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jueves, 28 de mayo de 2009

Los muchachos y su tecnología

La mini entrevista Something you should know, Algo que usted debe saber, que conduce Mike Carruthers, se transmite por WBZ 1030 AM (Boston) y trata de temas curiosos de actualidad. Este programa fue transmitido el 18 de mayo de 2009.


Entrevista con Mark Bauerlein, autor de The Dumbest Generation, o La generación más tonta.


Habla Mike Carruthers:

El estilo de vida de los muchachos de hoy es radicalmente diferente a los de hace una generación y se debe a la tecnología.

Habla Mark Bauerlein:
Nunca en la historia se había visto tal red de adolescentes hablando unos con otros sin parar las veinticuatro horas del día, siete días a la semana: pasando chismes y textos y palabras e imágenes y todo lo demás.

Mike Carruthers:

Mark Bauerlein, el autor del libro The Dumbest Generation, dice que esta conexión constante de los adolescentes está teniendo su efecto.

Muchos de los procesos de madurez, tales como la exposición a la conversación de los adultos, viajes con los adultos a los museos o hacerte leer el periódico, o hablar contigo sobre los eventos de actualidad en conversaciones de sobremesa; los contactos sociales, las comunicaciones sociales, están llegando a un punto en que esas influencias maduras van quedando a un lado.

Mark es un profesor universitario y dice…

Usted encontrará más y más maestros que le digan que es mucho más difícil asignar novelas de más de doscientas cincuenta páginas. ¿Por qué? Porque la idea de sentarse en una silla por dos horas sin interrupción y leer, sencillamente no es parte de la rutina de hoy día. Ellos tienen una computadora portátil en el escritorio que les trae correos electrónicos, tienen mensajes de textos que leer y viven en un período de constante interrupciones; y, además, los adolescentes sufren de ansiedad cuando están desconectados de sus artefactos.

Yo soy Mike Carruthers de somethingyoushouldknow.net y esto es algo que usted debe saber.

(Traducción de la transcripción por Isaías Medina Ferreira)

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domingo, 17 de mayo de 2009

El Memristor

Por Isaías Medina Ferreira

La foto de R. Stanley Williams, capturada por un microscopio de fuerza atómica, representa un circuito de 17 memristors. Los alambres tienen un grosor de 50 nm (50 nanómetros)

Después de haber sido descrito utilizando ecuaciones matemáticas hace 37 años por Leon Chua, a la sazón estudiante de término de ingeniería electrónica, un grupo de científicos encabezado por Stanley Williams de los laboratorios de Hewlett-Packard, anunciaron a principios de mayo de 2008 que habían creado el primer Memristor. Por fin, la electrónica, al alcanzar la nanoescala, ha permitido revelar el secreto de ese cuarto elemento que promete aplicaciones desde memorias para computadores hasta la emulación de sistemas de neuronas.


¿Qué es un Memristor?


La palabra Memristor es una contracción de las palabras inglesas memory y resistor; o sea, el Memristor es un resistor que tiene la propiedad de poder ser alterado eléctricamente y permanecer en ese estado de alteración aun después de que el estímulo que causó su alteración haya sido retirado. Esto quiere decir que tiene memoria.


El Memristor, cuyo nombre en español todavía no conocemos, se suma a los tres elementos pasivos básicos de la electrónica: el condensador, el resistor y el inductor. Que sean pasivos se refiere a que disipan la energía proveniente de una fuente, como la batería. El resistor, el componente electrónico más usado, se opone al paso de la corriente eléctrica; el condensador acumula carga eléctrica y el inductor convierte la corriente eléctrica en un campo magnético.


El comportamiento de un resistor se acostumbra a equiparar con el de una manguera que transporta agua. Mientras más ancha la manguera, menos resistencia y mayor su capacidad de transportar agua; por el contrario, mientras más estrecha es la manguera, mayor la resistencia y menor la cantidad de agua que puede transportar. Los resistores tienen por lo general un valor fijo.


Lo que hace al Memristor diferente es que su valor de resistencia varía dependiendo de la dirección en que viaje la corriente. Volviendo a la analogía con la manguera de agua, es como si cuando el agua viaja en una dirección determinada la anchura de la manguera aumentara, por ende reduciendo su resistencia, y cuando viaja en dirección contraria, se hiciera más angosta, lo que aumenta su resistencia. Lo excepcional del Memristor es que si cortamos el flujo de corriente (de agua, si seguimos utilizando la analogía de la manguera), la anchura de la manguera queda fija en ese valor hasta que se reanude el flujo. Es decir, el Memristor tiene memoria, lo cual le da características muy deseables en su uso en memorias para computadoras, el uso más inmediato que anticipan los científicos por ahora.


Memorias hechas con Memristors permitirían la fabricación de computadoras que enciendan al instante. La espera que ahora experimentamos cuando encendemos el computador se debe a que todos los programas que ésta necesita para trabajar deben ser trasladados del disco duro a la memoria, pues todo lo que existía en memoria se pierde cuando la apagamos.


Otra de las futuras aplicaciones del Memristor podría ser en el campo de las computadoras analógicas para simular el cerebro humano y para emular sistemas neurales.


Con todo lo excitante de la creación del Memristor, está por verse si habrá una gran actividad para explotar todo el potencial que sus creadores señalan, pues ello requeriría la creación de nuevas estructuras, diferentes a las que existen para los componentes existentes. Una cosa sí es cierta: los textos escolares van a tener que ser cambiados para incluir el nuevo componente.

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jueves, 14 de mayo de 2009

La historia de casi todo

Por Isaías Medina Ferreira
“El mundo reposa en la espalda de una tortuga gigantesca…” Anónimo

Cuentan que un día estaba William James, psicólogo y filósofo “newyorkino”, dando una cátedra pública sobre astronomía; describía el sabio cómo la tierra gira sobre si misma al tiempo que hace órbitas alrededor del sol y cómo el sol a su vez es parte de una vasta colección de estrellas conocidas como nuestra galaxia o Vía Láctea. Iba el Dr. James a toda máquina en su explicación cuando de repente fue interrumpido por una viejecita que voceaba desde la parte atrás del auditorio, “joven, excúseme, pero su teoría es falsa. El mundo reposa en la espalda de una tortuga gigantesca”. William James, sorprendido pero dispuesto a defender su posición, preguntó a la viejecita, “si ello es cierto, señora, ¿en qué está apoyada la tortuga?”. “Otra tortuga”, respondió la señora. “¿Y en qué se apoya esa tortuga?”, preguntó James. A lo que contestó nuestra señora, “joven, es una pila infinita de tortugas que sigue hacia abajo”.

Cierta o apócrifa, la descripción anterior ilustra la comodidad de buscar nuestras propias explicaciones a las cosas que no entendemos y que no estamos en ánimo de explorar. Estamos rodeados de misterios y fenómenos que no entendemos. Hay gente que dedica toda una vida en develar esos misterios y a tratar de dar explicación a quienes no tenemos el privilegio de contar con las herramientas para entender en toda su dimensión sus hallazgos.

En ese sentido, hay un sin número de personas que han escrito libros populares acerca de las ciencias. Algunos de esos intérpretes son científicos de pura cepa, como es el caso de Stephen Hawking, quien en su libro “Historia del Tiempo”, explica con claridad y simplicidad los fenómenos físicos más complejos; o como el difunto Carl Sagan, astrónomo distinguido, en quien fue una constante difundir la ciencia a la mayor audiencia posible. Otros, como Michael Guillén, autor del libro “Puentes al infinito” (Bridges to Infinity), aunque educados en las ciencias y profesores distinguidos de las mismas, son intermediarios que hacen digeribles temas de suma complejidad.

Con un libro de uno de esos intérpretes magníficos del universo me encontré recientemente. Su nombre es Bill Bryson, autor de “A Short History of Nearly Everything”, que traducido libremente al español sería algo así como “Una Corta Historia de Casi Todo”. Como su nombre indica, el libro de Bryson busca conexión entre todo lo que existe y ha existido en el universo, de forma sencilla y viva.

Por ejemplo, dice Bryson que siendo residuos del Big-Bang que dio origen al universo, somos simple polvo de estrellas, o ceniza atómica, sólo que compuestos de forma tal que podemos expresar emociones como el amor. Sin embargo, de alguna forma estamos en descomposición si tenemos en cuenta que aproximadamente un trillón de bacterias se alimentan a diario con los 10 mil millones aproximados de laminillas de piel que se desprenden de nuestros cuerpos.

En otra parte de su historia, Bryson nos dice que cada uno de nosotros está compuesto de aproximadamente 10 mil trillones de células, cada una conteniendo una hebra de ADN, que si se extendiese alcanzaría unos seis pies de largo. Si todo el ADN que contenemos fuese puesto en una hebra única extendida, su extensión sería de 20 millones de kilómetros. Ahora bien, la distancia aproximada de la tierra a la luna es 382,500 kilómetros.

Dice Bryson, además, que de alguna manera todos somos reencarnaciones. Siendo como somos el producto de trillones de trillones de átomos, y teniendo en cuenta que la materia no se destruye, pero sí se transforma, probablemente miles de millones de esos átomos han sido reciclados de Beethoven, o Julio César, o Shakespeare. En ese sentido, todos estamos relacionados el uno al otro. El lo explica así: se necesita una madre y un padre para producirnos a cada uno de nosotros, y cuatro para producir a nuestros padres. Si nos remontáramos 8 generaciones hacia atrás, hacia los días de Lincoln, más de 250 personas contribuyeron a la creación de cada uno de nosotros; si nos remontáramos a los tiempos de Cervantes o Shakespeare, somos descendientes directos de 16,384 ancestros. Esa familia extendida que somos habita el pequeño planeta Tierra cuyos continentes se alejan uno del otro.

Y en ese sentido, dice Bryson que Europa y Norte América se alejan uno del otro a una velocidad comparable al crecimiento de una uña humana, la cual alcanzaría dos yardas en toda una vida de crecimiento. El continente Africano, de la forma que crece hacia el norte, algún día extinguirá el Mar Mediterráneo y de París a Calcuta se extenderá una cadena de montañas tan alta como el Himalaya.

Otra de las consideraciones de Bryson es la importancia de la luna para nuestra supervivencia. Si no fuera por ella, la tierra desencajaría de su eje, sus órbitas serían erráticas y ciudades como New York estarían sepultadas bajo agua. Lo curioso es que ha habido y hay un alejamiento lento pero constante entre la luna y la tierra.

Y así hace Bryson una serie de aserciones que son al parecer extrañas, pero que en el contexto de lo extraño y complejo de un universo que se dice todavía sigue en expansión, no lo parecen tanto. El sol alrededor del cual gravita la tierra es sólo uno de quizás 400 mil millones de estrellas existentes en nuestra Vía Láctea, la cual es sólo una entre unas 140 mil millones de galaxias en el universo.

Al leer un libro como el de Bryson, quizás lo que quede latente en nosotros no sea lo extraño de todo, incluyéndonos a nosotros mismos, sino lo pequeño e insignificante de nuestras diferencias, que en última instancia nos hacen tan similares entre sí y en comparación con los demás habitantes del universo, sean estos objetos inanimados o seres inteligentes.

En suma, como un electrón en órbita alrededor de su núcleo, somos sólo una pieza más de ese gigantesco átomo que es el universo enfrentados a un destino común, deambulando por igual a merced de un globo giratorio al que no podemos parar ni controlar y del que no nos podemos desmontar. De alguna manera somos polvo cautivo de una nebulosa gigantesca, importantes nada más en nuestra propia conciencia.

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