domingo, 21 de agosto de 2016

ANTOLOGÍA DE POESÍA AMOROSA

Esta entrega consta de dos artículos sobre el mismo tema publicados por el periodista José Carvajal en su blog personal, los días 15 de agosto de 2016 y 21 de agosto de 2016.

I - UNA ANTOLOGÍA RIDÍCULA PARA EL MUNDO

Por José Carvajal

Hay más de noventa poetas dominicanos clásicos y contemporáneos ridiculizados en la nueva “Antología de Poesía Amorosa” preparada por Angela Hernández y auspiciada por la empresa estatal Refinería Dominicana de Petróleo (Refidomsa).

La ridiculez queda sellada con la inclusión de una niña de 15 años de la que aparece un poema que escribió antes de los 12. Sin ánimo de desalentar el talento que pueda tener la menor, el hecho de que su nombre figure en una antología de dicha envergadura, de la que se espera lo mejor de la tradición de la poesía amorosa dominicana, pone en tela de juicio el criterio y la seriedad del proyecto.

Quizá debo destacar que en República Dominicana el nombre de Angela Hernández representa en estos momentos lo más relevante del parnaso, sobre todo después que se le otorgó el Premio Nacional de Literatura 2016. Ese galardón se concede en reconocimiento de toda una vida dedicada a la literatura.

Sin embargo, la “Antología de Poesía Amorosa” no deja de ser un fiasco avalado por intelectuales de renombre insular como Bruno Rosario Candelier, que es director de la Academia Dominicana de la Lengua; la escritora Jeannette Miller, galardonada también con el Premio Nacional de Literatura; y todos aquellos poetas vivos que decidieron participar en el proyecto que cuenta además con otro tomo dedicado a la “poesía social” y del que tal vez hable en otro momento. Los trabajos de poetas muertos habrían sido autorizados por herederos de sus legados literarios.

Cuando se ve esto desde la perspectiva del lector atento, uno se pregunta ¿cómo se explica que ocurran estas cosas? Y una posible respuesta sería que el escritor dominicano no ha aprendido a respetar la literatura nacional. Tampoco sabe valorar su propia obra ni la de sus contemporáneos. Eso, y otras cuestiones más profundas y no menos delicadas, podrían servir para explicar el porqué se publican adefesios como esta nueva “Antología de Poesía Amorosa”.

Como siempre, la impresión y la maquetación del libro son impecables, pero en este caso la intención no deja de ser cuestionable. Las palabras de presentación (incluyendo lo escrito supuestamente por el presidente del Consejo de Administración de la empresa estatal patrocinadora Refidomsa, Félix —Felucho— Jiménez; la “Salutación a una antología”, por Bruno Rosario Candelier; el prólogo a cargo de Jeannette Miller, y la introducción hecha por Ángela Hernández) aportan muy poco para poder entender el proceso de selección y al mismo tiempo evitar que surjan especulaciones sobre la verdadera finalidad de un proyecto en el que sin duda se invirtió mucho dinero.

A continuación, algunos de los nombres de los poetas clásicos y contemporáneos, fallecidos y vivos, que a mi juicio quedan profanados y burlados por estar incluidos en lo que podríamos llamar una “antología ridícula”: Félix María del Monte, Federico Henríquez y Carvajal, Salomé Ureña, César Nicolás Penson, Enrique Henríquez, Gastón Fernando Deligne, Arturo Pellerano Castro, Fabio Fiallo, Vigil Díaz, Federico Bermúdez, Osvaldo Bazil, Domingo Moreno Jimenes, Delia Weber, Zacarías Espinal, Tomás Hernández Franco, Manuel del Cabral, Franklin Mieses Burgos, Héctor Incháustegui Cabral, Pedro Mir, Rubén Suro, Aída Cartagena Portalatín, Carmen Natalia Martínez, Freddy Gatón Arce, Manuel Rueda, Antonio Fernández Spencer, Víctor Villegas, Juan Sánchez Lamouth, Abelardo Vicioso, Lupo Hernández Rueda, Luis Alfredo Torres y René del Risco Bermúdez.

También, Miguel Alfonseca, Jeannette Miller, Norberto James Rawlings, Mateo Morrison, Enriquillo Sánchez, Chiqui Vicioso, José Enrique García, Rei Berroa, José Rafael Lantigua, Alexis Gómez Rosa, Soledad Álvarez, Tony Raful, Radhamés Reyes Vásquez, Cayo Claudio Espinal, César Zapata, Pedro José Gris, Plinio Chahín, Tomás Castro, Dionisio de Jesús, Martha Rivera-Garrido, José Mármol, César Sánchez Beras, Ylonka Nacidit Perdomo y todos los restantes.

Lo que sigue ya no es solo silencio, sino una profunda perplejidad y mudez.

II - AMOROSO MUNDO DE LA POESÍA DOMINICANA

Por José Carvajal

En estos tiempos de pocas luces, una antología es un ejército de creadores dispuesto a defender el producto de su imaginación que aparece en esas páginas en las que cada cual marca su respectivo territorio. Por eso evaluar una antología, sobre todo poética, es entrar en terreno minado, y cualquier verso mal colocado, que por lo general son muchos, puede estallar y mutilar al explorador curioso que se embarca en la aventura de una lectura crítica.

Entonces, digamos que en la nueva “Antología de poesía amorosa” de República Dominicana, preparada por Ángela Hernández, los miembros del ejército que resucitan o respiran en sus páginas son más de noventa adultos y una menor de edad, mientras que yo soy el explorador curioso de la aventura.

En dicho territorio hay dos grandes entradas: la primera es el prólogo escrito por Jeannette Miller, y la segunda la introducción que hace la antóloga Ángela Hernández. De modo que antes de cruzar el umbral que lleva a las páginas minadas, donde yacen versos de poetas muertos y donde florecen otros de poetas vivos, se debe primero pasar por los portones.

En realidad, el prólogo de Miller me parece innecesario, además de incoherente y lleno de imprecisiones al querer hacer un “paneo sobre la poesía dominicana a partir del siglo XIX, tratando de informar sobre las corrientes imperantes en Europa y Latinoamérica, y los modos en que incidieron en nuestro país”. Por otro lado, y para beneficio del libro, observo que lo que hay de incoherente en el prólogo de Miller, lo salva la serenidad y el orden que exhiben las palabras introductorias de Ángela Hernández. A esas “Notas sobre selección y edición de la poesía amorosa dominicana”, yo no le cambiaría ni una coma, aunque siento que falta hondura en cuanto a características y estética, que ayude a comprender el porqué la selección es digna de ser antologizada; aun así, creo justo reconocer que el texto de Angela Hernández es claro, preciso, informativo y valorativo de lo que ella considera importante en las páginas que le siguen.

En el caso del prólogo de Jeannette Miller es casi todo lo contrario; parece un ensayo de historia literaria escrito con mucha dificultad. El “paneo” abre demasiado el lente a lo ajeno de la poesía y no logra conectar sus referencias históricas con el tema de la antología.

Si menciona la Revolución Industrial, la Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa, la Guerra Civil Española, la Guerra de la Restauración en la lucha por la independencia dominicana, la Intervención de 1916 en Santo Domingo, la tiranía de Trujillo, los gobiernos de Juan Bosch, de Joaquín Balaguer, del PRD, del PLD, y otros asuntos, lo que se espera es que explique cómo está todo eso relacionado directamente con la poesía amorosa de nuestro país, y cómo esos acontecimientos influyeron nuestro discurso poético del amor. En cierta forma, creo que el prólogo habla más de revueltas y guerras que del amor.

También se observan problemas de conceptualización y de corrección de estilo. Una revisión exhaustiva hubiera sopesado mejor, por ejemplo, el uso de la palabra "subyacencia", término proveniente del latín (subiacentem) y utilizado por técnicos y teóricos de la lengua, pero al parecer aun no figura en el Diccionario de la Real Academia Española.

La revisión también hubiera evitado la redundancia de llamar "latinoamericano" al Modernismo, ese movimiento que no puede ser de otro continente sino de América. Es el único movimiento genuino de "América morena" que creó escuela en España y revolucionó la forma de hacer poesía en nuestra lengua. Académicamente se atribuye su inicio al nicaragüense Rubén Darío, pero a juicio de Pedro Henríquez Ureña, los primeros vientos del Modernismo se remontan a 1882, cuando apareció el "Ismaelillo" del cubano José Martí. Fue el primer signo significativo "en el movimiento que ha de poner fin al romanticismo", observó PHU en un ensayo publicado en 1935 en el Boletín de la Universidad Nacional de La Plata (Argentina), e incluido en las obras completas del humanista dominicano editadas por Miguel D. Mena. Sin embargo, el alcance universal del Modernismo se concretó definitivamente de la mano de Darío y la aparición de su libro "Azul", en 1888, en Santiago de Chile. A grosso modo, PHU estableció que los caracteres distintivos del Modernismo eran: 1) Renovación del vocabulario; 2) Renovación de la sintaxis; 3) Renovación de la versificación; 4) Renovación de la prosa; 5) Renovación de las imágenes; 6) Renovación de los temas; y 7) Mayor cuidado en la forma y en el conocimiento de los temas que se tratan.

Estas observaciones son importantes porque de Miller se espera precisión y enseñanza, por haber sido distinguida con el Premio Nacional de Literatura 2007 (equiparable a un Nobel o un Cervantes en el ideario insular), en reconocimiento de toda una vida dedicada a la escritura; esa tarea de apariencia inútil que debe todo su desarrollo y esplendor a la clase ociosa, aunque productiva a su manera, estudiada por Thorstein Veblen.

Las notas de Ángela Hernández, por su contenido, toman el lugar de prólogo y convierten lo de Miller en una especie de relleno que no aporta mucho, por no decir que nada. En un lenguaje llano, sin enredos ni pretensiones de erudición, Ángela Hernández explica los propósitos de la antología: “[…] un conjunto que muestre el movimiento de la poesía en torno al amor y de las maneras de vivirlo conforme cambia la sociedad”.

Más adelante, la antóloga habla de proceso: “Al concluir la selección queda solo una parte de lo previsto al iniciarla. Cuentan mucho las cimas referenciales asentadas por determinadas obras”. […] “Una vez definidas esas pautas, aunque parezca raro, queda por demarcar la materia misma. Luce sencillo, pero no lo es tanto. Cuando se ahonda un poco en las aguas del amor, se hacen notar sus sinuosidades y meandros”.

Quizá sea importante apuntar que, según Ángela Hernández, los poetas incluidos en esta antología “operan con sus propias credenciales frente a la realidad” y “consiguen que el amor se luzca en sus metamorfosis y lenguajes”.

Intuyo que en sus respectivos papeles de compiladora y supervisión editorial, ni Angela Hernández ni Jeannette Miller sintieron la necesidad de nadar en aguas más profundas y probablemente infinitas, ya que el amor en la poesía es un tema universal y uno de los más antiguos de la humanidad; las fuentes van mucho más allá del libro bíblico “Cantar de los Cantares”. ¡Existe incluso la prehistoria del amor en Occidente! Octavio Paz escribió que se inicia en Alejandría y Roma. Y se podría pensar que toda ponderación o estudio de poesía amorosa debería mencionar a Platón, o a Homero, o a Ovidio; o al indispensable Quevedo («Este es el niño Amor, éste es su abismo»); o la fe más poética de los clásicos de América: sor Juana Inés de la Cruz («bella ilusión por quien alegre muero»); o al estremecedor de escenarios por los siglos de los siglos: Shakespeare («Ángel de amores que en medio de la noche te me apareces»). Y si queremos ir más profundo, ahí están Catulo («Vivamos, Lesbia mía, y amémonos»), Propercio («todo y todos están dispuestos a hacer daño a un amante ausente») o Teócrito («Ciertamente Eros y Afrodita se fueron lejos llevando su amor voluble»).

Nota al margen: en un artículo anterior califiqué de ridícula la “Antología de poesía amorosa” de Ángela Hernández, por incluir en sus páginas versos de una menor de edad, junto a poemas de clásicos y de contemporáneos de renombre de la literatura dominicana. En ese sentido, mi postura no ha cambiado. Hay muchas razones, preguntas y dudas, más periodísticas que literarias, que hacen injustificable la inclusión de la menor en una antología de pensamiento adulto. También existe el peligro de comprometer psicológicamente el futuro literario de una voz precoz, que si bien se espera que crezca, también puede apagarse en cualquier momento. El mundo de la literatura está lleno de ejemplos.

A sabiendas de que "no existe pecado original”—como diría el surrealista supremo André Bretón—, porque “toda tentación es divina”, es posible que en una próxima entrega me concentre en la selección de Ángela Hernández y las características que hacen que algunos de los poemas de su elección sean más amorosos que otros.

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