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sábado, 10 de diciembre de 2011

DERECHOS HUMANOS

HACE 500 AÑOS DEL SERMÓN DE MONTESINOS
Por Monseñor Ramón De la Rosa y Carpio


Estamos celebrando los 500 años del Sermón de Fray Antón de Montesino, pronunciado en Santo Domingo en 1511 contra los encomenderos y en pro de los derechos de los indígenas.

Aconteció exactamente el IV domingo de Adviento, que ese año de 1511 cayó el 21 de diciembre. En este año 2011 ese mismo domingo cae 18 de diciembre. En la Iglesia se sigue leyendo el mismo texto del Evangelio en el tiempo de Adviento, pero ahora el III Domingo, porque, con la renovación litúrgica después del Concilio Vaticano II, se consideró mejor colocar en el IV domingo un texto más cercano al acontecimiento de Navidad. Por eso ahora está Lucas 1, 26-38, el relato de la Anunciación a la Virgen María, sobre la Encarnación del Hijo de Dios en sus entrañas purísimas.

Me parece oportuno traer a la memoria el acontecimiento tal y como lo relata Fray Bartolomé de las Casas, en su Historia de las Indias II, Parte Primera, capítulo IV (México: Fondo de Cultura Económica, 1965), 440-442. Podría uno unir las palabras de Montesino a la gigantesca estatua suya levantada a la entrada del Puerto de Santo Domingo e imaginar que, desde allí, las sigue predicando a los cuatro vientos, a los dominicanos y al mundo entero. Cito:

Capítulo IV

“Y porque era tiempo del Adviento, acordaron que el sermón se predicase el cuarto domingo, cuando se canta el Evangelio donde refiere el evangelista San Juan: “Enviaron los fariseos a preguntar a San Juan Bautista quién era, y les respondió: “Egovox clamantis in deserto” (Jn. 1, 23).

Y porque se hallase toda la ciudad de Santo Domingo al sermón, que ninguno faltase, al menos de los principales, convidaron al segundo Almirante, que gobernaba entonces esta isla, y a los oficiales del rey, a todos los letrados juristas que había, a cada uno en su casa, diciéndoles que el domingo en la iglesia mayor habría sermón suyo, y querían hacerles saber cierta cosa que mucho tocaba a todos; que les rogaban se hallasen a oírlo.

Todos concedieron de muy buena voluntad, lo uno por la gran reverencia que les hacían y estima que de ellos tenían, por su virtud y estrechura en que vivían y rigor de la religión; lo otro porque cada uno deseaba ya oír aquello que tanto les habían dicho tocarles, lo cual si ellos supiesen antes, cierto es que no se les predicara, porque ni lo quisieran oír, ni predicar les dejaran.

Llegado el domingo y la hora de predicar, subió al púlpito el susodicho padre fray Antón de Montesino, y tomó por tema y fundamento de su sermón, que ya llevaba escrito y firmado de los demás: “Ego vox clamantis in deserto” (Is 40,3; Lc 3, 4).

Hecha su introducción, y dicho algo de lo que tocaba a la materia del tiempo del Adviento, comenzó a encarecer la esterilidad de las conciencias de los españoles de esta isla y la ceguera en que vivían; con cuánto peligro andaban de su condenación, no advirtiendo los pecados gravísimos en que con tanta insensibilidad estaban continuamente zambullidos, y en ellos morían. Luego torna sobre su tema, diciendo así:

Para dárosla a conocer, me he subido aquí, yo que soy voz de Cristo en el desierto de esta isla. Y por lo tanto, conviene que con atención, no cualquiera, sino con todo vuestro corazón y con todos vuestros sentidos, la oigáis. La cual vozos parecerá la más nueva que nunca oísteis, la más áspera y dura y más espantable y peligrosa que jamás no pensasteis oír.

Esta voz encareció por buen rato con palabras muy punitivas y terribles, que le hacían estremecer las carnes y que les parecía que ya estaban en el divino juicio. La voz, pues, en gran manera, en universal encarecida, les declaró cuál era o qué contenía en sí aquella voz. Esta voz, -dijo él-,[dice] que todos estáis en pecado mortal, y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocencias gentes.

Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y tan horrible servidumbre a estos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras, mansas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan oprimidos y fatigados, sin darles de comer ni curarlos en sus enfermedades, que sucumben a los trabajos excesivos que les dais, y se os mueren, o mejor dicho, los matáis por sacar y conseguir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien les adoctrine, y conozcan a su Dios y Criador, y sean bautizados, y oigan misa, y guarden las fiestas y los domingos?

Y éstos, ¿no son hombres? ¿Acaso no tienen almas racionales? ¿No estáis obligados a amarlos como a vosotros mismos? ¿Es que no entendéis esto? ¿Es que no lo sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos? Tened por cierto que, en el estado en que estáis, no os podéis salvar más que los moros o los turcos, que carecen y no quieren la fe de Jesucristo”.


Finalmente, de tal manera se explicó la voz que antes había muy encarecido, que los dejó atónitos, a muchos como fuera de sentido, a otros más empedernidos, y algunos algo compungidos. Pero a ninguno, a lo que yo después entendí, convertido.

Concluido su sermón, bájase del púlpito con la cabeza no muy baja, porque no era hombre que quisiese mostrar temor, así como no lo tenía, si se daba mucho por desagradar los oyentes, haciendo y diciendo lo que, según Dios, le parecía convenir. Con su compañero, se va a su caja pajiza donde, por ventura, no tenían qué comer, sino caldo de berzas sin aceite, como algunas veces les acaecía. Salido él, queda la iglesia llena de murmullo, que según yo creo, apenas dejó acabar la misa. Puédese bien juzgar que no se leyó lección de Menosprecio del Mundo a las mesas de todos aquél día.

En acabando de comer, que no debiera ser muy gustosa la comida, júntase toda la ciudad en casa del Almirante… y acuerdan de ir a reprender y asombrar al predicador y a los demás, si no lo castigaban como a hombre escandaloso, sembrador de doctrina nueva, nunca oída, condenando a todos, y que había hablado contra el rey y su señorío que tenía en estas Indias, afirmando que no podían tener los indios, dándoselos el rey. Y éstas eran cosas gravísimas e irremisibles.

Llaman a la portería, abre el portero, le dicen que llame al vicario y a aquél fraile que había predicado tan grandes desvaríos. Sale sólo el vicario, venerable padre, fray Pedro de Córdoba. Le dicen con más imperio que humildad que haga llamar al que había predicado. Responde, como era prudentísimo, que no había necesidad; que si su señoría y mercedes mandan algo, que él era el prelado de aquellos religiosos, y él respondería.

[…] Viendo el santo varón que llevaban otro camino e iban templando el brío con que habían venido, mandó llamar a dicho padre fray Antón de Montesino, el cual maldijo el miedo con que vino. Sentados todos, propone primero el Almirante por sí y por todos su querella, diciendo que cómo aquél padre había sido osado a predicar cosas en tan gran de servicio del rey y daño de toda aquella tierra… y porque aquél sermón había sido tan escandaloso y en tan gran deservicio del rey y perjudicial a todos los vecinos de esta isla, que determinasen que aquél padre se desdijese de todo lo que había dicho; donde no, que ellos entendían poner el remedio que conviniese.

El padre vicario respondió que lo que había predicado aquél padre había sido de parecer, voluntad y consentimiento suyo y de todos, después de muy bien mirado y conferido entre ellos. Y con mucho consejo y madura deliberación se habían determinado que se predicase como verdad evangélica y cosa necesaria a la salvación de todos los españoles y los indios de esta isla, que veían perecer cada día, sin tener de ellos más cuidado que si fueran bestias del campo; a lo cual estaban obligados de precepto divino por la profesión que habían hecho en el bautismo, primero de cristianos, y después de frailes predicadores de la verdad. En lo cual no entendían de servir al rey, que acá los había enviado a predicar lo que sintiesen que debían predicar, necesario a las ánimas, sino servirle con toda fidelidad. Y que tenían por cierto que desde que Su Alteza fuese bien informado de que acá pasaba y lo que sobre ello habían predicado, se tendría por bien servido, y les daría las gracias.

CONCLUSIÓN:

CERTIFICO: que he citado textualmente el capítulo IV de la Historia de las Indias II, de Fray Batolomé de las Casas acerca del Sermón de Montesino en la Isla de Santo Domingo, el IVdomingo de Adviento, 21 de diciembre del año del Señor de 1511.

DOY FE, en Santiago de los Caballeros, a los 7 días del mes de diciembre del año del Señor de 2011.
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miércoles, 7 de diciembre de 2011

SOCIEDAD Y DERECHOS HUMANOS

SONIA PIERRE, LUCHADORA VITUPERADA
Por Rosario Espinal

La conocí en un seminario en el año 2003, y luego coincidimos en otro en el 2009. En ambas ocasiones me impactaron sus ojos abiertos de par en par con una mezcla de timidez y fortaleza, tristeza y coraje.

Su lucha y avatares estuvieron guiados por un objetivo fundamental: el reconocimiento de derechos a los dominicanos de origen haitiano, sobre todo el derecho a la identidad legal para los hijos de haitianos indocumentados.

Su causa la trasciende porque el problema que enfrentó es mayor que todos sus esfuerzos por resolverlo. Se lleva al morir el honor de la lucha asumida con dignidad y el dolor de un sistema intolerante que nunca dejó de vituperarla.

Hace unos días, la Suprema Corte de Justicia ratificó su veredicto de diciembre de 2005, reafirmado en la Constitución de 2010, que los niños nacidos en territorio dominicano de inmigrantes indocumentados no son ciudadanos dominicanos.

Si fueran pocos, quizás la ley sería intrascendente. Pero no. República Dominicana ha permitido por muchas décadas un flujo constante de inmigrantes haitianos indocumentados para satisfacer la voracidad explotadora de empresarios agrícolas y de la construcción.

Por eso, el fallo de la Suprema y la disposición constitucional de no otorgar nacionalidad a los hijos de inmigrantes indocumentados nacidos en República Dominicana constituye un atentado a la realidad social y a los derechos humanos.

Sonia Pierre, consciente de esta situación, conocedora de la privación de derechos a muchos niños nacidos y criados en bateyes de padres haitianos indocumentados, se dedicó a luchar por el reconocimiento a una existencia legal.

Su voz crítica le ganó muchos detractores porque la maquinaria propagandística más aceitada de República Dominicana, es la que se dedica a defender los intereses de empresarios explotadores de la mano de obra haitiana bajo la consigna de un amañado patriotismo.

La migración legal e ilegal genera turbulencias en cualquier país del mundo, y en el caso dominicano es aún peor por dos razones.

Entre Haití y República Dominicana ha primado una historia de discordias por los excesos de gobiernos autoritarios en ambos lados de la isla. Los haitianos ocuparon la parte oriental en el siglo 19, y Trujillo los mató en el siglo 20.

Además, Haití es un país muy pobre y el gran flujo migratorio es de personas sin calificaciones laborales que sólo pueden aportar su fuerza física para realizar trabajos de bajos salarios.

Esto crea un paraíso perfecto para la explotación laboral, y representa a la vez un alto costo de inserción social.

Por eso el gobierno dominicano estableció en la Constitución de 2010 la negación de derechos de ciudadanía a toda la población de origen haitiano indocumentada. A menores derechos, mayor explotación.

República Dominicana tiene soberanía para establecer su política migratoria y sus disposiciones constitucionales, pero tener ese derecho no significa que lo ejerza bien.

Mantener la frontera sin controles adecuados es una violación a la soberanía nacional de los gobiernos dominicanos que han fomentado la entrada masiva de inmigrantes indocumentados para beneficio empresarial.

Una vez están en el país, trabajan y procrean, no deben ser tratados constitucionalmente como si no existieran.

La lucha de Sonia Pierre consistió en levantar la voz y motivar casos judiciales para que República Dominicana reconozca los derechos de los inmigrantes haitianos y sus descendientes.

Su lucha no fue fácil ni agradable. En República Dominicana toda demanda a favor de los derechos humanos de los haitianos y sus descendientes es calificada de anti-patriótica, porque la maquinaria mediática difamatoria está siempre en posición de disparo contra quien cuestione el brutal sistema de explotación económica que se fundamenta en el tráfico ilegal de haitianos.

http://www.hoy.com.do/
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