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sábado, 18 de mayo de 2013

MUERTE DE FERNÁNDEZ DOMÍNGUEZ

EL 19 DE MAYO DE 1965 ¡CAYÓ UNA ESTRELLA!
Por Félix Jacinto Bretón

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“Son días recios los de mayo de 1965. Días sin descanso en los que la muerte está en la calle y se recogen cadáveres en cualquier parte de la ciudad, ensordecida por disparos de fusilería”.

“Los militares constitucionalistas, sobre quienes recaía la mayor responsabilidad de defender la soberanía vulnerada, se trasladan sin cesar de un sitio a otro, respondiendo con plomo la metralla que arrojaban los invasores”.

“El 19 de ese mes, en horas de la mañana, el coronel Caamaño (Francis) me informa que quiere sostener un intercambio de impresiones con Héctor Aristy y conmigo, en la tarde de ese día; visito algunos despachos del edificio Copello, asiento de la Presidencia y cuartel general del constitucionalismo en combate”.

“Busco al mayor Núñez Nogueras y encamino mis pasos a su oficina. El no está y al que encuentro limpiando su fusil es a Fernández Domínguez. Mientras examina y limpia su arma, intento iniciar un dialogo con él, pero su mutismo no me permite ir lejos”.

“Recuerdo haberle preguntado si estaba preparando su fusil para responderle al enemigo; sonrió y me contestó con un monosílabo cuya vaguedad no pude captar en ese instante. Los hechos de esa tarde revelaron que su actitud obedecía a motivos justificados”.

Este relato lo hace el doctor Jottin Cury, quien era ministro de Relaciones Exteriores del gobierno constitucionalista, y lo recoge el libro “Coronel Rafael Fernández Domínguez, soldado del pueblo y militar de la libertad”, de la querida y admirada Doña Arlette Fernández, a quien califico como "mujer de hierro".

He querido recordar estos párrafos a propósito de que justamente mañana domingo estaremos a 19 de mayo y, por lo tanto, se cumplirán 48 años de la ocurrencia de estos hechos donde cayó -“en brazos de la patria”- el insigne coronel Fernández Domínguez junto a Juan Miguel Román, Ilio Capocci y otros destacados combatientes revolucionarios.

Esta fecha no puede ser dejada nunca que “pase por alto” ya que -un día como ese- “cien millones de lágrimas le brotaron a la luna” pues nos arrancaban, claro físicamente nada más, al que había sido hasta esos momentos uno de los militares más preclaro, consagrado, patriota, democrático, honesto y respetuoso que recuerde la historia dominicana.

En pleno fragor de la lucha y con 42 mil soldados de “gringolandia” mancillando nuestro suelo, el plan del 19 de mayo era asaltar el Palacio Nacional que era, y sigue siendo, símbolo del poder político en el país. Con ello se daría un golpe de efecto a lo interno y el hecho repercutiría ampliamente por todo el mundo.

Dada su connotación, se estima que esta operación militar fue una de las más controversiales de toda la guerra del 65, según recoge Doña Arlette en su libro, que contiene detalles inéditos de la revolución y del coronel Fernández Domínguez.

El capitán de Navío Manuel Ramón Montes Arache, quien se cubrió de gloria por dirigir los famosos “hombres ranas” durante la guerra, cuenta: Yo tengo la certeza de que a Rafael Tomás lo mató un francotirador norteamericano que estaba apostado en la tercera planta de un edificio de la 30 de Marzo, donde había una avanzada del ejército de ocupación.

Y agrega Montes Arache: Fue a mansalva que lo acribillaron porque estaba de espaldas. No lo mataron balas dominicanas. Para poder alcanzarlo desde el Palacio, habían tenido que tirarle con una bazuca.

El 19 de mayo del 1965 cayó una estrella.(Continuará) ¡Seguimos en combate!
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viernes, 25 de noviembre de 2011

¡El coronel Rafael al Panteón Nacional!

Tony Raful

Los héroes no tienen votos. En su martirologio no alcanzan el tiempo presente, pero un día el tiempo presente será tiempo pasado, irremediable, y entonces, de la cosecha del pasado histórico, saldrán a relucir los valores, los gestos audaces, el sentido del deber, la pasión por la libertad. Y los que solamente buscaron votos y cámaras, los que colapsaron y se rindieron al presente escuálido, los que decidieron vivir sus vidas pequeñas y las despojaron de soles y luciérnagas, naufragarán en su olvido y sumisión exitosa. Los mártires no suman votos pero suman valores, relámpagos que hermosean la vida, llamadas puntuales a la dignidad de una nación, al momento estelar, donde los dioses de la historia piden el sacrificio de sus mejores hijos. En un recodo del camino hay un coronel que espera, no tiene prisa, asumió las dimensiones sociales y humanas de su época, y lo dejó todo por servir, por ser consecuente, por no ser indigno de sus compañeros oficiales, a quienes él convocó a la lucha por la constitucionalidad, y luego les reclamó la defensa de la soberanía nacional.

Estuvo inquieto cuando las hordas deshonrosas de los cuerpos castrenses, irrumpieron la madrugada del 25 de septiembre de 1963 en el Palacio Nacional, para deponer al mandatario democrático y de conducta progresista, quien había sido elegido por el voto de las mayorías nacionales en las primeras elecciones libres celebradas después del ajusticiamiento del tirano. Solamente el profesor Juan Bosch pudo detenerlo, cuando se aprestaba a liberarlo y enfrentarse a los golpistas.

Hubiese sido, quizás, una inmolación, pero un gesto como ese, hubiese roto la unidad militar e iniciada la resistencia popular hacia la reposición constitucional. Estuvo al punto de tomar por asalto el Palacio esa madrugada.

Menos de dos años después lo intentó decididamente, para limpiar de escorias sus fortificaciones y darle al Gobierno constitucionalista en armas, la posibilidad de negociar en mejores condiciones la “fórmula Guzmán”. Cayó combatiendo sobre el asfalto de la calle 30 de marzo, llegó a disparar tres cargadores de su fusil, avanzando, desoyendo la voz de mando del coronel Manuel Montes Arache, quien herido por los efectos de una granada en uno de sus brazos, lo instaba a retroceder. ¿Y desde cuándo los héroes nimbados por la luz de la historia, retroceden? ¿Volver acaso al edificio Copello, sede del gobierno en armas, con la frente cabizbaja, aceptando el revés, dándole la razón a quienes desconfiaron de la acción militar? Avanzando, saltando sobre las balas asesinas del invasor y tomando el espacio lateral del garaje de los tanques, se podía y se pudo apoderar del Palacio aquella tarde inolvidable. ¿Es que todavía se ignora que los efectivos de la brigada del “Clan de San Cristóbal”, apertrechados en los entornos, abandonó sus posiciones, incluso una poderosa arma calibre 50 que daba a los patios de las casas vecinas (entre ellas la del doctor Marcelino Vélez Santana, conjurado del 30 de mayo), silenciada por los disparos del coronel y los jóvenes del 14 de junio que lo acompañaban? Fue la barrera de fuego del ejército interventor la que salvó a los ocupantes del Palacio. Pero el coronel, luego de salir a la calle, desde los callejones vecinos, no retrocedió.

No se puede juzgar su actitud al margen de su ejemplo, de su legado, de su honor. Su valentía y coraje, aquella tarde, trazaron una línea de diferenciación ética, que todavía no cruzan los traidores, los desertores, los colaboracionistas. “La fórmula Guzmán o McGeorge Bundy”, estuvo al punto de concretarse.

El coronel fue enviado por el presidente Bosch para oficializar delante del otro héroe, el gran Francis Caamaño, las propuestas aprobadas con la comisión de liberales norteamericanos y puertorriqueños, un gobierno de transición democrática, que el presidente Johnson había aceptado para, como dijera el gobernador Muñoz Marín, “sacar las patas de Santo Domingo”. Bosch tuvo que emplearse a fondo para convencer al coronel que viajara en un avión norteamericano de la Cruz Roja. Esta fórmula ideada por el secretario Mc Bundy, uno de los asistentes especiales del presidente Johnson, llevaba como Presidente a don Antonio Guzmán, considerado hombre de Bosch.

Aunque hubo intentos posteriores a finales del mes de mayo, esta fórmula cayó destrozada junto al cuerpo del coronel la tarde del 19 de mayo de 1965. El hecho de que el coronel muriera atacado por las tropas interventoras provocó una ruptura de las negociaciones, incluso por varios días hubo una suspensión de los contactos con Puerto Rico y con Bosch. Nada pudo ser igual después de su muerte.

El coronel dio un salto hacia la gloria, nos enseñó con la cuota de su propia sangre, lo que significa el valor y el patriotismo. No lo queríamos muerto sino vivo, junto a Caamaño y el pueblo. Pero ahora lo tenemos iluminando la patria entera, sirviendo de arquetipo a los jóvenes oficiales de nuestras fuerzas armadas. Ahora lo llevaremos al Panteón Nacional, junto a Arlette y sus hijos y sus nietos, ahora que hay mucho ruido, iremos en silencio llevando una gigantesca bandera nacional tricolor. Que no nos confundan. Vamos como Patria.

Vamos emocionados a llevar los restos de Rafael Tomás Fernández Domínguez, como se lleva un sueño hermoso, una prenda preciosa, polvo enamorado, soldado invencible, cuyas ideas tremolan sobre el altar más alto de la Patria dominicana.
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