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viernes, 2 de marzo de 2012

LAS BABAS DE PANGLOSS

La deuda pública se multiplicó en 2.5 veces en siete años de gobierno

Por ANDRÉS L. MATEO

Cuando Leonel Fernández produce un discurso siempre me asalta el mismo dilema: Pero Dios mío, ¿quién habita ese país que él describe? ¿Cómo es posible que el gobernante de todos los dominicanos hable como si no ocupáramos el mismo espacio geográfico? ¿Puede alguien que es Presidente de la República creer que habla y actúa como si sus mentiras no prefiguraran nuestro destino?

Uno se queda azorado mirándole los guindajos de la retórica, y no alcanza a explicarse que alguien te quiera hurtar el mundo.

Quienes leen mis artículos recordarán que varias veces he citado al personaje de Pangloss, un tipo optimista hasta el absurdo que en nombre de la filosofía de Leibniz se niega a aceptar la realidad. Pangloss es incapaz incluso de aceptar sus propias desgracias, porque él cree que lo existente es “el mejor de los mundos posibles”. Las babas de Pangloss eran palabras que él oponía a los foetazos de la dura realidad, y su creador, el escritor francés Moliere, nos hacía reír a mandíbulas batientes de ese intento de cambiar con palabras lo que estaba ante sus ojos. Leonel, sin embargo, es trágico.

Y lo que desplegó en su discurso son las mismas babas de Pangloss, ya que el país verdadero es otra cosa. Él vive en la posmodernidad, y presume de ello. Y ante la realidad de un país destrozado la intención destacada de su discurso es hacer póstuma la realidad más viva que nos golpea a todos. Hay un deleite verbal y un complejo de superioridad que lo lleva en un momento relampagueante a querer hurtarle el mundo al espectador. Él cree que su verbo iluminado nos moja de sus atributos, cual si jugara al espíritu puro. Pero es un ser indolente y alejado del país verdadero. Un manipulador consciente que se aprovecha de la ignorancia y la miseria material de este país, para robarnos la realidad más cruda, la que viven los ciudadanos todos los días.

El país de ensueño que él nos pintó ocupa el lugar 138 de 139 en despilfarro del gasto público, y el penúltimo también en favoritismo en las decisiones gubernamentales (corrupción). Ese mismo Presidente que se tongonea alabándose maneja uno de los sistemas educativos peor valorado en cuanto a los resultados, y aun así se negó a otorgarle el 4% que dispone la Constitución, pese al reclamo social mayoritario.

El sistema de salud pública es una verdadera vergüenza, completamente alejado de ese retablo milagroso que pregona en su discurso. Ignora (Informe de OXFAM) que el 42% de los dominicanos es pobre, y cerca de un 8% es indigente. El país cayó 9 escalones en un solo año, en el Índice de Competitividad Global del Foro Económico, y pasamos a ser los campeones mundiales en corrupción. Mientras que la indigencia y la pobreza rural es sencillamente escalofriante con cerca de un 81%. Este país es una chatarra desvencijada en el cual la corrupción gubernamental se mete en los bolsillos el 5% del PIB todos los años, y la deuda pública se multiplicó en 2.5 veces en siete años de gobierno. Un país sin soluciones habitacionales, sin aumento del empleo, sin instituciones, con una policía nacional que es igual a un ejército de ocupación, sin los servicios públicos básicos, con un aumento incontrolable de la delincuencia, y una juventud sin esperanzas porque la corrupción ha castrado sus alas. ¡Un país de enojos y frustraciones!

Entonces, ¿quién habita ese otro país que él describe? ¿Cómo es posible que el gobernante de todos los dominicanos hable como si no habitáramos el mismo espacio geográfico, y nos dibuje un paraíso, un New York chiquito al que ni desde un helicóptero podemos divisar?

Más que una gran mentira, esas son las babas de Pangloss, y sólo con mirar a nuestro alrededor obtendremos un rotundo mentís a todos los argumentos con los cuales se levantó ese edificio de palabras con el que intentó sustituir la propia experiencia de la realidad. Uno se pregunta qué no puede ocultar alguien cuya responsabilidad es resolver nuestros problemas, cuando pretende diluir la realidad que todos los dominicanos percibimos todos los días. ¿No oculta un rotundo fracaso la baba de Pangloss que desparramó su teatro ante las cámaras? ¡Oh, Dios, qué mala suerte tiene este país!

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jueves, 29 de septiembre de 2011

Balada de la especulación

Leonel vive permanentemente en la “extra-cotidianidad”

Por ANDRÉS L. MATEO

Ezra Pound se obsesionó de tal forma contra la avaricia y la especulación, que terminó en un mugriento calabozo de prisionero. Había sido fascista, y durante la Segunda Guerra Mundial difundió mensajes desde la Italia de Mussolini contra la usura y la especulación del gran capital. Terminó loco, y ni siquiera pudo afrontar el juicio por traición que le abrieron en los Estados Unidos. Poeta, difusor del “Imaginismo”, su odio a la usura es hoy mera arista del olvido.

Lo recordé leyendo a los plumíferos que se sublimizan con la cruzada contra la especulación que ha emprendido en el mundo el Presidente dominicano Leonel Fernández. El Príncipe es ahora un ser lleno de merecimientos por proponer un límite a la especulación, que es la esencia del capitalismo mundial. Un pionero infatigable, un adalid. Pero todos sabemos que esa es una preocupación general que revela la capacidad de reciclaje del capitalismo mundial, y sobre la cual hay una enorme cantidad de propuestas anteriores a la cruzada de Fernández, que de seguro él conocía.

¿No tenía información sobre la tasa Tobin, de James Tobin, Premio Nobel, ya desde el 1971; que es un impuesto a las transacciones financieras casi similar al que él propone? ¿Nadie discutió en FUNGLODE las conclusiones de los treinta y siete Premios Nobel de Economía, reunidos en la ciudad alemana de Landau, el año pasado, quienes consideraron la especulación como una amenaza no vista desde la gran depresión de los años treinta del siglo pasado? ¿Nadie le informó sobre las propuestas del ministro alemán de finanzas, Schauble, de una regulación mundial contra la especulación comercial y financiera? ¿E, incluso, la idea de este mismo ministro alemán de prohibir en Europa la especulación a la baja, y la rotunda oposición de Londres a la regulación? ¿No se enteró el Presidente de los dominicanos de lo enfurecida que estaba Ángela Merkel con sus socios europeos por el componente de especulación en la crisis griega?

Es imposible que un hombre tan enterado como el Presidente no haya leído “El manifiesto de los economistas aterrados”, escrito y firmado originalmente por Phillipe Askenazy, Andrés Orleáns, Thomas Controt y Henri Slerdyniak; pero que a estas alturas han asumido miles de economistas en el mundo. Este manifiesto es un análisis audaz sobre las características de la especulación en el mundo contemporáneo, y se empina aterrado apoyándose en el estupor más descarnado de un universo gobernado por la especulación. ¿No recuerda Leonel Fernández el libro de Viviana Forrester, “El horror económico”, cuyo impacto fue estremecedor en el mundo europeo, causa de todas esas movilizaciones sociales en la década de los noventa del siglo pasado; precedente, sin dudas, del rebrote rebelde que ha causado hoy la breve proclama de Stéphane Hessel, “Indignaos”, (Indignez-vous)?

No hay que citar a Joseph Stiglitz, ni a Paul Krugman, porque con ambos ha coqueteado. Lo cierto es que, pese a que a los plumíferos se les cae la baba con el “genio y la grandeza” del Príncipe, el tema de la especulación sólo le sirve para huir de una realidad nacional llena de especuladores a los que él no enfrenta, y para darle pasto a la megalomanía inaguantable que le hace creer un ser por encima de los demás mortales de esta media isla.

Los dramaturgos llaman “extra-cotidianidad” al espacio en que se desenvuelve una obra de teatro. Es como un pacto entre los espectadores y lo que ocurre en la escena. Leonel Fernández vive permanentemente en la “extra-cotidianidad”, siempre actúa, no sale nunca de ese espacio fingido en el cual lo que se dice no tiene nada que ver con la realidad.

¿Es cierto que quiere combatir la especulación? Le doy dos pistas: La leche en polvo y las medicinas. He ahí un combate real, que se enfrente a los poderosos de carne y hueso, que pare las ganancias desproporcionadas de los especuladores dominicanos, que se interese de verdad por los pobres de este país. Tal vez, entonces, podamos creerle.
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viernes, 26 de agosto de 2011

Una respuesta a Euclides Gutiérrez Félix

La honestidad existe como criterio de la práctica social

Por ANDRÉS L. MATEO

Necesité de una cordura esclarecida para no hundirme en la envidia mientras leía la carta pública que usted me mandó. Según lo que me comunica, como respuesta a mi artículo ¿“Cuánto vale un líder?”, una buena parte de su enorme fortuna se debe a sus actividades como escritor.

Conozco muy bien el mundo de la cultura dominicana, y éste es un dato verdaderamente sorprendente y envidiable. Usted siempre se parece a sí mismo, y la prepotencia no lo deja mirar ni siquiera lo que tiene ante sus ojos.

Juan Bosch, un verdadero paradigma intelectual, un autor de renombre indiscutible, un escritor en sentido estricto, creador fundacional del cuento moderno dominicano, el más conspicuo en el circuito de la circulación del libro como mercancía, no tenía casa propia; y hubo que realizar una colecta pública para construirle una. Para un hombre como usted, que se regodea tanto con la figura de Juan Bosch, debería ser por lo menos un confort ofensivo tener dos residencias campestres, una en Jarabacoa y otra en Los Mogotes, con piscinas y caballerizas (igual a las del “Jefe”), y finca anexa; y no declararlas como manda la ley. Yo lo felicito si en verdad la escritura forma parte significativa de la acumulación originaria que lleva a tanta riqueza. Lo mismo le digo respecto de la vida académica, cuyo ejercicio jamás aporta la opulencia que usted exhibe. En ambos casos, literatura y academia, mi experiencia de vida avala el juicio.

Sin embargo, ni su fortuna ni su personalidad me encandilan. Mucho menos su discurso altanero. La honestidad no es como esos grandes conceptos de la fe, en los cuales se exime de la prueba. La honestidad existe como criterio de la práctica social, y ella no es ni comunista ni reaccionaria, ni peledeísta ni perredeísta, ni atea ni cristiana. Usted mismo, cuando la denuncia de las nominillas del PLD, ¿no declaró a la prensa que tenía nominillas en la Superintendencia de Seguros? ¿Es mentira o verdad que usted no ha pagado la energía eléctrica, y aun así se le mantiene el servicio? ¿No es cierto que sus dos residencias campestres están ahí, que no se las inventó nadie, y que en un marco racional de las ejecutorias públicas la ley obliga a declarar sus bienes? ¿No es usted el mismo personaje que declaró a la prensa que en política hasta el crimen se justifica?

Lo que pasa es que el semblante furtivo de su ideología es el autoritarismo, y su carta vale más por lo que deja de decir que por lo que dice. Su opción es el silencio. Estamos viviendo un frenesí desbordado de la pequeña burguesía por enriquecerse desde el poder. Cada quien es una aventura particular que desemboca en la nada, y el Estado es como una nave asaltada en medio del mar por los piratas. Lo que la corrupción ataca ahora no son los ornamentos de la patria, sino su piel. Y usted pretende intimidarnos, sumirnos en el silencio, porque el cinismo ha llegado al extremo de considerar que lo malo no es hacer las cosas, sino decirlas.

Yo amo la libertad que he conquistado sin amasar riquezas. ¿Acaso no es la libertad esa mirada que transforma la existencia en vida? No hay libertad sino en la elección de un comportamiento humano que no brota del temor, del desconocimiento, de la miseria o de la intimidación. La suya es una escuela de autoritarismo, y yo no tengo ningún respeto por alguien que pregona que la vida humana está subordinada a las estrategias de carácter político. ¿Qué carajo habita en esa facticidad desnuda de los políticos dominicanos, en la cual la verdad es puro resplandor de charlatanes de feria, y en la que, en un mismo golpe extendido hasta el infinito, se ha borrado todo vestigio ético, toda solidaridad verdadera?

Siempre recordaré la imagen de Juan Bosch, que Euclides Gutiérrez debería sacar de su boca, porque ese cortejo de ansias y de pasiones por el dinero no formaban su gloria. La tierna y valerosa consagración de su imagen ha de durar todo el tiempo de vida de esta nación, porque se resistió a la tentación del dinero, y porque su idea de la gloria no se empinaba sobre la riqueza material. Así de simple, Euclides.
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jueves, 11 de agosto de 2011

¿Cuánto vale un líder?

Por Andrés L. Mateo
Hoy.com.do

Nuestros “líderes” se han abandonado al disfrute del lujo

Joaquín Balaguer se murió creyendo que él ganaba tres mil pesos, y salvo su desmedida pasión por el poder, todo en él fue frugal. Juan Bosch tenía fama de tacaño, pero con los cuartos del pueblo era intransigente. Abría un monedero de plástico color rojo, de esos que le decían “totico”, y otorgaba una ayuda de su propio peculio.

Nunca nadie le vio más de cincuenta pesos en el “totico”, de manera que esas ayudas personales eran siempre modestas, como la muy célebre que le dio al escritor Ramón Lacay Polanco a la salida de la catedral de Santo Domingo, y que provocó la expresión ya famosa de “!Juan! ¿cinco pesos? ¡Barbarazo, Juan, barbarazo! José Francisco Peña Gómez era un ventarrón, siempre andaba de prisa y nunca tenía un centavo en los bolsillos. Para salir de apuros, si alguien le pedía dinero para pagar una receta, miraba a su alrededor y le daba un sablazo al que estuviera más cerca. Luego se iba como un bólido, moviendo los brazos con su estilo único, hablando en voz alta y sonriendo con la mirada de niño inocente que siempre tuvo.

Ese fue un liderazgo histórico de costo muy bajo. Más que en el dinero, se empinaban en la pasión por el poder (Balaguer), en la idea más pura del bien común (Bosch), o en el sudario del redentor que mira su propia vida con un propósito liberador de las multitudes (Peña Gómez). Ninguno dejó fortuna, ninguno legó una riqueza material obscena. Ninguno fue proclive al dinero.

¿Pero cuánto vale un “líder” hoy? ¿Qué costo social tienen esos turpenes que hacen rebotar del presupuesto la pelota de su egoísmo? ¿Por cuánto nos salen “El querido”, “Putico” y el “Chato”? ¿Se puede medir en valores lo que nos cuestan Andrés Vanderhorst, González Espinosa, Wessin Chávez, Peña Guaba y otros “emergentes” que le dan bien duro con un palo a la piñata del Estado? ¿Euclides Gutiérrez Féliz, con todo y sus palacios campestres, no nos cuesta “los millones de chanflán”? ¿A cuánto asciende el costo de Reynaldo Pared Pérez, “el ejemplar”; con su residencia veraniega en “Los mogotes” y su barrilito? ¿Y Lila Alburquerque, la que “no coge corte”, cuánto nos cuesta? ¿Puede un Estado pobre cargar con la voracidad de Rodríguez Pimentel o Matos Berrido? ¿Acaso Bengoa no devenga un salario que equivale a la asignación de un hospital regional? ¿Y N. G Cortiñas no es uno y trino, porque cobra en varios Consejos de Directores, y gana una verdadera fortuna? ¿Quién arrima el hombro para saber el valor que la sociedad tiene que invertir para mantener un “líder” de la estatura de Carlos Morales Troncoso? (más manteca da un ladrillo).

La reingeniería de la política dominicana debería cuestionarse cuánto nos cuestan los “líderes” que nos gobiernan, incluyendo a los de la oposición; porque a estas alturas todos tenemos derecho a preguntarnos si en realidad los políticos son verdaderamente necesarios, y si sirven para algo que no sea enriquecerse. Nuestros “líderes” han perdido la introspección, y se han abandonado al disfrute del lujo y la riqueza. ¿No fue el puro gestuario de la ostentación lo que lleva a una antigua humilde maestra a comprar dos carteras Vuitton en ciento noventa y cinco mil pesos? Hace apenas unos años bregaba en las aulas, discutía por secciones en la UASD, y ahora ofende la pobreza solemne de este país con la ostentación más burda y descarada.

Cuando Juan Bosch salió del gobierno, producto del golpe de Estado de 1963, dejó una cuenta bancaria de ciento cuatro pesos con cuatro centavos.

El periodista Al Burt, del Miami Herald, publicó un artículo que tituló “El legado del honrado Juan”, apenas cinco días después del golpe. “Deja el cargo con las manos tan limpias como vacías”, proclamaba Al Burt. Y se cuestionaba si “el legado del honrado Juan habrá abandonado el país junto con él”.

Y así fue. La locura del modelo de honradez que enarboló con su ejemplo, era como llevar el ideal al extremo y ser tragado por él. Los políticos más caros del mundo han olvidado al “honrado Juan”, quien es tan solo esa voz que los despierta sobresaltados, y que los hace ir al espejo a ver el rostro con que viven.

¡Oh, Dios!
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domingo, 3 de julio de 2011

Platón, Leonel y las redes sociales

Platón concebía una gramática particular para el poder

ANDRÉS L. MATEO

Mucho antes de Nicolás Maquiavelo, Platón concebía una gramática particular para el poder. Era como un salvoconducto que amparaba la ambigüedad del discurso oficial, sobre el presupuesto de que la mentira del príncipe beneficiaba a todos. Ennoblecido por su plural, la mentira del Príncipe operaba como un tributo colectivo que congregaba la naturaleza diversa y múltiple de la vida social, en cuya buena marcha el empeño del gobernante sacrificaba la moral implacable que exigía al otro, sólo para salvarla.

El mundo griego funcionaba sobre una armonía prefijada, por lo que esa gramática particular del poder no podía permitir que el Príncipe quedara como un mentiroso a secas. La mentira dicha por el Príncipe desplegaba un arsenal de evasivas destinadas a cubrir la realidad, nunca a inventarla, quedando el Príncipe como en una lejanía en la que no corría ningún riesgo de ser desmentido. Si el Príncipe cruzaba el límite que Platón consideraba prudente para el ejercicio de la gramática del poder, quedaba como un mentiroso.

Tan pronto entré en las redes sociales, luego de la entrevista del Presidente Leonel Fernández con CNN, comprendí que la mentira fue tan burda que el balanceo de la sintaxis lo obligaría a responder la alternativa de mentira o verdad, puesto que había traspasado el límite señalado por Platón, ya que en estos casos la gramática del poder deja desnudo al Príncipe. En un tono autosuficiente el Presidente le había afirmado a su entrevistador que el cólera en nuestro país estaba controlado, y que apenas había producido trece muertes. Respecto de la educación desplegó la algarabía de una inversión que superaba “quinientas veces” la inversión de otros gobiernos, y consignó el 2.8% del PIB como la inversión actual de su administración. Entonces le entraron como la conga.

Quienes navegaron por facebook o twiter poco después de difundida la entrevista, tuvieron la oportunidad de observar un fenómeno de comunicación sencillamente espectacular, miles y miles de internautas diciéndole mentiroso al Presidente, quien ni siquiera sabía que su Ministerio de salud había reportado oficialmente cincuenta muertes por cólera, e ignoraba que la educación dominicana, midiendo la ejecución presupuestaria verdadera, no llegaba ni siquiera al 2% del PIB.

Leonel Fernández trajo al país más de una vez a Juan Luis Cebrían, autor de ese libro sobre el mundo posmoderno que se llama “La red”, y hace poco vino nada más y nada menos que Robert Castel (“Los desafiliados del sistema”), por lo que supongo que él conoce ese concepto de lo fractal que acarrean las redes sociales, y debe saber que ya no se puede mentir impunemente desde los medios tradicionales de comunicación y en el extranjero, sin que los miles de fractales que operan desde las redes sociales respondan a ese sesgo o marginación de la realidad. En las redes no hay un centro decisorio, esa explosión de sinceridad absoluta que inundó Twiter y Facebook, gritándole mentiroso al Presidente, fue la indignación ante la indolencia de un gobernante que ni siquiera recuerda cuántos muertos ha producido la pandemia que se ha desatado en el país que él gobierna. Y que se tongonea en el extranjero presumiendo ser dirigente de un país rico, en un periplo interminable de viajes de autopromoción pagados con los recursos públicos, pese a la avalancha de informes internacionales sobre el estado de la educación, la salud, la inequidad social, la corrupción, y cuantas lacras y deudas sociales se nos presentan dentro del actual estado de cosas.

Podrá encantar en los escenarios internacionales citando a Peirce, Foucault, Deleuze, Touraine, Baudrillard, Bajtin o Canguilhem; podrá satisfacer su megalomanía ponderando las realizaciones imaginarias de su gobierno desde las grandes cadenas de la comunicación mundial; pero esta lección que le ha sobrevenido a partir de las redes sociales, no debería olvidarla. Y no debería olvidar a Platón, que había advertido que el Príncipe apostaba en la mentira la plasticidad semidivina del entorno en que las cosas eran dichas, y si era atrapado como un mentiroso a secas, quedaba en el ridículo más penoso.

Y no debería olvidar, tampoco, la desfachatez de creer que hablar desde el poder desvirtúa la realidad. ¡Esa es la lección!

Santo Domingo, R.D., jueves, 30 de junio de 2011.
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lunes, 20 de junio de 2011

Una teoría sobre el clientelismo dominicano

Por Andrés L. Mateo

Es la Mula de Juan Bosch que atraviesa Mañosa la malhadada historia del país, y que todavía corcovea en el espectro político. Es el leve escándalo de la presencia demiúrgica de un sujeto que encaramado en el aporte de los contribuyentes distribuye la riqueza social para beatificarse a sí mismo.

Hace de un simple mortal un Dios engreído que encanallece la vida espiritual de la nación, y está enredado en la práctica y en la simbología de dureza de toda la recurrente modalidad opresiva con que se actúa desde el poder. Hablo del clientelismo, y de la inflación moral con que se despliega entre nosotros.

Lo primero que hay que establecer es que el clientelismo es una negación de derecho. Aparece como un acto de prestidigitación, viniendo de la contracara de la infamia de la pobreza, como un uso descarado e impune de la miseria material y moral de este país. Y se instala allí, donde la acción colectiva de la sociedad ha fracasado, y las instituciones no funcionan, y la desesperanza hace ver a estos charlatanes como redentores.

La modalidad clientelar es variada, y abarca desde la fundita que se reparte en navidad o en los días de Reyes, el chequecito de ayuda social del gobierno, las acciones asistenciales del despacho de la Primera Dama, los bonos a los choferes, estudiantes, amas de casa, etc. Pasando por las "botellas" en el presupuesto, las nominillas, hasta el financiamiento del transfuguismo. Intensificado, como ocurre en la actualidad, y unido al rentismo, el clientelismo origina en la sociedad la práctica de la hipercorrupción. Un ejemplo en el pasado reciente lo constituyeron el caso PEME y el caso RENOVE.

Pero lo fundamental de este primer aspecto es que el clientelismo existe, en esencia, por la negación de los derechos sociales de los ciudadanos.

Lo segundo es que el clientelismo desgaja la acción del Estado en actos personales, desencajando a su antojo la pobrísima estructura institucional del país. Los diputados que se apropian de ciento veinte millones de pesos para hacer proselitismo el día de las madres (clientelismo que es, además, una modalidad de corrupción) sustituyen a las instituciones, y despojan a la educación o a la salud de recursos suficientes para modernizar un hospital o atender cien escuelas.

La Primera Dama inaugurando un hospital con fondos públicos es un postizo del fallido sistema de salud del país, y Leonel Fernández prendido a una cajita de comestibles en navidad, sonriente al lado de un pobre de solemnidad, es como un espacio caricaturesco, en el cual aquella Mula de Juan Bosch sigue corcovando.

El oscuro vínculo de lealtades que el clientelismo procura, al sustituir como un mecenas circunstancial las fallas de las instituciones sociales, se realiza porque el usufructo del poder manipula la conciencia, la palabra y la vida, aprovechándose de la ignorancia y la indefensión que genera la pobreza. Si hay algo penoso en el ejercicio de gobierno de Leonel Fernández, es el hecho de que para prolongarse a sí mismo en el poder haya pulsado sin piedad todos los tinglados de la manipulación ciudadana.

Los políticos dominicanos olvidan que la relación valorativa consiste en uno de los modos en que la realidad puede ser asimilada, y que en la vida social opera un conjunto de representaciones, esquemas e ideales que determinan la actividad, la conciencia y la conducta de los individuos que la integran.

¿Adónde puede llegar un país en el cual los Senadores tienen un barrilito-clientelar, y los Diputados "asignaciones especiales", legitimando todo el estropicio histórico de la montonera?

Declaman sobre la institucionalización, pero son la rúbrica del super-ego del yo autoritario de la historia dominicana. El ferrocarril central de Lilís, el faro de Balaguer, el Metro de Leonel. La misma vaina del entramado en que se ha desenvuelto la vida social de país.

El modo como la práctica política dominicana ha contribuido con la delincuencia consiste en establecer una dicotomía entre hecho y valor.

El mejor ejemplo es el clientelismo, porque como hemos vivido en un estado tan alarmante de perpetua mentira, hemos llegado a verlo como algo natural, cuando en realidad se trata de un robo, y una negación de derechos.

acento.com.do
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