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jueves, 1 de diciembre de 2011

¿Son las corporaciones de EE.UU. “buenos ciudadanos”?

Los Estados Unidos merecen algo mejor de sus líderes empresariales: obtener beneficios no debe ser la única meta.

Por Andrew Leonard

¿Tienen las corporaciones la responsabilidad social de ser ciudadanos decentes y respetables? ¿Existe un imperativo moral que obligue a Bank of America, General Electric y Apple a impulsar el empleo, abstenerse de contribuir a la desigualdad, o a no contribuir a arruinar el medio ambiente, simplemente porque eso es hacer lo correcto?

Si emplea usted aunque sea una ínfima cantidad de tiempo investigando esa pregunta, pronto se encontrará de frente con la respuesta dada hace cuatro décadas por el economista Milton Friedman: un enfático y concluyente no.

En "La responsabilidad social de las empresas es aumentar sus beneficios" (The Social Responsibility of Business Is to Increase Its Profits), publicado originalmente en la revista del New York Times Sunday en 1970, Friedman, el archi-diácono de la economía de libre mercado, declaró que cualquier hombre de negocios que piensa que una empresa debe tomar "en serio su responsabilidad de proporcionar empleo, la eliminación de la discriminación, evitar la contaminación o cualquier otra cosa" estaba "predicando socialismo puro y sin adulterar".

Los empresarios que hablan de esta manera son títeres involuntarios de las fuerzas intelectuales que han estado socavando las bases de una sociedad libre durante las últimas décadas... En un sistema de libre empresa y de propiedad privada, un ejecutivo corporativo es un empleado de los propietarios del negocio. Él tiene responsabilidad directa con sus empleadores. Esa responsabilidad consiste en conducir el negocio de acuerdo con sus deseos, que en general son el de producir tanto dinero como sea posible dentro de las reglas básicas de la sociedad, tanto las consagradas por la ley como las encarnadas en las costumbres éticas.

La gran ironía de la línea dura de Friedman es que en 1970, sus palabras probablemente sonaban mucho más extremas que en la actualidad. A pesar de décadas de verbosidades relacionadas con la idea de "la responsabilidad social corporativa", la noción de que las empresas funcionan mejor cuando tienen menos trabas creadas por restricciones reglamentarias o que deben estar guiadas solo por un deseo de generar el máximo retorno por inversión para sus accionistas son ahora la piedra angular de las fijaciones ideológicas del Partido Republicano contemporáneo.

De hecho, que recordemos uno podría argumentar que estamos más cerca ahora de la utopía de Friedman que durante cualquier otro período. El Tribunal Supremo ha aflojado vastamente las restricciones del gasto corporativo en el proceso político, la política mercantil ha apoyado una tendencia de décadas de duración hacia la inversión extranjera, la ubicación de capital y el envío de trabajos hacia el exterior, los impuestos corporativos están en un mínimo histórico, y ni siquiera la peor crisis financiera en décadas ha producido más que un tirón de orejas a los culpables.

Pero uno se pregunta qué pensaría el propio Milton Friedman si él pudiera inspeccionar la destrucción de hoy. ¿Tendría algún remordimiento al ver a los bancos rescatados generar enormes ganancias, mientras que los estadounidenses comunes confrontan problemas para encontrar y mantener puestos de trabajo y millones más enfrentan una ejecución hipotecaria? ¿Sentiría él la necesidad de reexaminar su propio argumento, en particular aquella línea que dice que los empresarios deben ajustarse "a las reglas básicas de la sociedad, tanto las consagradas por la ley como las encarnadas en las costumbres éticas”?

Debido a la enorme brecha abierta de par en par no es difícil pasarlo por alto. Consta de dos partes:

En primer lugar, ¿qué significa obedecer las reglas del juego cuando usted está escribiendo las reglas en su propio beneficio? Evidentemente, es en el interés de las empresas presionar al Congreso para que promulgue leyes que les ayude a aumentar sus beneficios. Pero de ninguna manera está claro que esta práctica sea en el mejor interés de la sociedad en su conjunto.

En segundo lugar está la cuestión de qué es precisamente definido por "encarnado en las costumbres éticas". ¿Qué creemos los estadounidenses, qué valores compartimos que deben, quizás, también compartir nuestras corporaciones? Quizás sin darse cuenta, lanzando un hueso a las "costumbres", Friedman abrió una enorme lata de lombrices. ¿Sería posible que como sociedad, creamos que las empresas tienen la obligación de impulsar el empleo en casa en lugar de hacerlo en el extranjero, o de pagar su parte justa de impuestos? ¿O quizás que, como sociedad, creamos que sea repugnante que los CEOs de las empresas Fortune 500 ganen 400 veces más que su trabajador promedio? ¿O que tal vez, en general, apoyemos las regulaciones de aire y agua limpia que los cabilderos corporativos están tan ansiosos por castrar?

Y tal vez, solo tal vez, que creamos que las corporaciones que son rescatadas con dinero de los contribuyentes tienen la responsabilidad adicional de actuar como ciudadanos responsables, y no solo como autómatas amorales que generan ganancias.

Hay asimismo otras consideraciones a contemplar que Friedman parece no haber tenido en cuenta. Por ejemplo, en una sociedad donde predomina la actividad económica de los consumidores, ¿importa lo que piensan esos consumidores? En otras palabras, si suficientes personas encuentran las prácticas laborales de Nike en Asia o la tasa de ejecuciones hipotecarias de Citigroup tan censurables que un número significativo de hecho cambia de marca o de banco, ¿no es en el interés de lucro de las corporaciones cambiar su comportamiento para que coincida con las expectativas del consumidor?

Ha llegado el momento de una reevaluación del papel de la corporación en la sociedad estadounidense. La pasión que motivó a los protestantes de Ocupar Wall Street nos dice eso, al igual que el espectáculo de un sistema político y económico que es tan claramente disfuncional.

Por lo tanto, en el espíritu de contribuir a mejor iluminar a los consumidores en cuanto al lugar que ocupan nuestras corporaciones en el rango de “ciudadanos responsables”, Salon está lanzando una nueva serie: El Desafío Ciudadano Corporativo - un intento de calificar el desempeño cívico de las mayores empresas de Estados Unidos.

Busque la primera entrega la semana después de Acción de Gracias (la primera empresa en ser evaluada fue Citigroup. Nota del traductor). Vamos a empezar con las grandes instituciones financieras que más se beneficiaron de los rescates del gobierno. Vamos a evaluarlas de acuerdo a una serie de parámetros: la creación de empleo, los dólares que gastan en cabildeo, el total de impuestos pagados, retribución de los ejecutivos, cómo impactan el medio ambiente, entre otros.

Pero no nos limitaremos solo a corporaciones como Citigroup o Bank of America. Cada corporación de EE.UU., haya sido salvada de la quiebra por el gobierno federal o no, merece una mirada detenida — y damos la bienvenida a sugerencias sobre posibles objetivos para nuestro escrutinio.

Milton Friedman odiaría este proyecto – el cual, en sí mismo, es una gran y obvia razón por la cual debemos emprenderlo. Pero vamos a darle crédito: Él abrió la puerta a este viaje con su guiño hacia ese misterioso concepto de "costumbre ética".

¿Cuál es nuestra ética? ¿Cómo queremos que se comporten nuestras corporaciones? ¿Y no debemos tomar nuestro patrocinio a otra parte si sentimos que nuestros valores están siendo pisoteados? Jurídicamente hablando, la corporación es una "persona artificial". La Corte Suprema obviamente cree que estas “personas artificiales” son verdaderos ciudadanos en cuanto a su derecho a la libertad de expresión - en forma de publicidad política - se refiere. Pero si las corporaciones son personas, con los derechos que les pertenecen, ¿no deben estas también asumir cierta responsabilidad?

http://www.salon.com/

Traducción de Isaías Ferreira (metransol@yahoo.com)
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lunes, 21 de noviembre de 2011

El 0.1% de los más ricos en los EE.UU. obtiene la mitad de todas las ganancias de capital

Por Robert Lenzner

Las ganancias de capital son el ingrediente clave de la disparidad de ingresos en los Estados Unidos - y la fuerza detrás de la mantra del “ganador se lleva todo” de nuestro sistema económico. Si se desea igualar el poder adquisitivo en los EE.UU., hay que aumentar el impuesto a las ganancias de capital, que es ahora 15%.

Las disparidades de ingreso y riqueza se vuelven aún más absurdas si nos fijamos en el 0.1% de los más ricos de la nación, en lugar del 1% más comúnmente citado. El 0.1%, alrededor de 315,000 individuos de los 315 millones que somos, está recibiendo alrededor de la mitad de todas las ganancias de capital en la venta de acciones o propiedades después de un año, y estas ganancias de capital representan el 60% de los ingresos de la lista Forbes 400.

Está claro que la reducción de impuestos de Bush en las ganancias de capital y en los dividendos de ingresos en el año 2003 fue la política de vanguardia que ha creado el enorme aumento en el patrimonio neto de los ejecutivos corporativos, los profesionales de Wall Street y otros empresarios.

La reducción en el impuesto del 20% al 15% continuó con la tradición, de paso a paso ir cortando este impuesto para crear más riqueza. Este había sido reducido primeramente del 35% al 28% en 1978, en un momento de estancamiento del mercado de valores y la economía. En 1981, al comienzo de la era Reagan, se redujo a 20%, y se aumentó de nuevo a un 28% en 1987, en vísperas del estrepitoso bajón de 232% en el mercado, el 19 de octubre. En 1997, Clinton estuvo de acuerdo en reducirlo de nuevo al 20%, una movida que fue un incentivo para la explosión de los fondos de cobertura y firmas de capital privado - "el renglón de más rápido crecimiento dentro del 1 por ciento".

Sin lugar a dudas, la batalla que se librará en los próximos intentos de revertir esta reducción en las ganancias de capital será sangrienta e intensa. Los hechos son claros: según la Oficina Presupuestaria del Congreso, más del 80% del aumento de la desigualdad fue resultado del aumento en la proporción de ingresos en los hogares de las ganancias de capital. De hecho, uno hasta podría afirmar que "los ingresos de las ganancias de capital son la fuente de ingresos del hogar más desigual, y volátilmente distribuidos", según Laura D'Andrea Tyson, profesora de negocios de la Universidad de California y ex presidenta del Consejo de Asesores Económicos del presidente Clinton.

No es de extrañar que los plutócratas súper ricos obtuvieran el mayor porcentaje del ingreso nacional, 25% de la riqueza de la nación, mayor que en cualquier otro país industrial en el período de 1979 a 2005. No nos equivoquemos, después del desempleo, esta disparidad entre el 1% (3 millones de personas) o el 0.1% (300,000 personas) y los otros 312 millones de ciudadanos de los EE.UU. se ha convertido en el principal tema del movimiento Ocupar Wall Street, y en un debate nacional importante.

Los encomiendo a la advertencia del finado juez Louis Brandeis a la nación:"En este país podemos tener democracia, o podemos tener una gran concentración de riquezas en manos de unos pocos, pero no podemos tener ambas cosas". Tenemos que decidirnos a restaurar un mayor y más justo impuesto a las ganancias de capital de la clase más rica de inversionistas, o atenernos a ver el aumento de disturbios sociales.

Artículo aparecido en Forbes. Traducido por Isaías Ferreira (metransol@yahoo.com)
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domingo, 16 de octubre de 2011

Los inmigrantes también somos parte del 99 por ciento

Por Aníbal E. Melo
AnibalMelo@Yahoo.com

"Las gentes tienen derecho a protestar, y si ellos quieren hacerlo, vamos a asegurarnos de que tengan lugares para ello".

Michael Bloomberg,
Alcalde de New York, 17 de septiembre del 2011

En el verano de este año, la empresa con base en New York "Adbusters Media Foundation", mejor conocida por su publicidad anti-consumo, propuso que se realizase una ocupación pacífica de Wall Street para protestar contra la influencia corporativa en la democracia, la creciente disparidad en la riqueza, y contra la ausencia de repercusiones legales tras la reciente crisis financiera mundial.

Después de haber sido virtualmente ignorado por los medios de comunicación, el movimiento "Ocupar a Wall Street", finalmente ganó la atención mundial, gracias a la reacción inicial de mano dura por parte de la policía de Brooklyn y a la detención de cientos de manifestantes pacíficos.

"Ocupar a Wall Street", que inició como una serie de manifestaciones realizadas en el lugar anteriormente conocido como la "Plaza de la Libertad", ha evolucionado más allá de su nombre – y ya no es sólo la gente valiente que acampa en Zuccotti Park la que protesta, sino que ahora es un movimiento nacional, apoyado por millones de estadounidenses, unido por una frase común: "Somos el 99 por ciento".

Envalentonados por la acción estimulante de los activistas que han estado protestando en Nueva York desde el 17 de septiembre, cientos de miles de personas están acudiendo en masa a las calles en ciudades de todo el país para expresar su disgusto e ira contra un sistema político y financiero que injustamente recompensa al 1% más rico a costa de los demás.

La protesta de New York fue originalmente inspirada en el movimiento árabe de la pasada primavera, sobre todo en el de las protestas de la "Plaza Tahrir" en El Cairo, que inició la revolución Egipcia del 2011 y la de los "Indignados" en España.

Los participantes, principalmente protestan contra la desigualdad social y económica, contra la avaricia corporativa, y contra la influencia del dinero de las empresas y grupos de presión sobre los políticos, entre otras cuestiones.

"Somos el 99 por ciento", tiene muchas otras demandas periféricas, como aumentar los impuestos a los ricos y a las corporaciones, poner fin a la asistencia corporativa, apoyar a los sindicatos, la protección del Seguro Social y del Medicare.

Otros manifestantes están pidiendo una auditoría o la eliminación de la Reserva Federal, cuidado de salud universal, el desmantelamiento del complejo industrial-militar, poner fin a todas las guerras, inversión en infraestructuras, en el transporte público, etc.

Los objetivos de "Somos el 99 por ciento", pueden ser vagos y en algunos aspectos aparentemente contradictorios, pero nadie puede discutir el hecho de que dicho movimiento expresa una ira genuina contra la avaricia y contra un sistema político que muchos perciben está en favor de los más ricos en un momento de angustia económica y de malestar entre la gente común.

Esta es la razón de que al día de hoy, ya las protestas se hayan extendido a otras partes del país, tales como: Washington, D.C., Los Angeles, San Francisco, San Jose, Boston, Chicago, San Diego, Houston, Philadelphia, Miami, Salt Lake City, Portland, Maine, Jersey City, Trenton, Oregon, Seattle, Denver, Charlotte, Kansas City, MO, Austin, Ann Arbor, Cleveland, Dallas, Minneapolis, Sacramento, Tampa, Atlanta, Albuquerque, y Nuevo Mexico.

Este es sin duda un movimiento popular genuino, en contraste con el "Tea Party", que aunque no fue creado por los grandes intereses de la extrema derecha empresarial, fue secuestrado rápidamente por ellos.

La mayoría de los residentes en Estados Unidos queremos una reforma real de un sistema que muchos creemos encubre injusticia y desigualdad económica.

Por otro lado, los representantes y defensores de la extrema derecha, se oponen a la existencia de un "gobierno grande", solamente cuando este trata de proteger a los consumidores ordinarios, a los pobres, a los no asegurados, al medio ambiente, etc.

Sin embargo, cuando se trata de "reforzar la frontera", para usar la expresión de algunos políticos Republicanos, están en favor de no sólo un gobierno grande, sino de uno enorme.

En su afán de cerrar las fronteras y de deportar a más de 12 millones de hombres, mujeres y niños de minorías, los llamados "conservadores", no tienen ningún ambages en apoyar la idea de convertir a Estados unidos en un estado policial.

Cada vez más ciudadanos estadounidenses se están revelando en contra de la codicia y del odio.

Y pienso, ¿Dónde están las protestas contra las leyes anti-inmigrantes, la otra causa principal de la desigualdad y la injusticia en este país?

¿Dónde está el movimiento nacional por los derechos de los inmigrantes?

¿Dónde están las marchas pacíficas, las manifestaciones y desfiles pro-inmigrantes como los de hace unos años?

¿Dónde están las protestas contra el racismo y la xenofobia?

¿Estamos los inmigrantes y nuestros partidarios tan intimidados por los programas federales crueles y represivos como "Comunidades Seguras", que nos impide salir a las calles pacíficamente?

Si es así, no sólo los miembros de las comunidades inmigrantes estamos en serios problemas, sino también todos los residentes de este país.
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jueves, 23 de junio de 2011

El fármaco que cura del todo no es rentable para la industria farmacéutica

El escándalo de las farmacéuticas: nos roban y no les interesa nuestra curación. El premio Nobel de Medicina de 1993 Richard Roberts, en una entrevista publicada en el diario La Vanguardia, denuncia que las farmacéuticas se dedican a desarrollar medicinas que no curan del todo, sino que cronifican la enfermedad.

El Premio Nobel de medicina Richard J. Roberts pone de manifiesto en una entrevista en La Vanguardia que muchas de las enfermedades que hoy son crónicas tienen cura, pero para los laboratorios farmacéuticos no es rentable curarlas del todo, los poderes políticos lo saben, pero los laboratorios compran su silencio financiando sus campañas electorales.

- ¿Qué modelo de investigación le parece más eficaz, el estadounidense o el europeo?
- Es obvio que el estadounidense, en el que toma parte activa el capital privado, es mucho más eficiente. Tómese por ejemplo el espectacular avance de la industria informática, donde es el dinero privado el que financia la investigación básica y aplicada, pero respecto a la industria de la salud... Tengo mis reservas.

- Le escucho.
- La investigación en la salud humana no puede depender tan sólo de su rentabilidad económica. Lo que es bueno para los dividendos de las empresas no siempre es bueno para las personas.

- Explíquese.
- La industria farmacéutica quiere servir a los mercados de capital...

- Como cualquier otra industria.
- Es que no es cualquier otra industria: estamos hablando de nuestra salud y nuestras vidas y las de nuestros hijos y millones de seres humanos.

- Pero si son rentables, investigarán mejor.
- Si sólo piensas en los beneficios, dejas de preocuparte por servir a los seres humanos.

- Por ejemplo...
- He comprobado como en algunos casos los investigadores dependientes de fondos privados hubieran descubierto medicinas muy eficaces que hubieran acabado por completo con una enfermedad...

- ¿Y por qué dejan de investigar?
- Porque las farmacéuticas a menudo no están tan interesadas en curarle a usted como en sacarle dinero, así que esa investigación, de repente, es desviada hacia el descubrimiento de medicinas que no curan del todo, sino que cronifican la enfermedad y le hacen experimentar una mejoría que desaparece cuando deja de tomar el medicamento.

- Es una grave acusación.
- Pues es habitual que las farmacéuticas estén interesadas en líneas de investigación no para curar sino sólo para cronificar dolencias con medicamentos cronificadores mucho más rentables que los que curan del todo y de una vez para siempre. Y no tiene más que seguir el análisis financiero de la industria farmacológica y comprobará lo que digo.

- Hay dividendos que matan.
- Por eso le decía que la salud no puede ser un mercado más ni puede entenderse tan sólo como un medio para ganar dinero. Y por eso creo que el modelo europeo mixto de capital público y privado es menos fácil que propicie ese tipo de abusos.

- ¿Un ejemplo de esos abusos?
- Se han dejado de investigar antibióticos porque son demasiado efectivos y curaban del todo. Como no se han desarrollado nuevos antibióticos, los microorganismos infecciosos se han vuelto resistentes y hoy la tuberculosis, que en mi niñez había sido derrotada, está resurgiendo y ha matado este año pasado a un millón de personas.

- ¿No me habla usted del Tercer Mundo?
- Ése es otro triste capítulo: apenas se investigan las enfermedades tercermundistas, porque los medicamentos que las combatirían no serían rentables. Pero yo le estoy hablando de nuestro Primer Mundo: la medicina que cura del todo no es rentable y por eso no investigan en ella.

- ¿Los políticos no intervienen?
- No se haga ilusiones: en nuestro sistema, los políticos son meros empleados de los grandes capitales, que invierten lo necesario para que salgan elegidos sus chicos, y si no salen, compran a los que son elegidos.

- De todo habrá.
- Al capital sólo le interesa multiplicarse. Casi todos los políticos - y sé de lo que hablo- dependen descaradamente de esas multinacionales farmacéuticas que financian sus campañas. Lo demás son palabras...

Lun, 21/02/2011
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EL GRAN NEGOCIO TRANSNACIONAL DE LOS MEDICAMENTOS

Syngenta, Monsanto, Bayer y otras corporaciones poseen una concentración de intereses y un poder casi absoluto del mercado farmacéutico

La producción de medicamentos constituye uno de los componentes más importantes, más sólidos y más poderosos, con que cuentan en la actualidad las gigantescas corporaciones transnacionales, que luego de la reestructuración que hiciesen de su producción de plaguicidas, se autocalificarán como “industrias de las ciencias de la vida”, al pasar a controlar virtualmente todas las actividades esenciales para los seres humanos en todo nuestro planeta.

Así, Syngenta, Monsanto, Bayer y otras, poseen una concentración de intereses y un poder casi absoluto de áreas tan vitales, además del lucrativo mercado farmacéutico, que comprende a las semillas agrícolas, los productos veterinarios, los plaguicidas, la biotecnología y el transporte y distribución de alimentos. Esto explica en gran medida, muchas de las particularidades que hoy rodean y definen a una industria farmacéutica, mucho más identificada con conceptos como rentabilidad económica, acumulación de capital y beneficios, que en curar y salvar vidas humanas.

Su poder es de tal magnitud que imponen sus precios, discriminan en sus ventas, aplastan las producciones locales, sobornan políticos, médicos y autoridades de salud pública, en un negocio donde prevalece cada vez menos la ética y la salud y sí la codicia y el mercantilismo más rampante. De ese modo, lo que realmente le interesa a la gran industria farmacéutica, no es la producción de medicamentos para curar, sino, como bien afirmara el premio Nóbel de medicina de 1993, Richard J. Roberts, en entrevista en mayo del 2008 a la revista Autogestión, que el verdadero interés de éstas empresas por los fármacos es “sólo para cronificar dolencias con medicamentos cronificadores mucho más rentables que los que curan del todo y de una vez para siempre”. Más concretamente: clientes, pacientes y usuarios; pero nunca, ni lo suficientemente muertos ni lo suficientemente sanos.

Esta pronunciada y cínica orientación del negocio farmacéutico transnacional, se descubre en toda su amplitud cuando advertimos que la venta de drogas para mejoramiento estético, reducir peso corporal, dominar el stress o superar la impotencia, es decir, para gente esencialmente sana, representa una de sus principales preocupaciones investigativas y es la que les genera sus mayores ingresos.

Por ello no resulta exagerado conocer, que casi el 90% del presupuesto que estas poderosas industrias destinan a la investigación y desarrollo de nuevas drogas, persigue el interés de atender los problemas de salud de sólo el 10% de la población mundial. A esto se añade que otro elemento que exhibe el verdadero móvil del multimillonario negocio farmacéutico, lo encontramos en el impresionante gasto que realizan en sus renglones de comercialización y publicidad.

La salud, que junto a la educación y a la alimentación, constituyen derechos básicos de cualquier ser humano con total independencia de su nivel de ingreso, aparece, para felicidad y complacencia de la industria farmacéutica transnacional, considerada como una mercancía más en los tratados de libre comercio y en la OMC.

Allí se discuten e imponen normativas sobre propiedad intelectual y acceso a los medicamentos, que tienen un efecto dramático y devastador sobre la salud de millones de personas en el mundo y, principalmente sobre pacientes de países pobres con SIDA, Alzheimer, afecciones cardíacas, hipertensión y otras.

Las patentes sobre medicamentos, basados muchos de ellos en compuestos bioquímicos y conocimientos tradicionales recogidos o robados en las regiones tropicales y subtropicales, niegan toda la teoría económica liberal fundada en el libre comercio, al sustentarse irónicamente en el proteccionismo y los derechos monopólicos.

Este privilegio, que limita sensiblemente la competencia entre las empresas, ejerce una fuerte restricción sobre la fabricación y distribución de fármacos genéricos que son producidos por países como India, Brasil y Tailandia y que pueden costar hasta un 50 por ciento menos que los medicamentos patentados.

Los genéricos no solamente han demostrado ser más baratos y muy exitosos como equivalentes terapéuticos de los productos de marca, –la experiencia brasileña en el tratamiento del SIDA así lo confirma– sino que representan un ahorro considerable de divisas para los países pobres.

Nada tardaron en la Unión Europea para manipular la normativa aduanera y bajo el supuesto de sospechas de falsificaciones médicas protegidas por propiedad intelectual, obstaculizar hasta por seis meses en aeropuertos de Holanda y Alemania principalmente, el comercio de fármacos genéricos legítimos. De todos modos, incautar o retener remesas médicas legales por presiones de empresas farmacéuticas multimillonarias, es un acto no sólo criminal, sino absolutamente inmoral, y pone de manifiesto la estrecha colusión existente entre estos Estados y sus omnipotentes industrias farmacológicas.

Precisamente es este vínculo el que sirve para explicarnos las exageradas exigencias que aparecen en los capítulos de propiedad intelectual de los TLC y que en la mayoría de las ocasiones, rebasan todo lo previsto hasta ahora en las normativas y discusiones en la OMC. En esas tratativas y aprovechándose de la debilidad de los países con los que negocian, terminan por imponerles períodos superiores a los 20 años de vigencia para sus patentes; protección para sus datos de prueba de 5 a 10 años; descartar hasta el uso de la salvaguardia más importante que permite la OMC: las licencias obligatorias.

Estas pocas muestras del comportamiento de la industria farmacéutica, ponen de manifiesto que la lógica mercantil que impera en sus actividades, carece por completo de ética.

En ella es muy común la demora en reconocer los efectos secundarios de sus productos y retirarlos del mercado, aún a costa de la vida de las personas; abultar sus costos de investigación y desarrollo para justificar el precio de sus sustancias patentadas; lanzar versiones modificadas de productos existentes, sin que representen ningún adelanto químico significativo; y aprovecharse con mucha efectividad del considerable apoyo económico que les brindan generosamente los Estados altamente desarrollados.

En resumen, las transnacionales de los medicamentos están más ligadas a los intereses de Wall Street, que son a su vez los del avasallador mercado, que a las necesidades más apremiantes de toda la Humanidad.

27/03/2011
Fuente: PE/Ecupres
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