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sábado, 23 de abril de 2016

LOS APORTES DE UN DOCUMENTAL

Por Melvin Mañón

“Abril: Bodas de oro con la patria” es el título de un documental de 83 minutos de Gerardo Sepúlveda sobre la Guerra de Abril de 1965, el evento de mayor e inigualabde grandeza de toda la vida dominicana del siglo XX. Tan extraordinarios fueron esos meses, entre abril y septiembre de 1965, que ni siquiera el reinado de la desvergüenza ni la bochornosa resaca moral que vivimos han podido apagar el apetito de varias generaciones por conocer aquellos, ahora distantes, pero aun inovidables hechos.

Sin embargo, los méritos del documental no están en la regurosidad testimonial del relato, la cronología minuciosa y gráfica de los acontecimientos ni tampoco en la recreación del ambiente de la época y sus circunstancias. El verdadero mérito de “Abril: Bodas de oro con la patria”, reside en que salva el relato y la memoria histórica de aquella jornada de las miserias del sectarismo, la intolerancia y la maledicencia que han caracterizado, penosa y desgraciadamente, una buena parte de los testimonios públicos vertidos. El tratamiento ecuménico del tema convoca a una memoria unificada y coherente de un episodio histórico trascendental cuya grandeza sucumbre con frecuencia al relato zesgado, a la propuesta divisionista que no han cesado de quebrantar la voluntad de un pueblo de rescatar sus mejores valores. En nombre de la memoria histórica, el hecho histórico mismo ha sido masacrado. Para muchos, la Revolución de Abril fue aquella jornada donde participaron ellos y ningún otro de los demás, la exclusión de personajes y la difusión de lo inverosimil han empobrecido el relato de hechos que este documental viene a rescatar.

Cada año, he visto disminuir el número de los que acuden a conmemorar algunos de aquellos acontecimientos desde la clarinada del sábado 24 de abril hasta la trágica jornada del 19 de mayo cuando, en el asalto a Palacio cae un puñado de hombres de lo mejor que esta o cualquier otra patria podía ofrendar y termina aquel año en la heroica defensa en la batalla del Hotel Matum el 19 de diciembre del mismo año. Esta paradoja, la de un pueblo que no olvida esa jornada patriotica pero cuyos hijos no acuden a conmemorarla es producto principal, pero no único, de dos factores: uno es la disminuida capacidad de convocatoria de las personas y/o entidades que llaman a recordar estos hechos a causa de los numerosos enfrentamientos sectarios y el otro es el análisis y valoración deficiente de los hechos que se ha tratado de glorificar sin explicar con ponderación ni claridad.

Cuando viajé a Europa por primera vez en mi vida, en enero de 1967, la nacionalidad dominicana era admirada y reverenciada porque la gente en Madrid, París o Praga veía en cada dominicano un luchador antiimperialista, alguien que desde un país pequeño, atrasado y pobre había tenido el coraje de oponerse, enfrentar y resistir la invasión de 42 mil soldados de los EE. UU. negándole a esa potencia una victoria militar y forzándolo a una salida política negociada. Esos hechos que conmovieron a millones de personas en todo el mundo le dieron a los dominicanos el prestigio y dignidad que la dictadura nos había negado. Hemos dilapidado una gran parte de esa herencia, sin embargo, tan grande fue la epopeya que todavía hoy, 51 años después no se ha extinguido el respeto por aquellos hechos ni desaparecido el interés de otras generaciones por conocerlos. Ahí, justamente está el gran mérito de este documental.

“Abril, Bodas de oro con la patria” es un documental que no rehuye mostrar debates, debilidades y errores, pero lo hace de forma tal que el público puede, no solamente entenderlos sino asumirlos en su contexto con lo cual, los hombres que, como líderes, protagonizaron aquellos acontecimientos recuperan la condicion humana sin perder un ápice la estatura de heroes.

“Abril: Bodas de oro con la patria” es un documental que mostrado en las escuelas, difundido en eventos y usado en las conmemoraciones anuales es capaz de inspirar a una nueva generación de dominicanos a seguir aquel ejemplo, rescatar la dignidad perdida, el honor olvidado para que la patria vandalizada y humillada pueda, de la mano de nuevos heroes, con inteligencia, vergüenza y coraje transitar de la ignominia hacia la luz.

DOCUMENTAL "ABRIL: BODAS DE ORO CON LA PATRIA"


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martes, 12 de abril de 2016

¿POR QUÉ AGUANTAMOS TANTO?

Por Melvin Mañón

La gente está convencida de que aprovechar el sistema, dejar las cosas como están, adaptarse, es más rentable, provechoso y sabio que enfrentar lo mal hecho. No se trata, como piensan muchos y yo mismo cuando estoy enojado, de que somos cobardes, inútiles, estúpidos y viles aunque, ciertamente, parte de todo eso está presente en la actual conducta de los dominicanos.

Cuando fracasó la Revolución de Abril de 1965 y pocos años después mientras se desmoronaban las esperanzas y posibilidades de las fuerzas revolucionarias la gente llegó a la conclusión –cierta por lo demás- de que no había un futuro revolucionario y progresista a la vista en la República Dominicana. Por lo tanto, lo mejor y más inteligente que se podía hacer era sumarse a la corriente, bailar la música que tocaba el sistema, dedicarse a progresar, atender lo suyo y cada cual cuajar su proyecto de vida ya que, según se entendía, no valía la pena luchar por algo que no tenía futuro; ninguna revolución ni nada por el estilo. La actitud derivada de asumir esta creencia no carecía de lógica. Si una sociedad entiende, en sentido general, que no hay cambio revolucionario a la vista, entonces y como consecuencia, cada cual busca como acomodarse a la situación existente y eso es exactamente lo que hicieron los dominicanos.

Cuando el campo socialista liderado por la Unión Soviética se vino abajo entre 1989-1992, arrastró consigo lo poco que quedaba de aquella ilusión. La creencia de que no había revolución a la vista, en ninguna parte, produjo entonces la aceptación práctica necesaria y la adaptación mental imprescindible para vivir en el país cada cual dedicándose a sus asuntos. Ya no se trataba del fracaso local de la Revolución sino de que, en todo el mundo no había ni habría revolución, de que todo había sido una grande y terrible equivocación, de que se había perdido el tiempo luchando por una ilusión imposible y que, en todo caso, más valía a cada cual, aprovechar el tiempo y dejarse de pendejadas.

La situación anteriormente descrita tuvo lugar en un contexto de crecimiento y expansión económica internacional y también local. Las corporaciones se adueñaban del mundo, las clases medias se entregaban al consumo y los estudiantes, de antiguos abanderados de las luchas populares, se transformaban en una fuerza políticamente conservadora empeñada solamente en ganarse un título como pasaporte al avance social y a la prosperidad económica. Pero las corporaciones, no solamente se adueñaban del mundo económico sino que también derribaban las barreras culturales y legales que antes les habían impedido adueñarse del sistema político de cada país. A medida que las corporaciones, cada vez más agresivamente, extendían su control más allá del ámbito económico, una nueva cultura y una nueva práctica se expandió como peste: la corrupción.

La competencia entre las corporaciones era rápida, global, despiadada. Lo que no hacía hoy la corporación X, lo haría mañana su competidor Y. Para estar en la delantera había que estar dispuestos a todo y ellos lo estaban y ese todo implicaba la absoluta falta de escrúpulos porque, lo único a lo que tenía que temerle una corporación era al fracaso. Todo lo demás era manejable. Entonces, fueron las corporaciones las que destruyeron las instituciones allí donde ya existían o se apropiaron de la cultura existente y la corrupción, que siempre había existido, pero en niveles marginales o complementarios, se convirtió en corrupción global y esa corrupción global que empezó de las corporaciones hacia el sistema político se instaló en todas partes con un éxito extraordinario porque, no solamente no había socialismo ni revolución a la cual temer sino que tampoco había sanciones legales que esperar ya que el sistema que podía aplicarlas, había sido también secuestrado.

La gran corrupción corporativa ya aliada con las élites locales de cada país dio a su vez paso a otros dos fenómenos. Uno fue la creación de una nueva elite distinta de las oligarquías tradicionales que derivaba su riqueza y su poder del manejo político y del usufructo a gran escala del Estado demostrando que la corrupción, una vez instalada, despierta el apetito de todas las partes y se extiende como epidemia. Al final, vía la corrupción, las corporaciones se adueñaron del sistema político. El segundo fenómeno, más terrible aún, fue el ejemplo dado por esas elites que se trasmitió a toda la sociedad y sus estamentos y cada cual, a su escala, en su lugar, desde su posición entendió que no podía ser estúpido ni pendejo y que debía hacer lo propio. Eso es lo que nos ha traído la corrupción de porteros, guardianes, recepcionistas, secretarias, contables, enfermeros, empleados de todo tipo en todo lugar.

Esa corrupción que nos arropa por todas partes aunque dañina y perjudicial para todos incluyendo los del último grupo es, sin embargo, una conducta racional y la gente se comporta de esta manera porque ha hecho su propio cálculo. No van a enfrentar un sistema mientras creen que les beneficia o creen que se pueden lucrar de él. No van a enfrentar un sistema y asumir riesgos de perder lo poco o mucho que tienen mientras crean que sea cual sea el que suba, hará lo mismo y que se puede cometer cualquier ilegalidad sin asumir un alto riesgo de ser sancionado.

La corrupción es ya endémica, un sistema que se alimenta a sí mismo y que perdura a la escala actual porque el endeudamiento externo y el narcotráfico lo financian. Elementos complementarios de esa corrupción generalizada son la sexualidad, el consumo y el crédito. Son las dos fuerzas que empujan incesantemente a la gente a romper barreras de moralidad o legalidad mientras el crédito lo hace posible.

Todo lo que vemos en la escena política, la falta de valores, el transfuguismo, la falta de ideas, la compra y venta pura y simple de acciones políticas, la estupidez y el envilecimiento son efectos colaterales o secundarios. ¿Por qué aguantamos tanto? Ya somos un sistema estable que se retroalimenta. Necesitamos que se interrumpa la fuente de financiamiento que hace posible tanta corrupción pero eso no depende de ninguno de nosotros. Necesitamos que una catástrofe nos golpee de tal modo y con tal fuerza que rompa el equilibrio y nos obligue a pelear por la justicia pero eso tampoco depende de nosotros. Como quiera, por si acaso estoy equivocado o porque no sabría hacer otra cosa, hay que seguir luchando y con lo que sucederá -a no dudarlo- el 15 de mayo, con mayor razón.
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