. También sería posible adelantarnos y especular sobre el tipo de crítica que podría enfrentar el texto en la medida que vaya conquistando un público distinto del acostumbrado en la arena literaria dominicana; lo que dirían por ejemplo los académicos de pacotilla, los ganadores de premios nacionales, los promotores de la cultura oficialista, los cobardes que al no estar seguros de sus criterios prefieren expresarlos a puertas cerradas en círculos de amigos que se mueren de la envidia, o que se reúnen con la esperanza de pertenecer algún día a una élite ridícula que no pasa de ser un grupúsculo de intelectuales que responden más a los intereses de la política partidista que a los artísticos reflejos de la literatura.

Por último, creo interesante pensar, aunque sea solo como ejercicio mental, lo que habría sido de esta novela de Edward Chá en manos de críticos clásicos tan disímiles como Samuel Johnson, Taine, Sainte-Beuve, o de un Edmund Wilson. Después de todo la literatura no es más que un juego que algunos nos tomamos demasiado en serio.
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MÁS QUE UNA NOVELA DOMINICANA (1)

Por José Carvajal

Con este artículo acerca de la ópera prima del joven narrador Edward Chá rompo la promesa de no escribir más sobre literatura dominicana. Y es que la novela lo amerita. Pero es probable que no se pueda hablar ni comprender «La solución final de la cuestión proletaria» sin echar primero una mirada rápida a la generación que pertenece el autor. No hablo de generación literaria, sino de ese grupo que se define por las características de una época. En el caso de EC es la llamada «Generación Y» o «Generación del Milenio», que según sociólogos agrupa a los nacidos entre 1980 y el año 2000.

Los cambios que se originaron durante aquellos veinte años los vemos reflejados hoy en el comportamiento de esos jóvenes que crecieron sin conocer las sangrientas luchas políticas e ideológicas que marcaron y moldearon épocas del siglo XX, y bajo la influencia del imparable avance de una tecnología tan útil como capaz de idiotizar cerebros, las profundas crisis económicas mundiales, la desaparición de la Unión Soviética, el derribo del Muro de Berlín, el fin de la Guerra Fría, y la inversión de todo tipo de valores humanos. Los que crecimos en medio de los cambios quedamos empantanados en la vorágine de lo que nos enseñaron como ideal y lo que nos tocó en la práctica. Se rompieron todos los lazos con el pasado y se dificultaron los diálogos con el futuro de entonces, que es el presente de la Generación del Milenio.

Los cambios mundiales y el vertiginoso desarrollo económico de la industria editorial también sacudieron las bases de lo que conocíamos como literatura de calidad y, por supuesto, el gusto, el hábito y los métodos de lectura. Además de los clásicos tradicionales, nuestras referencias más inmediatas eran autores, intelectuales pensantes, que elaboraban una obra a partir de sus convicciones políticas e ideológicas. La defensa del pensamiento propio era un asunto de honor. Se debatía con altura, con conocimiento profundo de las cosas, y nadie se atrevía a publicar un libro si el mismo no pasaba la prueba de lectores y correctores avezados que determinaban lo que ellos consideraban como aportes a la sociedad.
Parte de la época de los debates y exigencias literarias del siglo XX se vivió también en República Dominicana. Los clásicos de nuestro país escribieron obras de calidad a partir del buen uso del lenguaje; lo mismo debatieron temas de interés vernáculo y no escatimaron esfuerzos para trascender las costas insulares. Ejemplos de trascendencia de principios del siglo pasado son Fabio Fiallo, Manuel de Jesús Galván, Tulio M. Cestero y los hermanos Henríquez Ureña (Pedro y Max), entre otros. La trascendencia de esos nombres, y de otros que siguieron décadas más tarde (Juan Bosch, Pedro Mir, Manuel del Cabral…) fueron, sin embargo, logros individuales, y casi siempre apoyados más en funciones diplomáticas desempeñadas por los autores que en las obras de éstos. Nunca hemos trascendido como un corpus que interese al mercado internacional del libro y que permita al lector extranjero entrar en contacto integral con la literatura dominicana.

Uno de los problemas que entorpecen la trascendencia de nuestra literatura es el no saber seleccionar el tema; es decir, pocos escritores dominicanos saben escoger los temas; o si logran un acierto con el tema, lo malogran en el camino. Un tema con el adecuado tratamiento abre posibilidades a la trascendencia; si es local y tratado pobremente, la obra será local; si es de alcance internacional y es desarrollado de manera adecuada, tendrá mayores posibilidades de cruzar fronteras; y si es universal, algo excepcional en cualquier época, la obra estará destinada a colocarse entre los clásicos. En resumen, todos los temas son locales porque responden a reflejos de las circunstancias que rodean al escritor; la clave está en el tratamiento.

Se puede decir, grosso modo, que el tema de la ópera prima de Edward Chá es circunstancial. Me explico: lo que el novísimo narrador hace es un retrato de la sociedad dominicana contemporánea, la que heredó del siglo XX y la que le está tocando vivir en el siglo XXI. Ese retrato no es diferente, por ejemplo, de lo que ocurre en otras sociedades capitalistas de América y Europa. En este caso el tema central es, digamos, de poco vuelo, propio para un thriller de mala calidad, además de extremista: el dueño de una empresa decide matar a sus empleados para no pagarles prestaciones ante la inminente quiebra del negocio. Luego vienen los subtemas (argumento) que ayudan a desarrollar una trama que se nutre de la actualidad. Pese a los defectos que afloran en la lectura atenta, no se puede negar que «La solución final de la cuestión proletaria» es una novela en el sentido estricto de lo que encierra esa palabra que define al género mayor de la narrativa de ficción. Una de las cosas que observo en ella es el uso excesivo de la elipsis narrativa, y eso da la impresión de que Edward Chá se quedó con la mitad de su novela en la cabeza. De ahí surgen quizá los defectos (y los aciertos) narratológicos que señalaré en un próximo artículo.

En realidad, toda novela es un universo, y tiene defectos como el Universo o la Naturaleza. Lo interesante es que el Universo no pierde su importancia por tener defectos. Los personajes del Universo, es decir, nosotros, estamos llenos de defectos; lo mismo la narrativa de nuestra cotidianeidad. El hecho de que amanezca lloviendo y que de repente salga el sol puede considerarse un defecto de la Naturaleza; una persona minusválida de nacimiento sería otro defecto de la Naturaleza. Nuestros silencios prolongados o desapariciones inexplicables en medio de conversaciones podrían ser igualmente un defecto de nosotros como personajes de la vida. En fin, podemos decir que la novela es el género de los «defectos». Sin embargo, en lo que respecta al ejercicio escritural se espera que esos «defectos» no sean de estructura, de puntos de vista, de tono narrativo, de elaboración de personajes «humanos y creíbles», de ambientación, de composición, de estilo, ni de uso del lenguaje que, quiérase o no, es la médula espinal de todo texto literario.

Aunque no es necesariamente el caso de Edward Chá, concluyo esta primera entrega con Norman Mailer: «Puedes escribir un libro muy malo, pero si el estilo es de primer nivel, entonces tienes algo que vivirá, no para siempre, pero sí por un tiempo decente.»
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jueves, 19 de enero de 2017

LA MARCHA DEL DOMINGO Y SU SIGNIFICADO MORAL

Por Fernando Rodríguez Céspedes

La manifestación cívica y pacífica a realizarse este domingo 22 contra la corrupción y la impunidad, se ha enfocado en el escándalo de los sobornos de la ODEBRECHT pero debe repudiar hechos de no menos envergaduras como el Plan Renove, los contratos de la Sun Land, la Hydro Quebec, la mafia de la OISOE, los Súper Tucanos y otros.

La corrupción es un mal tan generalizado y antiguo en nuestro país que un segmento considerable de la población ha llegado a aceptarla como parte de nuestra cultura y modus vivendi sin detenerse a pensar que representa un cáncer que daña moral y económicamente a los sectores más vulnerables de la sociedad.

La generalización del mal, desde los tiempos de la fundación de la República, pero desbordado en los últimos años, conlleva un esquema de corrupción en el que la mayoría de los políticos se afanan por llegar a la administración pública para enriquecerse y maniobrar en provecho personal, familiar o de grupos.

Esto ha venido sucediendo sin consecuencias para los funcionarios corruptos porque han logrado estructurar un sistema de impunidad judicial tan bien organizado que las denuncias e informaciones de casos como el de los Súper Tucanos y la misma ODEBRECHT se conocen en el país gracias a las investigaciones de naciones amigas.

El manto de la corrupción ha llegado a cubrir a la administración pública y a tantos “prósperos empresarios”, compañías y personajes del sector privado que se hacía obligatoria una manifestación que, como la señalada busca sacudir la conciencia del Estado y de la sociedad en procura de un país decente y justo como lo soñó Juan Pablo Duarte.
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martes, 13 de diciembre de 2016

POR EL CIERRE DE LA OISOE

Por Fernando Rodríguez Céspedes

En ocasión del suicidio del arquitecto David Rodríguez, producto del acoso de la mafia que dejó estructurada en la Oficina Supervisora de Obras del Estado (OISOE) el ingeniero Miguel Pimentel Kareh, surgió un movimiento de opinión que abogó para que la referida entidad fuera cerrada.

Desde la gestión del ingeniero Félix Bautista, autor de uno de los desastres más grandes cometidos contra el Estado desde una institución pública, el gobierno no actuó y la ciudadanía vio con estupor cómo se repetían los actos de corrupción contra el erario.

Con la destitución de Pimentel Kareh, llega a la entidad el ingeniero Francisco Pagán, quien permitió que la estructura mafiosa dejada por sus predecesores, continuara operando, al extremo de provocar la tragedia del arquitecto Rodríguez.

La justicia inició las investigaciones correspondientes y limitó el expediente a dos empleados subalternos. Mientras tanto, el ingeniero Pagán continua dando palos a ciegas, empecinado en provocar otro caso como el de David Rodríguez por la cantidad de profesionales de la ingeniería a quienes se niega a pagar las cuantiosas deudas de la OISOE con ellos.

Llegó al extremo de comprar equipos médicos por más de 100 millones de pesos, sin las licitaciones correspondientes, según denuncia pública de varias empresas suplidoras de productos y equipos farmacéuticos. El caso se investiga y mientras tanto el Ejecutivo empezó a quitar a la OISOE la construcción de escuelas públicas.

Confiamos en que éste sea el inicio de un proceso que culmine con la eliminación de la OISOE o que la limite a las funciones de supervisión, cerrando un capitulo de distorsión y corrupción en esta institución pública que avergüenza al país.
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miércoles, 30 de noviembre de 2016

PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA BAJO OBSERVACIÓN

Por José Carvajal

Nunca se sabrá qué habría dicho Pedro Henríquez Ureña si analizara su propia obra, como hizo con los trabajos de otros. La rigurosidad en primer orden, el dato como soporte de ésta, y la conclusión que no es otra cosa que un veredicto, ya sea en relación con las ideas, los conceptos, pero veredicto al fin, con el propósito de sellar una apreciación de lo que se ha escrito. Determinar si la obra es buena o mala a partir de las exigencias que siempre caracterizaron los juicios —y los prejuicios— del humanista universal de origen dominicano.

Pedro Henríquez Ureña pertenece al santuario mayor de pensadores hispanoamericanos del siglo 20. Tuvo discípulos ejemplares que aprovecharon de él la enseñanza directa del oficio, como el argentino Enrique Anderson Imbert, que no dejó de reconocerlo: “Aprendí a pensar dialogando con el socrático don Pedro, desde 1925 hasta su muerte en 1946”.

PHU escribió bastante, enseñó todavía más, y aun sigue siendo un descubrimiento para muchos, por lo que se puede decir que a pesar de su desaparición física, ocurrida en Argentina, el humanista no ha muerto; vivirá hasta que su obra tenga algo que decir; ya es más el tiempo que lleva de fallecido que el que pasó en este universo de los mortales. Y lo único que demuestra que vivió intensamente la práctica del saber es esa obra tan voluminosa que nos dejó, y las fechas lapidarias que anuncian su llegada y su partida de este mundo. Creo que ninguna de las dos fechas son acontecimientos que podemos pasar por alto. Hay que reconocer que lo que dejó detrás PHU fue un volcán en constante amenaza de erupción, por eso hay que observarlo siempre.

Sin embargo, la observación del volcán PHU requiere de lectores que asuman la obligación de examinar la lava: leer, estudiar, analizar, pensar, subrayar, y hasta cuestionarlo es tarea de todos, porque fue también suya esa tarea en relación con los otros. Llevarlo al escrutinio no con el propósito de juzgarlo ni para señalar errores, sino para entenderlo mejor.

Muchos de los trabajos de PHU fueron artículos; escribió para publicaciones periódicas y en esos textos se aprecia la información superficial en comparación con la rigurosidad de los ensayos sesudos. Y solo la lectura atenta y concienzuda puede ayudarnos a diferenciar al PHU que practicó la prosa periodística, del PHU de la docencia y el discurso académico. No creo que los compiladores de sus obras completas hayan reparado en tal distinción.

Otro aspecto que debemos analizar es la honestidad de PHU. Lo que me hace pensar esto último es que al parecer el título de la cátedra Charles Eliot Norton que dictó en Harvard entre 1940 y 1941, “Las corrientes literarias en la América hispánica”, no es muy original, ya que muchos años antes, en 1908, el humanista había presentado un estudio de Francisco García Calderón que se titula “Las corrientes filosóficas en América Latina”. En realidad esta observación puede considerarse de poca importancia, pues ni siquiera se le puede llamar plagio por tratarse solo de un título.

En mis lecturas de las obras completas de PHU he hallado también una que otra imprecisión; y una posible explicación al trato que recibió de parte de los argentinos, que según registros estos le despreciaron y discriminaron como académico. Jorge Luis Borges lo dijo alguna vez: «Creo que no le perdonamos el ser dominicano, el ser, quizás, mestizo, el ser, ciertamente, judío. Él fue profesor adjunto de un señor de cuyo nombre no quiero acordarme, que no sabía absolutamente nada de la materia, y Henríquez Ureña que sabía muchísimo, tuvo que ser su adjunto porque, finalmente, era un mero extranjero y el otro, claro, tenía esa inestimable virtud de ser argentino».

Pero el mismo PHU parecía no apreciar tanto a los argentinos. En una carta de 1908 dirigida a su hermano Max, el humanista dominicano habla de “argentinitos” al referirse a filósofos influyentes de aquella época, como José Ingenieros y Mario Bunge. De igual forma consideraba al peruano García Calderón “muy superior a los argentinos, que no han pasado de un positivismo”.

Pedro Henríquez Ureña cuidaba al extremo sus juicios y parecía trabajar con precisión de estilo. En otra carta a su hermano Max, de 1907, recordó que “siempre he escrito suficientemente despacio para trabajar tanto la forma como la idea. Ya te he dicho que mi procedimiento es pensar cada frase al escribirla, y escribirla lentamente”.

Lo sorprendente es que cuando Pedro Henríquez Ureña dijo eso último, apenas contaba 23 años de edad y ya tenía voz de maestro. ¡Sigamos observando!
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lunes, 31 de octubre de 2016

ESCOLLOS BARRIALES DE LUIS MARTÍN GÓMEZ

Por José Carvajal

No hay duda de que “Rumor de río” es una obra escrita por un dominicano para el lector dominicano. Dudo que un extranjero logre entenderla; los localismos y las referencias historiográficas ahogan cualquier posibilidad de conquista del lector de otras tierras, y tal vez no trascienda del lector que no pertenezca a la misma generación de Luis Martín Gómez. En otras palabras, es una obra de remembranza barrial, de una época; de esas que tienen fecha de vencimiento antes de llegar a la imprenta. Eso ocurre mucho con la narrativa dominicana, desde nuestras primeras novelas hasta “Rumor de río”; las excepciones no abundan.

Lo anterior no quiere decir que Luis Martín Gómez sea mal narrador. Maneja como se espera de un escritor ya maduro los planos de la composición y los puntos de vista: la narración en primera persona, en segunda; el diálogo, el monólogo, el soliloquio; las descripciones precisas y atinadas, el humor, el ritmo narrativo, la fabulación, la invención, la hipérbole que muchos confunden con el realismo mágico, la crónica, el dato topográfico, etnográfico, historiográfico. Pero en esta primera novela escrita por un autor que ha ganado dos veces el Premio Nacional de Cuento, y el Premio Nacional de Literatura Infantil, a Luis Martín Gómez le faltó contar una historia larga que no se logra con el aparente anecdotario que conforman los capítulos que apuntan a una trama total. Por suerte, como diría Manuel de Jesús Galván en el prólogo que escribió en 1891 a “Cosas añejas” de César Nicolás Penson, «a nadie persigue la policía por creer en sí mismo».

La contraportada de la primera edición de “Rumor de río” anuncia lo siguiente: «En el Ensanche Ozama, barrio de Santo Domingo localizado a orillas del río Ozama, un grupo de niños inicia la búsqueda de unas armas enterradas durante la Revolución de Abril de 1965, incidiendo, sin proponérselo, en el desenlace fatal de una célula guerrillera que luchaba contra el gobierno de los Doce Años del dictador Joaquín Balaguer».

Esa es la “historia larga” que Luis Martín Gómez quiso contar, pero no es la historia que cuenta. Eso se debe a la falta de planeamiento y de estructura de la obra y, peor aún, a la prisa con que suelen trabajar muchos escribidores de la Isla. Parece que el autor comenzó a escribir antes de madurar la idea de lo que quería contar, y como casi todo primerizo en el género mayor, creyó que encontraría la historia en el camino; en su caso la encontró tardíamente entre recuerdos episódicos, a un poco más de la mitad del libro, pero no alcanzó a novelarla.

En realidad, los escollos de “Rumor de río” son múltiples, además del registro de un habla popular de una época que se traduce literalmente a un uso excesivo de dominicanismos y frases barriales que puede provocar el rechazo del lector culto o experimentado. También observo que como ocurre con Penson en “Cosas añejas”, según anota la académica Rita Tejada, «el autor aprovecha los sucesos narrados para insertar su opinión personal sobre cualquier asunto de la política, social o cultural del momento».

El escenario de “Rumor de río” es el Ensanche Ozama. Los personajes están trazados sobre la base de la memoria del narrador, quien cuenta episodios barriales a su padre enfermo de Alzheimer, con el fin de que este supere el olvido. Aquí parece haber un escollo, pues por asunto generacional lo que el hijo cuenta al padre no es la memoria que el padre debe recuperar, sino parte de la vida de adolescente del que narra. Es decir, la experiencia juvenil del hijo no es la misma que debió vivir (o haber vivido) el padre. Creo que ese recurso hubiera funcionado mejor si el enfermo de Alzheimer y el narrador fueran más contemporáneos.

Otro escollo es la «opinión personal» del autor «sobre cualquier asunto de la política, social o cultural del momento». La narración en primera persona es quizá la más permisiva en ese sentido, pero introducir el pensamiento propio en demasía es lacerar la historia que se cuenta, porque afecta la “fisonomía de los personajes”, algo que por lo general depende de cómo estos hablan y actúan en el escenario de la ficción.

A primera vista, Luis Martín Gómez comete el pecado literario de no crear seres singulares y por ello no logra entregarnos el “personaje típico”, excepcional, del Ensanche Ozama de su memoria. Eso, según Umberto Eco, basado en la teoría de Lukács, sería una manifestación «necesaria para extraer al personaje de la medianía estadística y erigirlo como modelo ideal que reúna en sí, no los caracteres accidentales de la realidad cotidiana [jc: como ocurre en “Rumor de río”], sino los caracteres “universales” de una realidad ejemplar».

De Umberto Eco paso a C. S. Lewis, citado por Fernando Savater en su libro “Sobre vivir”: «La experiencia literaria —escribió Lewis— cura la herida de la individualidad sin socavar sus privilegios. Hay emociones colectivas que también curan esa herida, pero destruyen los privilegios. En ella nuestra identidad personal se funde con la de los demás y retrocedemos hasta el nivel de la sub-individualidad. En cambio cuando leo la gran literatura me convierto en mil personajes diferentes sin dejar de ser yo mismo».

En fin, recordemos que la gran literatura estará siempre sujeta al lenguaje, preferiblemente universal, y al tratamiento humano de los temas; y en el caso de la novela, hay que agregar la caracterización de por lo menos un personaje que resulte inolvidable, no para el autor, sino para el lector.
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martes, 18 de octubre de 2016

LA PREOCUPANTE POLÍTICA DE EE.UU.

Por Fernando Rodríguez Céspedes

La degradación en que ha caído la política de los EE.UU. debe preocupar no sólo a los dominicanos sino al mundo entero por las consecuencias que pudiera acarrear el que un individuo como Donald Trump pueda acceder a la presidencia de la poderosa nación del Norte.

Por suerte, el famoso e intolerante empresario, al igual que un atípico político nuestro, cuando abre la boca se hunde en la ignominia de sus soeces pronunciamientos que no respetan ni siquiera la condición de ex Primera Dama de su contrincante Hillary Clinton.

Llegó al extremo de amenazarla con meterla presa por el escándalo de los emails borrados, un tema que el FBI ha tratado suavemente y que el candidato republicano quiso explotar políticamente en el segundo debate y últimamente se atrevió a sugerir que la candidata demócrata usa drogas.

Hizo un burdo papel, al llevar al encuentro a tres supuestas víctimas de abusos sexuales del ex presidente Bill Clinton, pretendiendo denostar a Hillary como si fuera responsable, no víctima, de las aventuras sexuales de su marido a quien ha atacado como si fuera el candidato contrario a sus aspiraciones.

De manera inteligente, la Clinton no se dio por aludida ante las insinuaciones morbosas de una persona que a falta de un proyecto político y argumentos contra su oponente, recurre a acciones consideradas vulgares e improcedentes, hechos que lo descalifican para aspirar a la presidencia de su país.

Trump carga con varias acusaciones de ser un depredador sexual. Es un evasor y así lo admitió. Se ha declarado en quiebra en innúmeras ocasiones y representa a los sectores más retrógrados del pensamiento político estadounidense, constituyéndose en una amenaza para la paz mundial.

Que conste, no creo que Hillary Clinton sea la mejor candidata que pudo presentar el Partido Demócrata, pero entre dos males se debe escoger el menor, y frente a un troglodita como Donald Trump, la ex Primera Dama es un angelito por lo que confiamos en que el pueblo norteamericano sabrá escoger a su presidente.
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miércoles, 12 de octubre de 2016

EL NUEVO MUNDO DE ALEXANDER VON HUMBOLDT

ANDREA WULF: «EL VIAJE DE HUMBOLDT A AMÉRICA LATINA, LEJOS DE LA RÍGIDA PRUSIA, LE CONVIRTIÓ EN HUMBOLDT»

ENTREVISTA POR ALFONSO ARMADA, ABC CULTURAL

En «La invención de la naturaleza. El nuevo mundo de Alexander von Humboldt» (Taurus), la historiadora Andrea Wulf devuelve al sabio alemán al lugar que le corresponde entre los héroes de la humanidad. Un viaje a la ciencia y la imaginación


Los pájaros se suman desde la floresta a la conversación, pero no tenemos a Humboldt a mano para preguntarle sus nombres mientras la brisa mece levemente las ramas de los árboles del Jardín Botánico de Madrid. Le invocamos una mañana demasiado cálida del mes de septiembre tratando de que el rumor amortiguado del tráfico no nos distraiga de nuestro viaje a la biografía de quien para la historiadora Andrea Wulf es el padre de la ecología y de la infografía, un científico de curiosidad insaciable que insistió en que no debíamos dejar de lado nuestras emociones y nuestra imaginación a la hora de entender la naturaleza como un todo interrelacionado. Su influencia en figuras como Darwin, Thoreau, Jefferson y Goethe fue decisiva.

Nacida en Nueva Delhi en 1972, trasplantada a Alemania de niña, donde estudió, vive actualmente en Londres. Mira a los ojos con tanta curiosidad como candor, y sonríe con facilidad. Habla casi tan deprisa como Humboldt, a quien ha dedicado un libro («La invención de la naturaleza. El nuevo mundo de Alexander von Humboldt») que para los admiradores del científico es una consagración y, para quienes todavía no lo conozcan, una aventura de exploración humana y científica. Wulf está convencida de que «el viaje de Humboldt a América Latina, lejos de la rígida Prusia, le convirtió en Humboldt».

¿Cuál es el significado de la dedicatoria, «A Linnéa (P.o.P.)».

Linnéa es mi hija. El significado de «P.o.P.» no se lo puedo revelar. Es un secreto de familia. (Se ríe)

¿Pero Linnéa en homenaje al botánico Carlos Linneo, o por qué?

Aunque parezca extraño, no. En realidad elegí el nombre por una planta, que es una planta sueca que solo crece en medio de los bosques. Ella tiene ahora 26 años y yo solo empecé a escribir libros sobre el mundo natural tarde en mi vida, y en un libro titulado «The Brother Gardeners» Linnéa es uno de los protagonistas. Linneo era un botánico y naturalista un tanto cascarrabias. Por eso ella me preguntó si le había puesto el nombre de un cascarrabias que amaba las plantas y las flores. Y yo le dije que no, que le puse el nombre pensando en una preciosa planta del bosque.

¿Cuándo empezó a prestar atención a la naturaleza?

Cuando era niña, por supuesto. Siempre he sentido amor por la naturaleza. Pero a medida que fui creciendo fui prestando más atención a la relación entre la humanidad y la naturaleza. Por lo tanto no es solo la naturaleza, sino en qué medida nuestra relación con ella ha cambiado, especialmente en los últimos seiscientos o setecientos años. Sin embargo se puede decir que llegué a esta conciencia a través de una puerta trasera. Estudié filosofía en Alemania, luego empecé a profundizar en la historia del diseño en Londres. En realidad, en la historia de la arquitectura, de las construcciones elaboradas por el hombre, y de ahí llegó mi interés por el paisaje que rodea las viviendas. Por eso me fui interesando más y más por la vida de las plantas, la botánica, y por último en la naturaleza dentro de un contexto más amplio.

¿Por qué Humboldt?

Había oído hablar de Humboldt, porque soy de origen alemán. Y de hecho escribí mi primer trabajo en la facultad, en Alemania, sobre su hermano Wilhelm y su filosofía del lenguje. Después escribí un libro titulado «The Founding Gardeners», dedicado a los padres fundadores de la democracia americana, Jefferson, Madison, Washington y Adams, y cómo su actitud hacia la naturaleza y hacia la agricultura configuró Estados Unidos. En ese libro dediqué un capítulo al encuentro entre Jefferson y Humboldt, y empecé a obsesionarme con Humboldt y a indagar en su figura. El capítulo empezó a crecer desmesuradamente, y mi editor acabó por decirme que no tenía nada que ver con el resto del libro, y optamos por suprimirlo. Entonces tomé la decisión de dedicarle un libro entero. ¿Por qué Humboldt? Porque es una figura injustamente olvidada, y un pensador que verdaderamente ha marcado la manera en que vemos la naturaleza. Si queremos entender por qué pensamos acerca de la naturaleza de la manera que lo hacemos hoy en día, necesitamos aprender de él. No cabe la menor duda de que fue una personalidad fascinante.

Antes de la página 30 recoge las observaciones de Humboldt sobre el cambio climático a causa de la intervención humana. ¿Qué piensa de los científicos que dicen que no es verdad, que no hay pruebas suficientes? ¿Alguno podría cambiar de idea tras la lectura de su libro?

Estoy segura de que los que niegan el cambio climático no van a cambiar su punto de vista si leen mi libro, entre otras razones porque no prestan atención a los hechos. Tienen sus propias ideas y retuercen los datos de tal forma que se acaben adaptando a sus ideas. Siento decirlo, pero no creo que la biografía de Humboldt vaya a hacerles cambiar su forma de pensar en absoluto.

¿Es tal vez Humboldt una de las mejores encarnaciones de Fausto? ¿Si queremos derrotar el oscurantismo, la superstición y el poder de la vieja iglesia debemos abrazar la ciencia, la experiencia, la observación, la voluntad de saber de la misma manera que hizo Humboldt?

Creo que tiene toda la razón. Cuando estaba escribiendo este libro, en concreto el capítulo dedicado a Goethe, me entretuve verificando las referencias a Humboldt en el diario de Goethe. Goethe estaba escribiendo «Fausto», y me di cuenta de que cada vez que tenía un encuentro con Humboldt volvía a retomar la escritura de «Fausto», como si la propia personalidad de Humboldt fuera una fuente de inspiración para él. Es cierto que empezó a escribir «Fausto» antes de que conociera a Humboldt, pero también que hay un poco de Humboldt en «Fausto». Empieza con el pacto entre Fausto y el Diablo: su alma a cambio de sabiduría. Fausto está consumido por una suerte de malestar febril, que es como el propio Humboldt se describía a sí mismo, como si actuara movido por un «impulso perpetuo», como si le persiguieran diez mil cerdos. Su carácter es el de una persona incansable, como el propio Fausto. En la primera escena de la obra, Fausto manifiesta su voluntad de entender qué es lo que hace que el mundo se mantenga unido, como un sistema; y, a grandes rasgos, es lo mismo que Humboldt pretende averiguar. Hay muchos paralelismos entre las dos figuras. El trato con Humboldt impregnó profundamente la obra de Goethe. Por ejemplo, su novela «Las afinidades electivas», que toma su título de un fenómeno de la química, y lo emplea como una metáfora. Hay mucha ciencia en Goethe. Está claro que hubo inspiración en los dos sentidos, de Humboldt en Goethe y de Goethe en Humboldt.

¿Cuál es su visión de la inteligencia de Carlos IV al concederle a Humboldt un salvoconducto para visitar las posesiones españolas en América Central y del Sur? A pesar de eso, Humboldt no silenció sus ideas políticas sobre la explotación de los indígenas por los españoles.

A mí me agrada sobremanera que el Rey le concediera el permiso para visitar las colonias. Estoy segura de que Carlos IV se indignó cuando Humboldt publicó sus libros, porque los españoles tenían fama de no autorizar la entrada de extranjeros en sus territorios. Por eso resulta bastante extraordinario que Humboldt consiguiera ese pasaporte. A su regreso dedicó uno de sus libros al Rey, pero al mismo tiempo difundió sin ambages sus críticas al colonialismo español, cómo los misioneros trataban a los indígenas, o cómo de terrible era la esclavitud y cómo el colonialismo destruía el medio ambiente. En su «Ensayo político sobre el reino de la Nueva España» viene a decir básicamente que el colonialismo es perjudicial para los indígenas y para el medio ambiente, que los indígenas no son salvajes, y que el futuro de las colonias no radica en la minería sino en la agricultura de subsistencia.

Al mismo tiempo esos escritos provocaron que los británicos hicieron lo imposible para que Humboldt no visitara sus propias colonias, para evitar precisamente su mirada crítica.

Fue exactamente lo que hicieron. Él visitó Londres en numerosas ocasiones, y a pesar de que su trabajo y sus publicaciones eran muy populares en Inglaterra, la Compañía Británica de las Indias Orientales no dejó de darle largas y nunca le concedió el salvoconducto, lo cual es comprensible: por qué voy a permitir a un liberal entrar en mis territorios si lo único que va a conseguir es darnos problemas y dañar nuestra imagen como hizo con el Reino de España.

¿Podemos decir que fue América Latina la que hizo a Humboldt, la que le ayudó a convertirse en Humboldt?

Desde luego. Del mismo modo que Charles Darwin dijo que el viaje en el «Beagle» fue el acontecimiento que marcó su vida, no me cabe duda de que la expedición a América Latina convirtió a Humboldt en Humboldt. Él llegó no solo preparado como un investigador empírico, sino convencido de la importancia que la subjetividad, la imaginación y las emociones tenían para poder entender mejor la naturaleza. Pero contemplar los paisajes de Latinoamérica le cambió por completo, y fue allí donde comprendió que la naturaleza era un inmenso tejido vital, una red. Venía con una gran cantidad de datos procedentes de otros lugares del mundo para poder hacer comparaciones, y por eso vio que había zonas de vegetación globales, que había zonas climáticas globales. Si no hubiera viajado a Latinoamérica, ninguna de esas conexiones las hubiera podido establecer. Y porque también procedía de una estricta familia aristocrática prusiana, el encuentro con América Latina fue una suerte de liberación total para él, que además había sido siempre un niño enfermizo; también estuvo enfermo en numerosas ocasiones en su juventud. En la Nueva España, donde muchos europeos enfermaban, dijo que se había sentido mejor que en toda su vida, y en buena medida era porque estaba muy lejos de Prusia.

¿Cómo explica la capacidad de Humboldt para descifrar cada sonido de la selva en medio de la noche?

Ese es para mí uno de los pasajes favoritos de todos sus libros. Pero debemos recordar que contó siempre con buenos guías, indios, y se pasaba el día haciéndoles preguntas sin cesar. Humboldt se mostraba extremadamente respetuoso con ellos, y dijo que nunca había encontrado mejores observadores de la naturaleza y mejores geógrafos que ellos. A lo largo de los meses, observando y haciéndoles preguntas constantes sobre plantas y animales y quién hacía cada sonido en medio de la noche, cuando celebraban por ejemplo la luna llena... va descubriendo paso a paso todo un universo, cuando escucha y observa ese contexto, esas batallas en la naturaleza. Es un escenario perfecto para comprender cómo este hombre conectaba todas las cosas, no como fenómenos aislados.

Hay algo sorprendente en su relato, el hecho de que Humboldt se empeñara en probar el agua de los ríos y las cortezas de los árboles. ¿Qué clase de persona es capaz de eso?

Igual que un catador de vinos. Yo creo que eso se debía a que este hombre estaba impulsado por una curiosidad insaciable, y también por la certeza de que es necesario que experimentes la naturaleza con tu propio cuerpo; por eso hacía tanto hincapié en que los científicos debían abandonar sus gabinetes, salir a la naturaleza para olerla, probarla y sentirla. Del mismo modo que cuando estuvo obsesionado por la electricidad animal se dedicó a experimentarla en su propio cuerpo, a hacerse cortes, a sostener hilos cargados de electricidad para sentir sus efectos. Y era porque para él era tan importante la subjetividad como la objetividad. Por eso tenía que probarlo todo. Por eso se decidió a probar también la corteza de los árboles, algo que sus guías hacían todo el tiempo, y que les permitía distinguir quince sabores distintos. Él lo intentó, pero la verdad es que todos los árboles le sabían igual.

Dice que a fines del siglo XVIII los científicos empezaron a sugerir que la Tierra era más antigua que la Biblia. ¿Imagino que lo que quiere decir es que era más vieja de lo que la Biblia dice?

Sí, así es, más vieja de lo que dice la Biblia. Había muchos científicos en aquella época interesados en la creación de la Tierra, había quienes pensaban que su origen estaba en una serie de catástrofes, como terremotos y erupciones volcánicos, y estos eran los llamados vulcanistas, y luego estaban los que creían que todo procedía del océano, que eran los neptunistas. Humboldt cambió: empezó siento un neptunista y acabó siendo un vulcanista. Él no se fijaba únicamente en un volcán, él trataba de averiguar si había una conexión subterránea entre todos ellos. Por eso se dedicaba a recoger datos de todas las partes del mundo, como por ejemplo un terremoto en Caracas en 1812, y lo ponía en conexión con la aparición de una isla tras la erupción de un volcán en otra parte. Él veía estas líneas globales conectándolo todo.

Humboldt dijo que un hombre casado es un hombre perdido, y que él no tenía necesidades sensuales. En su libro señala que sus amistades más profundas fueron siempre con hombres, pero deja en duda su condición homosexual. ¿No es importante?

He escrito acerca de ello, y lo que digo es que nunca estaremos al cien por cien seguros a menos que demos con una carta o un documento que lo pruebe. Estoy casi segura de que era gay, creo que es un dato importante. Pero como historiadora no tengo pruebas, por eso lo que digo es que tuvo intensas relaciones de amistad con hombres jóvenes, y en medio de estos periodos de relaciones platónicas las cartas que les escribe son verdaderamente apasionadas. Hay algunas indicaciones, por ejemplo por parte de su hermano, que no quería que estuviera en su casa cuando venía acompañado de sus jóvenes amigos. Y desde luego no hay ni una mujer, pese a su éxito con ellas, que diga que tuvo una aventura con él. Lo cual es bastante sorprendente, porque era el científico más famoso de la época. Yo creo que este hombre llevó su cuerpo al límite, hasta un punto a veces insano. Pero cabe la posibilidad de que nunca llegara a consumar físicamente su amor por ningún hombre, y quizá eso explique los experimentos a los que sometió su cuerpo, viajando, pintando, viviendo. Pero porque no es más que una especulación puedo referirme a ello en una entrevista como esta, pero no ponerlo por escrito en un libro.

¿Por qué cree que a Humboldt le maravillaban sobre todo las montañas?

Se refirió en muchas ocasiones a lo que podías vislumbrar desde lo alto de una montaña; y porque él estaba interesado en la naturaleza como un todo conectado, una montaña le daba una perspectiva, el horizonte le permitía establecer esa serie de conexiones que no dejaba de buscar. Las montañas le daban un punto de vista más elevado, y emocionalmente la montaña te proporciona un algo de sublime.

¿Sintió usted lo mismo cuando subió al Chimborazo?

Ya lo creo. Ese fue uno de los mejores momentos de mi vida. Si él llegó a 300 metros de la cima, yo llegué a 500 metros. Y fue verdaderamente duro. Para él fue la joya que le faltaba en su corona, era lo que quería hacer. Cuando leí sus diarios supe que quería experimentar lo mismo. Fuimos increíblemente afortunados, porque el tiempo puede ser terrible en esos parajes y a esas altitudes, y solo disponíamos de tres días. Y fue un día de un azul cristalino. Recuerdo que estábamos sentados allí y las nubes empezaron a ascender; la sensación fue como si estuviéramos sentados sobre ellas. Increíble.

¿Cuán decisivo fue para él el ascenso al Chimborazo?

No tiene que ver solo con el ascenso al Chimborazo, sino con el camino hacia el Chimborazo, porque fue desde Quito, y cuando caminas desde Quito, atraviesas valles tropicales; de ahí que la ruta desde Quito hasta el volcán fuera como una expedición botánica desde el ecuador a los polos. Vio cómo la vegetación cambiaba por completo desde el valle tropical a medida que ascendían, porque el Chimborazo está casi exactamente en el ecuador. Era como si pasara por cada estrato de vegetación del mundo, y vio cómo muchas de las plantas que descubría en su ascenso eran similares a las que había encontrado en los Alpes o en los Pirineos. Ahí acabó de darse cuenta de que todo está conectado, de que todo pertenece a un todo. Por eso el Chimborazo es clave en su interpretación de la naturaleza.

¿Cómo de vivo y útil sigue siendo el «Naturgemälde» en nuestra época?

Creo que el «Naturgemäld» es increíblemente importante. Representa el inicio de la infografía, o al menos de lo que hoy llamamos infografía. Es un cartel, o un grabado, abarrotado de datos científicos. Cuando uno se asoma a él lo ve todo, porque puedes ir línea a línea de altitud y ves la vegetación y toda la información concerniente a cada estrato. Creo que con ese dibujo Humboldt se convirtió en el fundador de la infografía. Hoy en día, en plena era digital, cuando estamos tan familiarizados con todo esto, es sin duda muy importante aprender algo a través de medios visuales, mostrar datos científicos de la manera más sencilla posible. Buena parte de las evidencias del cambio climático se muestran gracias a la infografía. Pero el «Naturgemälde» es también importante para nosotros porque nos muestra cómo funcionaba la cabeza de Humboldt, cómo pensaba, y su idea de que el conocimiento debería ser accesible a todo el mundo. Es algo que cualquiera puede entender, no necesitabas ser un científico ni saber latín. Viéndolo, lo comprendías. Porque el conocimiento proporciona poder, y es en ello en lo que él creía.

Y es precioso...

Es una hermosura.

Después de leer su libro se me ocurrió la idea de proponer a Humboldt como nuevo santo patrón del periodismo. Creo que atesora un buen puñado de virtudes: su talento para preguntar como suelen hacer los niños, su capacidad para prestar atención, su permanente buena voluntad para ver, estudiar y escribir acerca de todo. Pensaba que los científicos tenían que salir de sus áticos y echarse a recorrer el mundo. Como deberían hacer los periodistas, por cierto. Y cuando estaba escribiendo «Cosmos» reclutó un ejército de sabios, ayudantes y científicos de todos los campos para llenar sus lagunas. Era especialmente meticuloso cuando escribía y todo el tiempo comprobaba cada detalle con expertos en la materia para evitar errores. ¿Está de acuerdo con esta propuesta de convertir a Humboldt en nuevo santo patrón internacional del mejor periodismo posible?

Estoy absolutamente de acuerdo en todo y feliz de apoyar esa propuesta. Nunca había pensado en Humboldt bajo ese prisma, pero tiene razón. Es así como piensa. Él no pensaba de manera lineal. Es la curiosidad, la necesidad de verificarlo todo, de buscar ayuda de expertos. No tenía miedo de preguntar y volver a preguntar, aunque parecieran preguntas tontas. No hay preguntas tontas. Jamás sentía vergüenza de reconocer: «No lo entiendo; explíquemelo, por favor».

Del mismo modo que Laplace le dijo a Napoleón que no necesitaba a Dios para explicar su sistema astronómico, ¿tampoco Humboldt lo necesitaba para explicar el suyo?

Sí, por completo. Además, Humboldt era un gran admirador de Laplace, y aprendió mucho de él. Humboldt escribe un libro en cinco tomos titulado «Cosmos», y en su relato del universo no menciona ni una sola vez a Dios. Aunque él no escribe en ningún lugar que él no cree en Dios, considera la naturaleza como un organismo vivo, como una fuerza viviente, pero en ningún momento se refiere a una fuerza divina. Es algo que viene del interior de la naturaleza. Humboldt sí se muestra extremadamente crítico con la iglesia establecida, en gran medida por lo que vio con sus propios ojos, el comportamiento de los misioneros en las colonias. Su propio hermano Wilhelm dijo que Alexander nunca fue religioso. Creo que era un aspecto que nunca le preocupó, y una de las razones por las que optó por vivir buena parte de su vida en París cuando regresó fue porque, después de la Revolución Francesa, la Iglesia católica perdió mucho poder. No había otro lugar en la Europa de la época en el que los científicos pudieran plantearse todo tipo de preguntas sin ver sus pesquisas restringidas por la doctrina de la iglesia. Hay libertad religiosa y es donde puedes pensar libremente como científico.

Usted parece genuinamente persuadida de la necesidad de volver a poner a Humboldt en el pedestal que merece en la Historia de la humanidad. Pero además, ¿subrayar la importancia que Humboldt tuvo para figuras como Darwin y Thoreau son algunos de los logros de su biografía?

Devolver a Humboldt al lugar que merece era parte de mi intención, porque es verdad que resulta sorprendente lo olvidada que está su figura, y recordar que a pesar de ese olvido su influencia en gente como Darwin, Thoreau, Jefferson, Goethe... fue inmensa, y si no hubiera sido por él, sus logros hubieran sido muy diferentes. La razón por la que tomé la decisión de escribir no solo acerca de Humboldt (otras ocho figuras cuentan con minibiografías en mi libro) es porque precisamente quería dejar meridianamente clara la influencia en, por ejemplo, la obra de Darwin.

De hecho, se llevó sus libros en el «Beagle»...

Esos libros están de hecho en un archivo en Cambridge, y es extraordinario pasar sus páginas. Es evidente que hicieron el viaje alrededor del mundo con su propietario, y es fantástico ver las frases que subrayó Darwin y sus anotaciones en los márgenes. Era como si estuviera en una conversación permanente con Humboldt.

Señala que parte del silencio acerca de Humboldt a lo largo de muchos años se debe a que era alemán y que las dos guerras mundiales tuvieron un formidable impacto en muchas mentalidades. En lo que se refiere a España, tal vez pesó su visión crítica del comportamiento de nuestros ancestros en las colonias de América. ¿Hay más razones que expliquen ese desdén?

Sí, creo que hay muchas razones. Él murió en 1859, y creo que se le podría considerar como el último de los polímatas (sabio en múltiples saberes). A partir de entonces los científicos se convirtieron en expertos, y se especializaron hasta tal punto que una sola persona ya no puede conocerlo todo nunca más. Después de Humboldt hay demasiadas cosas que una sola persona no puede saber. Ese es un factor. Y estos científicos superespecializados empezaron a ver a Humboldt como un aficionado. Además, no hay un solo descubrimiento ligado a su nombre, un planeta, una ley natural o, como en el caso de Darwin, la teoría de la evolución. Él apareció con una visión del mundo, y esa visión fue adoptada casi por ósmosis, de tal forma que sus teorías acabaron de ser tan evidentes que se olvidó al hombre que las había formulado. Por último, fue un científico que dijo que debíamos usar nuestros sentimientos y nuestra imaginación para entender la naturaleza, no solo instrumentos científicos. Y esa no fue la forma de hacer ciencia desde comienzos del siglo XX. Es una mezcla de todo esto lo que contribuyó a su marginación. Sin embargo, cuando viajó a América Latina, todo el mundo le conocía. Es tan famoso como Jefferson en Estados Unidos. Pero es sobre todo reconocido como revolucionario, especialmente por su amistad con Simón Bolívar, no como padre del ecologismo.

¿Qué me dice del título del libro, «La invención de la naturaleza», que parece una mezcla de provocación y de homenaje?

La razón por la que titulé este libro «La invención de la naturaleza» es porque yo nunca acabé de tomar la decisión de escribir una biografía sobre Humboldt. Es una biografía de una idea. Es una biografía sobre el concepto de naturaleza tal como lo vemos hoy, y de la importancia capital de Humboldt en la adopción de ese concepto. Lo cual no quiere decir que él inventara la naturaleza, sino la idea de cómo vemos la naturaleza hoy día, la conciencia de la naturaleza.

¿Cuán diferente es la visión que usted tenía de Humboldt antes de escribir este libro y ahora?

Muy diferente. Cuando comencé pensaba de Humboldt que era un explorador extraordinario, un científico admirable, un personaje fascinante, y acabé descubriendo (como espero que suceda con los lectores) con una personalidad mucho más compleja. Lo que más me sorprendió es que alguien que estaba obsesionado con los datos, con medirlo todo, porque de hecho viajó a América Latina con 42 instrumentos científicos para recoger datos precisos, estaba obsesionado con la data. Me maravilló su énfasis en que a pesar de esos datos no debíamos dejar de lado nunca nuestras emociones y nuestra imaginación a la hora de entender la naturaleza. Él recuerda que las mejores descripciones de la naturaleza, los poemas y las obras literarias, son tan dignas de atención como las investigaciones de los mejores científicos. En este momento en que estamos intentando hacer frente al cambio climático, cuando presto atención al debate político echo de menos las referencias a la hermosura, a la belleza del mundo, la necesidad de proteger lo que amamos. Necesitamos inculcar en las nuevas generaciones esta pasión por la naturaleza. Y buena parte de los debates que se suscitan hoy en día están lastrados por estadística, proyecciones técnicas. Lo fantástico de Humboldt es que él se sentía de verdad arrastrado por esta sensación de deslumbramiento ante la maravilla del mundo natural. Pero eso sin dejar de ser un grandísimo hombre de ciencia.

Dada la degradación de la naturaleza, ¿cree como Stephen Hawking que tendremos que colonizar otros planetas para evitar la desaparición de la raza humana?

En la medida que no soy una científica no lo sé. Pero lo cierto es que yo no quiero ser parte de esa especie humana que necesita irse a otro planeta para poder sobrevivir. Creo que no hay plan B. Este es nuestro planeta, y no sé si algún día desapareceremos de su superficie, pero yo adoro esta gran maravilla azul, y no quiero alejarme de estos árboles y de este mundo para vivir encerrada en una especie de gran bóveda de cristal. No creo que esa sea una opción en absoluto, irse a otro planeta. Tenemos que quedarnos aquí.

¿Quién es Andrea Wulf?

¿Quién soy yo? Creo que soy una persona muy curiosa, en gran medida incansable, me gusta mucho viajar, soy una escritora, una historiadora, que ama el arte y naturaleza... ¿Qué más...?

Tomado de ABC Es: http://www.abc.es/cultura/cultural/abci-andrea-wulf-viaje-humboldt-america-latina-lejos-rigida-prusia-convirtio-humboldt-201610101151_noticia.html
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lunes, 26 de septiembre de 2016

GOD BLESS AMERICA

El barco que aloja esta civilización occidental del siglo XXI tiene capitán y tripulantes carentes de talento, responsabilidad, autoridad moral, vocación de servicio o mérito.

GOD BLESS AMERICA
Por Melvin Mañón


Keith Scott, 43 años, Charlotte, Carolina del Norte, negro, siete hijos, sin antecedentes criminales es detenido por un policía quien le ha confundido con otra persona. Segundos después, a plena luz del día, el policía le dispara y contra el testimonio de los testigos, los gritos, advertencias y la lógica del momento y lugar se alega que tenía un arma en las manos. La hija de Scott, indignada, grita a los policías que no le “planten” un arma a su papá y las autoridades se niegan a hacer público el video que recoge los hechos. Mucha gente en la ciudad se tira a las calles a protestar, quemar lo que encuentran, desahogar su ira.

The Guardian, que dedica una sección especial a registrar los civiles muertos cada año a manos de la policía en el 2016 da cuenta de 790 casos, la cifra más alta. 194 de estos muertos fueron negros, sin embargo, cuando se pone en contexto la información el dato es aterrador. Y uno se pregunta, ¿Que está sucediendo en los EE. UU.? Porque esos muertos no eran perseguidos, conocidos ni buscados, sino gente que estuvo en el lugar equivocado en el momento equivocado o sea que, la brutalidad policial no se ejerce de forma selectiva contra personas sindicadas, listadas, marcadas para ser asesinadas como por ejemplo fue la guerra contra los izquierdistas. Esta es una brutalidad que parece no tener sentido, como si los policías hubieran perdida el control y la disciplina, como si hubieran sido instruidos y entrenados para esa brutalidad que naturalmente ha sido amparada y protegida por jueces y tribunales que han absuelto sistemática y reiteradamente a los policías acusados de violencia excesiva. No se entiende esa prisa por disparar, ni que se persigue con ello. Pero observe el lector otra cosa. ¿Cuántos de los civiles baleados por la policía resultaron heridos? Y sorpresa, no hay heridos o no se registran. Cada vez que un policía dispara lo hace a matar y obsérvese además que generalmente, incluso con la víctima en el suelo, derrumbada o cayendo siguen disparando una y otra vez cuando hasta en los videos es ostensible que no había necesidad de hacerlo.

Apenas dos días antes de lo de Charlotte, la SUV de Terence Crutcher, 40 años, negro, de Tulsa, Oklahoma sufre una avería y mientras pide ayuda permanece en la carretera. Viene la policía por tierra y por aire. Crutcher no ha hecho ni dicho nada que pudiera molestar u ofender a la policía, no obstante, un tripulante del helicóptero policial que sobrevuela la escena se refiere a él como un “big bad dude”, una connotación despectiva que igual quiere decir un asqueroso, que un tigre malo que un sin servir. Sin que sepamos porque, puesto que no ha habido delito, detención, ni arresto Crutcher, con las manos en alto, camina hacia su SUV con tres policías detrás suyo. Cuando llegan al vehículo, Crutcher pone ambas manos aun levantadas sobre un costado del techo del SUV y suena un disparo, Crutcher cae y fallece en el lugar. En la misma jefatura de policía alguien se apresura a decir: “Crutcher no tenía armas ni las había tampoco en su vehículo”. El hecho ocurre ante la vista de todos y no creo exagerar si digo que el matador de este hombre, parece lamentar los inconvenientes personales que le esperan más que el dolor y la pena causados. Civiles y policías están matando gente como si jugaran en la pantalla de una computadora. Imparten órdenes que hacen a la gente más torpe, que la paralizan de miedo y las hace incapaces de responder a dichas ordenes y ante dicho incumplimiento involuntario, la respuesta es plomo.

God Bless America, reza e invoca a manera de himno nacional la melodía solemne y generosa que identifica este país pero ahora hay que preguntarse a cual América debe bendecir Dios. ¿La amenazada por terroristas de verdad y de mentira o la aterrorizada por la policía y el poder?

Algo anda muy mal.

La gente agredida, empobrecida, victimizada por la injusticia, desposeída por el poder, abandonada a su suerte, manipulada sin cesar para que crea y diga, consuma y compre lo que quieren venderle, embrutecida a más no poder, incluso esa América ya no tiene motivos para defender su país ni pedirle a Dios que lo bendiga cuando los beneficios de tales bendiciones son tan desproporcionalmente distribuidos.

El asesinato de negros por policías en los EE. UU., el asesinato de inocentes por civiles armados enloquecidos en otros lugares, el odio difundido por el poder de unos y la riqueza de otros, la intolerancia trágica que, a su pesar, fomentan las redes sociales, el embrutecimiento colectivo que llena de ruido todos los espacios de la cabeza hasta desalojar la sensatez o la conciencia, la industria alimenticia que se enriquece alimentándonos con basura y la farmacéutica que hace lo mismo vendiendo antídotos.
Estamos al garete. El barco que aloja esta civilización occidental del siglo XXI tiene capitán y tripulantes carentes de talento, responsabilidad, autoridad moral, vocación de servicio o mérito. Nosotros, pasajeros y tripulantes carecemos de voluntad y disposición de reclamar; entregados y embrutecidos estamos por el opio de las pantallas y vidrieras así que nadie está en control más que de las apariencias, nadie tiene un proyecto creíble porque de hecho nadie cree en nada ni en nadie y en medio de esta descreencia se derrumba en todas partes ese edificio que conocimos como civilización occidental y la gente, sobre todo las clases medias, acuden al velorio sin percatarse de que la ley del más fuerte espera agazapada la partida del cortejo fúnebre para reinar.
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domingo, 25 de septiembre de 2016

NUESTRA SEÑORA DE LAS MERCEDES

Patrona de la República Dominicana, declarada en el año 1616

La historia se remonta al 14 y 15 de marzo del 1495, sobre un alto cerro a 5 Km de La Vega Real.

Al regreso de Colón luego de su viaje donde descubrió Cuba y Jamaica, encontró que el panorama estaba alborotado debido a las violaciones y robos cometidos por los suyos. De los cinco soberanos de la isla, Guacanagarix, cacique de Marién, quedaba amigo; Caonabo, cacique de la Maguana, enemigo encarnizado; Guarionex, Bohechío y Cayacoa, caciques de Maguá, de Jaragua e Higüey, titubeaban entre el temor a los españoles y el furor de Caonabo. Para la pacificación de la isla Colón nombró a Alonso Ojeda, que hizo preso a Caonabo. Por lo que una coalición entre los caciques, comandados por Maniocatex, hermano de Caonabo, aglomeró un inmenso ejército de indios en La Vega Real, para destruir las fortalezas y atacar la Isabela.

Ante tal noticia, Colón se dispuso a combatirlos. Al llegar al lugar colocó, como de costumbre, una cruz de dos metros en el centro del cerro, improvisada con dos ramas de níspero. Los españoles eran tan pocos que necesitaría un milagro para detener a tanta muchedumbre (españoles 220, indios aprox. 30,000). Cuentan que al llegar los indígenas y ver la cruz, la atacaron directamente, calculando que el poder de los españoles se derivaba de ella. Así intentaron destruirla, arrimando leña para quemarla e intentando cortar con sus hachas de piedra, que al primer golpe se quebraban. Los españoles aprovechando la distracción se ubicaron en el otro cerro contiguo a pasar la noche, lo que aprovechó Colón para convocar un consejo de capitanes y deliberar qué hacer...

En ese crítico momento se levantó el padre fray Juan Infante, religioso de la Orden de la Merced y confesor del Almirante:

“Yo soy del parecer, que ni huyamos, ni nos estemos quietos sino que acometamos a nuestros enemigos. Lo que importa es implorar el auxilio de nuestra Señora de la Merced”.

Luego de tan enérgicas palabras al siguiente día se dio la batalla, y no valió la heroicidad de algunos indios, ni el sacrificio de mil vidas que se opusieron a detener el curso de la victoria. Los españoles no pudieron menos que reconocer en este suceso, la interposición de un milagro, y llenos de regocijo y de sentimiento religioso, se reunieron a dar gracias a la Virgen.

Desde entonces Nuestra Señora de Las Mercedes es venerada en el Santo Cerro, primer santuario mariano de América, establecido por indicación del mismo Cristóbal Colón, quien indicó en su testamento que se hiciera esta iglesia.

De inmediato surgió esta devoción por Nuestra Señora de Las Mercedes y la Santa Cruz de La Vega. Esta Cruz se hizo famosa por los prodigios concedidos en todo el país.

Y lleva el nombre de Santa Reliquia.

Tomado de SunCaribbean.net

Su día se celebra el 24 de septiembre.

Es decir, los dominicanos celebramos una supuesta intervención y ayuda de la virgen para que los españoles masacraran a los nativos… ¿hace sentido eso?
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SEVERO OCHOA ALBORNOZ

Severo Ochoa de Albornoz (Luarca, Asturias, 24 de septiembre de 1905 – Madrid, 1 de noviembre de 1993) fue un científico español de renombre internacional. En 1959 fue galardonado con el Premio Nobel de Fisiología y Medicina, compartido con su discípulo Arthur Kornberg, “por sus descubrimientos sobre el mecanismo de la síntesis biológica del Ácido RiboNucleico (ARN o RNA) y el Ácido DesoxirriboNucleico (ADN o DNA)”.

Seguir leyendo aquí Biografía de Severo Ochoa

Más sobre Severo Ochoa en Wikipedia


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sábado, 10 de septiembre de 2016

EL 'FACTOR DIOS'

TRIBUNA: LAS RELIGIONES Y LAS MATANZAS

EL 'FACTOR DIOS'

Por JOSÉ SARAMAGO
18 SEP 2001


En algún lugar de la India. Una fila de piezas de artillería en posición. Atado a la boca de cada una de ellas hay un hombre. En primer plano de la fotografía, un oficial británico levanta la espada y va a dar orden de disparar. No disponemos de imágenes del efecto de los disparos, pero hasta la más obtusa de las imaginaciones podrá 'ver' cabezas y troncos dispersos por el campo de tiro, restos sanguinolentos, vísceras, miembros amputados. Los hombres eran rebeldes. En algún lugar de Angola. Dos soldados portugueses levantan por los brazos a un negro que quizá no esté muerto, otro soldado empuña un machete y se prepara para separar la cabeza del cuerpo. Esta es la primera fotografía. En la segunda, esta vez hay una segunda fotografía, la cabeza ya ha sido cortada, está clavada en un palo, y los soldados se ríen. El negro era un guerrillero. En algún lugar de Israel. Mientras algunos soldados israelíes inmovilizan a un palestino, otro militar le parte a martillazos los huesos de la mano derecha. El palestino había tirado piedras. Estados Unidos de América del Norte, ciudad de Nueva York. Dos aviones comerciales norteamericanos, secuestrados por terroristas relacionados con el integrismo islámico, se lanzan contra las torres del World Trade Center y las derriban. Por el mismo procedimiento un tercer avión causa daños enormes en el edificio del Pentágono, sede del poder bélico de Estados Unidos. Los muertos, enterrados entre los escombros, reducidos a migajas, volatilizados, se cuentan por millares.

Las fotografías de India, de Angola y de Israel nos lanzan el horror a la cara, las víctimas se nos muestran en el mismo momento de la tortura, de la agónica expectativa, de la muerte abyecta. En Nueva York, todo pareció irreal al principio, un episodio repetido y sin novedad de una catástrofe cinematográfica más, realmente arrebatadora por el grado de ilusión conseguido por el técnico de efectos especiales, pero limpio de estertores, de chorros de sangre, de carnes aplastadas, de huesos triturados, de mierda. El horror, escondido como un animal inmundo, esperó a que saliésemos de la estupefacción para saltarnos a la garganta. El horror dijo por primera vez 'aquí estoy' cuando aquellas personas se lanzaron al vacío como si acabasen de escoger una muerte que fuese suya. Ahora, el horror aparecerá a cada instante al remover una piedra, un trozo de pared, una chapa de aluminio retorcida, y será una cabeza irreconocible, un brazo, una pierna, un abdomen deshecho, un tórax aplastado. Pero hasta esto mismo es repetitivo y monótono, en cierto modo ya conocido por las imágenes que nos llegaron de aquella Ruanda- de-un-millón-de-muertos, de aquel Vietnam cocido a napalm, de aquellas ejecuciones en estadios llenos de gente, de aquellos linchamientos y apaleamientos, de aquellos soldados iraquíes sepultados vivos bajo toneladas de arena, de aquellas bombas atómicas que arrasaron y calcinaron Hiroshima y Nagasaki, de aquellos crematorios nazis vomitando cenizas, de aquellos camiones para retirar cadáveres como si se tratase de basura. Siempre tendremos que morir de algo, pero ya se ha perdido la cuenta de los seres humanos muertos de las peores maneras que los humanos han sido capaces de inventar. Una de ellas, la más criminal, la más absurda, la que más ofende a la simple razón, es aquella que, desde el principio de los tiempos y de las civilizaciones, manda matar en nombre de Dios. Ya se ha dicho que las religiones, todas ellas, sin excepción, nunca han servido para aproximar y congraciar a los hombres; que, por el contrario, han sido y siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas, de monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la miserable historia humana. Al menos en señal de respeto por la vida, deberíamos tener el valor de proclamar en todas las circunstancias esta verdad evidente y demostrable, pero la mayoría de los creyentes de cualquier religión no sólo fingen ignorarlo, sino que se yerguen iracundos e intolerantes contra aquellos para quienes Dios no es más que un nombre, nada más que un nombre, el nombre que, por miedo a morir, le pusimos un día y que vendría a dificultar nuestro paso a una humanización real. A cambio nos prometía paraísos y nos amenazaba con infiernos, tan falsos los unos como los otros, insultos descarados a una inteligencia y a un sentido común que tanto trabajo nos costó conseguir. Dice Nietzsche que todo estaría permitido si Dios no existiese, y yo respondo que precisamente por causa y en nombre de Dios es por lo que se ha permitido y justificado todo, principalmente lo peor, principalmente lo más horrendo y cruel. Durante siglos, la Inquisición fue, también, como hoy los talibán, una organización terrorista dedicada a interpretar perversamente textos sagrados que deberían merecer el respeto de quien en ellos decía creer, un monstruoso connubio pactado entre la Religión y el Estado contra la libertad de conciencia y contra el más humano de los derechos: el derecho a decir no, el derecho a la herejía, el derecho a escoger otra cosa, que sólo eso es lo que la palabra herejía significa.

Y, con todo, Dios es inocente. Inocente como algo que no existe, que no ha existido ni existirá nunca, inocente de haber creado un universo entero para colocar en él seres capaces de cometer los mayores crímenes para luego justificarlos diciendo que son celebraciones de su poder y de su gloria, mientras los muertos se van acumulando, estos de las torres gemelas de Nueva York, y todos los demás que, en nombre de un Dios convertido en asesino por la voluntad y por la acción de los hombres, han cubierto e insisten en cubrir de terror y sangre las páginas de la Historia. Los dioses, pienso yo, sólo existen en el cerebro humano, prosperan o se deterioran dentro del mismo universo que los ha inventado, pero el `factor Dios´, ese, está presente en la vida como si efectivamente fuese dueño y señor de ella. No es un dios, sino el `factor Dios´ el que se exhibe en los billetes de dólar y se muestra en los carteles que piden para América (la de Estados Unidos, no la otra...) la bendición divina. Y fue en el `factor Dios´ en lo que se transformó el dios islámico que lanzó contra las torres del World Trade Center los aviones de la revuelta contra los desprecios y de la venganza contra las humillaciones. Se dirá que un dios se dedicó a sembrar vientos y que otro dios responde ahora con tempestades. Es posible, y quizá sea cierto. Pero no han sido ellos, pobres dioses sin culpa, ha sido el `factor Dios´, ese que es terriblemente igual en todos los seres humanos donde quiera que estén y sea cual sea la religión que profesen, ese que ha intoxicado el pensamiento y abierto las puertas a las intolerancias más sórdidas, ese que no respeta sino aquello en lo que manda creer, el que después de presumir de haber hecho de la bestia un hombre acabó por hacer del hombre una bestia.

Al lector creyente (de cualquier creencia...) que haya conseguido soportar la repugnancia que probablemente le inspiren estas palabras, no le pido que se pase al ateísmo de quien las ha escrito. Simplemente le ruego que comprenda, con el sentimiento, si no puede ser con la razón, que, si hay Dios, hay un solo Dios, y que, en su relación con él, lo que menos importa es el nombre que le han enseñado a darle. Y que desconfíe del `factor Dios´. No le faltan enemigos al espíritu humano, mas ese es uno de los más pertinaces y corrosivos. Como ha quedado demostrado y desgraciadamente seguirá demostrándose.

José Saramago es escritor portugués, premio Nobel de Literatura.
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miércoles, 7 de septiembre de 2016

ANTOLOGÍA PARA ESCAPAR DEL OLVIDO

Por José Carvajal

La definición de la poesía es una de las más difíciles del quehacer literario. Al nivel popular, se entiende por poesía todo lo que está escrito en verso o en lo que especialistas llaman prosa poética. También, aunque parezca raro, la mayoría de las personas que escribe poesía no sabe lo que es poesía ni porqué la escribe, y cuando intenta definirla casi siempre termina en un laberinto filosófico que en vez de aclarar las dudas lo que hace es aumentar la confusión. El misterio es de tal magnitud, que la idea queda flotando eternamente.

El clásico romántico español Gustavo Adolfo Bécquer intentó su propia definición cuando escribió: «Poesía... eres tú». De igual modo pasó con el modernista y premio Nobel español Juan Ramón Jiménez, que la describió «pura, vestida de inocencia, y la amé como un niño...» Y Neruda, tercer Nobel latinoamericano, le tiñó de carbón la frente en su famosa «Oda a la poesía».

A pesar de toda vana exigencia, debemos reconocer que el poeta no está en la obligación de definir lo que es poesía. De hecho, el no saberlo beneficia más su creatividad que el descubrir de qué están hechos los versos con los que intenta comunicarse de una forma distinta, única, que no se parezca a la de nadie más; porque el poeta debe aspirar constantemente a la originalidad. Ya lo dijo la ensayista dominicana Camila Henríquez Ureña: «[…] el poeta debe ser preciso en su expresión de lo impreciso. No ha de dejar nada a la casualidad».

Si el poeta no es original ya sea en el decir o en la forma, o si no es «preciso en su expresión», la poesía corre el riesgo de caer en el olvido. En algunos casos sus versos podrían sobrevivir en antologías, pero el mérito ya no sería propio, sino del trabajo del compilador que a su gusto y capricho mezcla “buenos y malos” para satisfacer un propósito que puede ser extraliterario. Quiero pensar que en el caso de la “Antología de poesía amorosa” de Ángela Hernández la mezcla no es de poetas sino de “poemas buenos y poemas malos”. Esto, porque un poeta puede ser excelente y quedar “vilmente” antologizado con un poema de calidad cuestionable.

En su breve ensayo “La lectura de la poesía”, Camila Henríquez Ureña explicó que «hay poesía difícil porque el poeta lo quiere; poesía hermética, que ha existido en muchas épocas, si no en todas (Góngora, Mallarmé), y que existe hoy. Hay hoy como siempre, poesía caótica o incoherente por debilidad o defecto del poeta». Sin embargo, muchas de las dificultades de la «poesía difícil», CHU las atribuye al hecho de que «pocos lectores leen la poesía como tal, sino que quieren entenderla sin prestarle atención». Yo agregaría que muchos simplemente la ponderan sin darse a la tarea de leerla.

Pero hay casos más graves todavía. Algunos “estudiosos” antologizan sin leer, sin conocer las obras de los incluidos (y los excluidos), y sin analizar los elementos que hacen del poeta merecedor de figurar en una antología, la cual debe ser un muestrario de lo mejor. En el caso del trabajo de Angela Hernández preocupa la inclusión de poemas inéditos (así figuran Juan Carlos Mieses, Martha Rivera-Garrido, César Zapata, Alejandro Santana, Valentín Amaro, Néstor Rodríguez, Ariadna Vásquez). Ese solo hecho convierte el esfuerzo de Angela en una simple y caprichosa recopilación de poemas, y no en una antología hecha con rigor.

Echemos una mirada: la “Antología de poesía amorosa” está dividida en cuatro etapas: Poetas nacidos en el siglo XIX; Poetas nacidos entre 1901 y 1940; Poetas nacidos entre 1941 y 1970; y Poetas nacidos de 1971 en adelante.

Esa división parece un método, pero hay sequía; falta que se explique cuál es la importancia de cada época; y qué cambios, rechazos, influencias, conexión o similitudes existen entre unas y otras. El lector merece saber, por ejemplo, por qué la antología inicia con Félix María del Monte y no con Manuel María Valencia, que según Max Henríquez Ureña fue quien introdujo el romanticismo en la poesía dominicana. Igual se puede cuestionar la omisión de José Joaquín Pérez, autor de extensa obra lírica y que junto a Salomé Ureña y Gastón Fernando Deligne «constituye la trinidad de dioses mayores de la poesía dominicana durante el siglo XIX». Así lo anota MHU en su “Panorama histórico de la literatura dominicana”.

Esos tres poetas fueron incluso elogiados en su momento por el grande crítico español Marcelino Menéndez y Pelayo, que consideró a Deligne como «el más notable de los ingenios de la actual generación»; Rubén Darío y otros también miraron al parnaso vernáculo y encontraron en algunos de nuestros poetas una calidad equiparable a la de contemporáneos de otros países de América y Europa.

Esa es parte de la sequía que encuentro en la antología de Angela Hernández, aparte de que en la suya repite poemas antologizados en otras anteriores, sin duda una práctica de la prisa y del trabajo fácil para no dar un paso en falso. Solo dos ejemplos: El poema «En el atrio» (Fabio Fiallo) fue tomado por AH de la “Antología de la literatura dominicana” de Manuel Arturo Peña Batlle, de 1944; pero también aparece reproducido íntegramente en el estudio “Panorama histórico de la literatura dominicana” de Max Henríquez Ureña. De igual manera sucede con el poema «Pequeño nocturno» (Osvaldo Bazil), que AH lo toma de la antología “Dos siglos de literatura dominicana (S. XIX-XX)” de Manuel Rueda, 1996; y figura también de manera íntegra en el “Panorama histórico...” de MHU. La pregunta es, si vamos a reproducir lo ya antologizado, sin dar siquiera razones para ello, ¿cuál es el aporte del nuevo proyecto?

Creo que la columna más sólida de la literatura dominicana es la poesía, es lo menos local de nuestras letras, lo más universal. Si fuéramos conscientes de esta realidad, nos cuidaríamos de publicar antologías que no están a la altura de nuestro discurso poético. Lamentablemente, el esfuerzo de Ángela Hernández parece el cuaderno de una colegial y no un trabajo serio que merezca la atención de especialistas en la materia.

Hace exactamente cien años, en 1916, Pedro Henríquez Ureña escribió unas notas sobre “Las antologías dominicanas”. Allí da noticias interesantes que marcan el inicio de lo que se podría describir como el viaje poético de nuestras letras. Antes de aparecer la primera antología local la poesía dominicana había ganado ya un espacio en el extranjero. PHU lo dice así: «La primera antología en que, según toda probabilidad, figuró un poeta dominicano, fue la “América poética”, publicada por el insigne literato argentino Juan María Gutiérrez, en Valparaíso, el año 1846 […] El dominicano que allí figura es Francisco Muñoz del Monte (1800-1865)».

El recuento que hace PHU es de suma importancia porque establece puntos de partida de las antologías dominicanas, y de poetas dominicanos antologizados en el extranjero desde la primera mitad del siglo XIX. De ahí se desprende que antes de publicar una propia (“Lira de Quisqueya”, en 1874), la poesía dominicana respiró en por lo menos tres antologías extranjeras (la ya mencionada; “Flores del siglo” (1853), en la que figuró el mismo Muñoz del Monte; y “Poesías de la América meridional” (1874), que incluyó el soneto «A la noche» de Félix María del Monte.

De “Lira de Quisqueya” el humanista subrayó que incluye «malos poetas y muchos versos malos aún de los buenos poetas». Eso lo dijo PHU hace justamente cien años, y es lo que se puede decir ahora de la “Antología de poesía amorosa” de Ángela Hernández, cuya selección es en algunos casos deplorable, no tanto por falta de sensibilidad de la antóloga, sino por la prisa con la que parece haber trabajado ese proyecto personal.

En la próxima y última entrega hablaré de la selección, de poemas y poetas incluidos, y de una que otra omisión.
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martes, 6 de septiembre de 2016

LOS SENADORES SE BURLAN DEL PUEBLO

Por Fernando Rodríguez Céspedes

La acción de los senadores de aumentarse 70 mil pesos en sus salarios, constituye una burla a los profesionales que, como los médicos e ingenieros, laboran a lo largo de un mes para recibir un salario que no alcanza el monto de ese aumento.

De la clase trabajadora ni se diga, porque al igual que los miembros de las instituciones armadas, reciben salarios tan bajos que no dan ni para comprar una botella de vino de las que consumen nuestros flamantes legisladores en sus francachelas.

Esos personeros que desde ya cuentan con grandes privilegios por asistir tres días a la semana a levantar sus manos y a defender sus intereses políticos y personales como en el caso de los Súper Tucanos, acaban de asestar una estocada a los principios elementales de la equidad.

No conforme con los 2,500 millones que se calcula, han recibido a través del barrilito, los senadores recibieron hace poco, junto a los diputados, una partida de 600 millones de pesos del Presupuesto Nacional para su privilegiado fondo de pensiones.

Asimismo, al amparo de las dos exoneraciones abiertas que reciben en cada periodo negocian, violando la ley, la importación de vehículos como los 32 Ferraris, 18 Mercedes deportivos, 5 Rolls Royce, 5 Porches, 4 Lamborghini, que denunciara el director de Impuestos Internos, entraron al país amparados en exenciones.

Sería interesante que los legisladores dominicanos, porque también los diputados pretenden aumentarse en más de 100 mil pesos sus salarios, le expliquen a la ciudadanía qué tan esforzado es su trabajo que amerita pagos tan exagerados en un país de salarios de miseria.

Hay que ser muy descarado para justificar un aumento de salario tan desproporcional a sus labores, al amparo de la Ley 105-013, que dicho sea de paso, debe ser revisada porque entraña una situación de abuso e inequidad que lesiona los principios elementales de la justicia social.
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domingo, 21 de agosto de 2016

ANTOLOGÍA DE POESÍA AMOROSA

Esta entrega consta de dos artículos sobre el mismo tema publicados por el periodista José Carvajal en su blog personal, los días 15 de agosto de 2016 y 21 de agosto de 2016.

I - UNA ANTOLOGÍA RIDÍCULA PARA EL MUNDO

Por José Carvajal

Hay más de noventa poetas dominicanos clásicos y contemporáneos ridiculizados en la nueva “Antología de Poesía Amorosa” preparada por Angela Hernández y auspiciada por la empresa estatal Refinería Dominicana de Petróleo (Refidomsa).

La ridiculez queda sellada con la inclusión de una niña de 15 años de la que aparece un poema que escribió antes de los 12. Sin ánimo de desalentar el talento que pueda tener la menor, el hecho de que su nombre figure en una antología de dicha envergadura, de la que se espera lo mejor de la tradición de la poesía amorosa dominicana, pone en tela de juicio el criterio y la seriedad del proyecto.

Quizá debo destacar que en República Dominicana el nombre de Angela Hernández representa en estos momentos lo más relevante del parnaso, sobre todo después que se le otorgó el Premio Nacional de Literatura 2016. Ese galardón se concede en reconocimiento de toda una vida dedicada a la literatura.

Sin embargo, la “Antología de Poesía Amorosa” no deja de ser un fiasco avalado por intelectuales de renombre insular como Bruno Rosario Candelier, que es director de la Academia Dominicana de la Lengua; la escritora Jeannette Miller, galardonada también con el Premio Nacional de Literatura; y todos aquellos poetas vivos que decidieron participar en el proyecto que cuenta además con otro tomo dedicado a la “poesía social” y del que tal vez hable en otro momento. Los trabajos de poetas muertos habrían sido autorizados por herederos de sus legados literarios.

Cuando se ve esto desde la perspectiva del lector atento, uno se pregunta ¿cómo se explica que ocurran estas cosas? Y una posible respuesta sería que el escritor dominicano no ha aprendido a respetar la literatura nacional. Tampoco sabe valorar su propia obra ni la de sus contemporáneos. Eso, y otras cuestiones más profundas y no menos delicadas, podrían servir para explicar el porqué se publican adefesios como esta nueva “Antología de Poesía Amorosa”.

Como siempre, la impresión y la maquetación del libro son impecables, pero en este caso la intención no deja de ser cuestionable. Las palabras de presentación (incluyendo lo escrito supuestamente por el presidente del Consejo de Administración de la empresa estatal patrocinadora Refidomsa, Félix —Felucho— Jiménez; la “Salutación a una antología”, por Bruno Rosario Candelier; el prólogo a cargo de Jeannette Miller, y la introducción hecha por Ángela Hernández) aportan muy poco para poder entender el proceso de selección y al mismo tiempo evitar que surjan especulaciones sobre la verdadera finalidad de un proyecto en el que sin duda se invirtió mucho dinero.

A continuación, algunos de los nombres de los poetas clásicos y contemporáneos, fallecidos y vivos, que a mi juicio quedan profanados y burlados por estar incluidos en lo que podríamos llamar una “antología ridícula”: Félix María del Monte, Federico Henríquez y Carvajal, Salomé Ureña, César Nicolás Penson, Enrique Henríquez, Gastón Fernando Deligne, Arturo Pellerano Castro, Fabio Fiallo, Vigil Díaz, Federico Bermúdez, Osvaldo Bazil, Domingo Moreno Jimenes, Delia Weber, Zacarías Espinal, Tomás Hernández Franco, Manuel del Cabral, Franklin Mieses Burgos, Héctor Incháustegui Cabral, Pedro Mir, Rubén Suro, Aída Cartagena Portalatín, Carmen Natalia Martínez, Freddy Gatón Arce, Manuel Rueda, Antonio Fernández Spencer, Víctor Villegas, Juan Sánchez Lamouth, Abelardo Vicioso, Lupo Hernández Rueda, Luis Alfredo Torres y René del Risco Bermúdez.

También, Miguel Alfonseca, Jeannette Miller, Norberto James Rawlings, Mateo Morrison, Enriquillo Sánchez, Chiqui Vicioso, José Enrique García, Rei Berroa, José Rafael Lantigua, Alexis Gómez Rosa, Soledad Álvarez, Tony Raful, Radhamés Reyes Vásquez, Cayo Claudio Espinal, César Zapata, Pedro José Gris, Plinio Chahín, Tomás Castro, Dionisio de Jesús, Martha Rivera-Garrido, José Mármol, César Sánchez Beras, Ylonka Nacidit Perdomo y todos los restantes.

Lo que sigue ya no es solo silencio, sino una profunda perplejidad y mudez.

II - AMOROSO MUNDO DE LA POESÍA DOMINICANA

Por José Carvajal

En estos tiempos de pocas luces, una antología es un ejército de creadores dispuesto a defender el producto de su imaginación que aparece en esas páginas en las que cada cual marca su respectivo territorio. Por eso evaluar una antología, sobre todo poética, es entrar en terreno minado, y cualquier verso mal colocado, que por lo general son muchos, puede estallar y mutilar al explorador curioso que se embarca en la aventura de una lectura crítica.

Entonces, digamos que en la nueva “Antología de poesía amorosa” de República Dominicana, preparada por Ángela Hernández, los miembros del ejército que resucitan o respiran en sus páginas son más de noventa adultos y una menor de edad, mientras que yo soy el explorador curioso de la aventura.

En dicho territorio hay dos grandes entradas: la primera es el prólogo escrito por Jeannette Miller, y la segunda la introducción que hace la antóloga Ángela Hernández. De modo que antes de cruzar el umbral que lleva a las páginas minadas, donde yacen versos de poetas muertos y donde florecen otros de poetas vivos, se debe primero pasar por los portones.

En realidad, el prólogo de Miller me parece innecesario, además de incoherente y lleno de imprecisiones al querer hacer un “paneo sobre la poesía dominicana a partir del siglo XIX, tratando de informar sobre las corrientes imperantes en Europa y Latinoamérica, y los modos en que incidieron en nuestro país”. Por otro lado, y para beneficio del libro, observo que lo que hay de incoherente en el prólogo de Miller, lo salva la serenidad y el orden que exhiben las palabras introductorias de Ángela Hernández. A esas “Notas sobre selección y edición de la poesía amorosa dominicana”, yo no le cambiaría ni una coma, aunque siento que falta hondura en cuanto a características y estética, que ayude a comprender el porqué la selección es digna de ser antologizada; aun así, creo justo reconocer que el texto de Angela Hernández es claro, preciso, informativo y valorativo de lo que ella considera importante en las páginas que le siguen.

En el caso del prólogo de Jeannette Miller es casi todo lo contrario; parece un ensayo de historia literaria escrito con mucha dificultad. El “paneo” abre demasiado el lente a lo ajeno de la poesía y no logra conectar sus referencias históricas con el tema de la antología.

Si menciona la Revolución Industrial, la Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa, la Guerra Civil Española, la Guerra de la Restauración en la lucha por la independencia dominicana, la Intervención de 1916 en Santo Domingo, la tiranía de Trujillo, los gobiernos de Juan Bosch, de Joaquín Balaguer, del PRD, del PLD, y otros asuntos, lo que se espera es que explique cómo está todo eso relacionado directamente con la poesía amorosa de nuestro país, y cómo esos acontecimientos influyeron nuestro discurso poético del amor. En cierta forma, creo que el prólogo habla más de revueltas y guerras que del amor.

También se observan problemas de conceptualización y de corrección de estilo. Una revisión exhaustiva hubiera sopesado mejor, por ejemplo, el uso de la palabra "subyacencia", término proveniente del latín (subiacentem) y utilizado por técnicos y teóricos de la lengua, pero al parecer aun no figura en el Diccionario de la Real Academia Española.

La revisión también hubiera evitado la redundancia de llamar "latinoamericano" al Modernismo, ese movimiento que no puede ser de otro continente sino de América. Es el único movimiento genuino de "América morena" que creó escuela en España y revolucionó la forma de hacer poesía en nuestra lengua. Académicamente se atribuye su inicio al nicaragüense Rubén Darío, pero a juicio de Pedro Henríquez Ureña, los primeros vientos del Modernismo se remontan a 1882, cuando apareció el "Ismaelillo" del cubano José Martí. Fue el primer signo significativo "en el movimiento que ha de poner fin al romanticismo", observó PHU en un ensayo publicado en 1935 en el Boletín de la Universidad Nacional de La Plata (Argentina), e incluido en las obras completas del humanista dominicano editadas por Miguel D. Mena. Sin embargo, el alcance universal del Modernismo se concretó definitivamente de la mano de Darío y la aparición de su libro "Azul", en 1888, en Santiago de Chile. A grosso modo, PHU estableció que los caracteres distintivos del Modernismo eran: 1) Renovación del vocabulario; 2) Renovación de la sintaxis; 3) Renovación de la versificación; 4) Renovación de la prosa; 5) Renovación de las imágenes; 6) Renovación de los temas; y 7) Mayor cuidado en la forma y en el conocimiento de los temas que se tratan.

Estas observaciones son importantes porque de Miller se espera precisión y enseñanza, por haber sido distinguida con el Premio Nacional de Literatura 2007 (equiparable a un Nobel o un Cervantes en el ideario insular), en reconocimiento de toda una vida dedicada a la escritura; esa tarea de apariencia inútil que debe todo su desarrollo y esplendor a la clase ociosa, aunque productiva a su manera, estudiada por Thorstein Veblen.

Las notas de Ángela Hernández, por su contenido, toman el lugar de prólogo y convierten lo de Miller en una especie de relleno que no aporta mucho, por no decir que nada. En un lenguaje llano, sin enredos ni pretensiones de erudición, Ángela Hernández explica los propósitos de la antología: “[…] un conjunto que muestre el movimiento de la poesía en torno al amor y de las maneras de vivirlo conforme cambia la sociedad”.

Más adelante, la antóloga habla de proceso: “Al concluir la selección queda solo una parte de lo previsto al iniciarla. Cuentan mucho las cimas referenciales asentadas por determinadas obras”. […] “Una vez definidas esas pautas, aunque parezca raro, queda por demarcar la materia misma. Luce sencillo, pero no lo es tanto. Cuando se ahonda un poco en las aguas del amor, se hacen notar sus sinuosidades y meandros”.

Quizá sea importante apuntar que, según Ángela Hernández, los poetas incluidos en esta antología “operan con sus propias credenciales frente a la realidad” y “consiguen que el amor se luzca en sus metamorfosis y lenguajes”.

Intuyo que en sus respectivos papeles de compiladora y supervisión editorial, ni Angela Hernández ni Jeannette Miller sintieron la necesidad de nadar en aguas más profundas y probablemente infinitas, ya que el amor en la poesía es un tema universal y uno de los más antiguos de la humanidad; las fuentes van mucho más allá del libro bíblico “Cantar de los Cantares”. ¡Existe incluso la prehistoria del amor en Occidente! Octavio Paz escribió que se inicia en Alejandría y Roma. Y se podría pensar que toda ponderación o estudio de poesía amorosa debería mencionar a Platón, o a Homero, o a Ovidio; o al indispensable Quevedo («Este es el niño Amor, éste es su abismo»); o la fe más poética de los clásicos de América: sor Juana Inés de la Cruz («bella ilusión por quien alegre muero»); o al estremecedor de escenarios por los siglos de los siglos: Shakespeare («Ángel de amores que en medio de la noche te me apareces»). Y si queremos ir más profundo, ahí están Catulo («Vivamos, Lesbia mía, y amémonos»), Propercio («todo y todos están dispuestos a hacer daño a un amante ausente») o Teócrito («Ciertamente Eros y Afrodita se fueron lejos llevando su amor voluble»).

Nota al margen: en un artículo anterior califiqué de ridícula la “Antología de poesía amorosa” de Ángela Hernández, por incluir en sus páginas versos de una menor de edad, junto a poemas de clásicos y de contemporáneos de renombre de la literatura dominicana. En ese sentido, mi postura no ha cambiado. Hay muchas razones, preguntas y dudas, más periodísticas que literarias, que hacen injustificable la inclusión de la menor en una antología de pensamiento adulto. También existe el peligro de comprometer psicológicamente el futuro literario de una voz precoz, que si bien se espera que crezca, también puede apagarse en cualquier momento. El mundo de la literatura está lleno de ejemplos.

A sabiendas de que "no existe pecado original”—como diría el surrealista supremo André Bretón—, porque “toda tentación es divina”, es posible que en una próxima entrega me concentre en la selección de Ángela Hernández y las características que hacen que algunos de los poemas de su elección sean más amorosos que otros.
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