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lunes, 29 de julio de 2013

Derrotado es quien deja de luchar

Por Hamlet Hermann

Pepe Mujica en el 60 aniversario del asalto al cuartel Moncada

Muchas cosas quise decir. Pero José Mujica Cordano, presidente de Uruguay, se me adelantó. Aquí sus palabras durante la conmemoración del 60° aniversario del asalto al cuartel Moncada de Santiago de Cuba.

El Pepe dijo:

“Permítanme porque el alma de un veterano está llena de recuerdos. Han pasado muchas décadas, han sido porfiadas décadas de lucha por la dignidad del pueblo cubano y, con su suerte, la de muchos luchadores, algunos de los cuales ni los nombres recordamos, que quedaron en los socavones, en los dolores de América, en las selvas y sus montañas. Porque los cambios sociales no tienen un laboratorio donde se pueda experimentar en frío.

“Los cambios sociales son la experimentación directa en la lucha de los pueblos, y los hombres y las mujeres caminamos intentando encontrar caminos y recreando y aprendiendo de nosotros mismos, el camino, del dolor, de los fracasos, de volverse a levantar, de mil veces empezar de nuevo porque, sencillamente, los cambios sociales no están a la vuelta de la esquina, no están al alcance de la mano, en lo inmediato son una larga construcción colectiva de esfuerzo, de trabajo, de errores, de aciertos, de compromisos, de sacrificios. Siempre ha sido así, lo imposible parece que cuesta un poco más, por eso, en el fondo, no hay derrota, solo sufren la derrota aquellos que dejan de luchar.

“Entonces, esta Revolución que fundamentalmente ha sido la Revolución de la dignidad, de la autoestima para los latinoamericanos, nos sembró de sueños, nos llenamos de Quijotes.

“Seguramente que soñamos que en 15 o 20 años era posible crear una sociedad totalmente distinta y chocamos con la historia; los cambios materiales son más fáciles que los cambios culturales. Los cambios culturales son, en definitiva, el verdadero cemento de la historia y son una siembra muy lenta de generación en generación.

“Los antepasados nos han enseñado el valor que tiene la vergüenza y la dignidad, el ser nosotros, estamos asomando a una civilización mundial digital, colectivizada, de dimensiones inconmensurables y hemos aprendido una cosa, y la estamos viviendo en nuestra América Latina: solo es posible el mundo si respeta lo diverso; solo es posible el mundo y el porvenir si nos acostumbramos a entender que el mundo es diversidad y es respeto, dignidad y tolerancia, y que nadie tiene el derecho, por ser grande y fuerte, a aplastar a los pequeños y a los débiles; lección de oro de estos 60 años de Revolución. El mundo rico tendrá que entender que, por su propia tranquilidad, porque la vida humana es corta, demasiado corta y no hay derecho a sacrificar la vida humana de los que están vivos, porque estar vivo es casi un milagro y hay que respetar la vida.

“Entonces, nos juntamos como en este templo, donde seguramente los muchachos que atacaban soñaban que era más sencillo y más fácil, seguramente, y si en el mundo no hubiera habido soñadores todavía andaríamos con un taparrabos caminando por las selvas.

“Solamente el mundo cambia y se mueve porque hay gente comprometida y capaz de soñar, como los sueños de aquellos cubanos. “Oleadas de juventud movimos por toda nuestra América. Hoy somos viejos, arrugados, canosos, llenos de reumatismos y llenos de nostalgias y de recuerdos, y nos reímos de nosotros mismos, las chambonadas que hemos cometido; pero chambonadas sin precio, por una causa, por el sueño de una humanidad, de una igualdad básica, con garantías básicas, con sueños básicos, porque estamos convencidos de que el hombre tiene capacidad para construir un mundo mejor, tiene los recursos de poder construir un mundo mejor, y custodiar y defender la vida.

“La Revolución hoy, la palabra Revolución adquiere una dimensión de carácter universal cuando el mundo se globaliza y es, precisamente, la idea de que es posible y es una necesidad histórica, para mantener y sostener la vida, luchar por crear un mundo mejor, de respeto, de igualdad básica, de no temer que lo aplasten, sin portaaviones, sin aviones que tienen un brazo largo, casi sin gente, y un mundo donde es posible que el hombre salga de la prehistoria, y saldrá de la prehistoria el día que los cuarteles sean escuelas y universidades”.

Tomado de hoy.com.do
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martes, 11 de junio de 2013

LECCIONES DE HUMILDAD DESDE EL PODER

PEPE MUJICA Y EL PAPA FRANCISCO
Por Manuel Mora Serrano


Hay dos personajes que copan titulares en el cono sur de América. No lo hacen por su elegancia o su apostura, que de eso nada. Lo hacen, parece mentira, a pesar de que uno venga de Buenos Aires y el otro del vecindario del río de la Plata.

Y ocupan actualmente posiciones de alto prestigio, uno mundial y el otro nacional de su país. Frente a ellos podríamos resucitar a Federico Bermúdez para que les dijera: "vosotros, los humildes, los del montón salidos" o lo que otro nacido a las veras del Higuamo dijera unos cincuenta años después: "además son muchos los humildes" y me refiero a Freddy Gatón Arce.

Uno, Jorge Mario Bergoglio el actual papa Francisco, cuyo apodo pudiera ser Paco, y el otro, José Alberto Mujica, mejor conocido como Pepe, antiguo tupamaro. El primero un Papa sin mitra, sin anillo de oro, sin cruz dorada en el pecho, viviendo fuera del palacio del Vaticano en una modesta pensión, y el otro en su chacra fuera del radio urbano de Montevideo, en la misma vivienda donde regresaba luego de sus estadías en la cárcel por sus ideas a favor de los humildes, junto a su esposa que es senadora, con una huerta donde cosechan verduras frescas, mientras cocinan y hacen todas las labores domésticas, porque no tienen servidumbre.

Pepe dijo que no iba a Roma cuando la ceremonia de 'habemus papam' porque era ateo pero envió a su mujer que es creyente. Pero ateo y todo, fue a Roma y se abrazaron y se llamaron vecinos. Pero más que vecinos debieron llamarse hermanos, porque al fin y al cabo, Pepe es como es, sin ceremonias ni corbatas por ser socialista y odiar las ceremonias y el boato, de seguro admirador de Jesús como persona, porque al fin y al cabo era un socialista que amaba a los humildes y odiaba todo lo que él detesta.

Y qué decir de ese Cardenal que andaba en colectivos y en trenes por las calles de Buenos Aires, a quien también le gusta cocinar.

De pronto como vivimos y uno acepta las cosas que ocurren en el tiempo que vive sin asombrarse ni pensar en las proyecciones históricas de ciertos personajes, ese hecho del ateo confeso que es recibido y abrazado como un igual por un hombre que profesa profundamente la fe cristiana, no es un acontecimiento baladí, es toda una lección moral, política, ética y diría que estética, porque ambos son jefes de Estado, pero también muy humildes y sinceros, sin poses, sin alaracos ceremoniales, que al final rompieron como dos compadres el protocolo y hablaron de las cosas que deben hablar los seres humanos: de la gente y de sus pueblos.

Hoy lo vemos con tanta naturalidad que nos parece que siempre hubiera sido así. Que un Papa fuera un hombre de carne y hueso que se juntara con todos en el entorno y que dijera misa cada día con las gentes que le sirven; gentes que se asombran, como el soldado suizo cuando le preguntó si tenía hambre y si estaba cansado, que fue y le buscó un sándwich hecho por él y le dijo que se sentara y como eso era romper el protocolo, tuvo que caracterizarse y decirle que el jefe era que se lo ordenaba, la única vez quizás que lo haya dicho.

En cuanto a Pepe Mujica airosamente sin la corbata, aditamento que debe odiar como odiará todo aparataje burgués o aristocrático, también se abrazó en el Palacio Real con el Rey de España que salió a recibirlo y rompieron el protocolo, y luego disfrutando en las tierras de sus antepasados vascos, en Muxica, donde fue detrás de sus raíces porque su abuelo nunca habló de la familia. O cuando llegó a Galicia y agradeció lo que la numerosa colonia gallega ha hecho en Uruguay.

Durante estos últimos tiempos he seguido en la prensa uruguaya, española, y argentina, gracias a la Web, las ocurrencias de este par de ejemplares del museo de la humildad humana que asumen el poder con el solo objetivo de unir y no de destruir. Ajenos al qué dirán, siendo ellos, auténticos, humanos, pero sobre todo, humildes.

Cuántos Franciscos y cuántos Pepes se necesitarán en la historia de la humanidad para revertir los malos ejemplos de boato y corrupción, recordando que si bien uno es el mayor creyente y el otro quizás el mayor ateo, en el medio está aquel socialista hijo del carpintero de Nazaret, que de un modo o de otro, los une en esos rasgos de humildad con los que enseñan nuevos caminos para los que se creen poderosos y olvidan que tanto al templo como al poder temporal político, se va a servir y no a ser servidos. Amén.
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