viernes, 3 de junio de 2011

Cincuenta años después

Por Marcio Veloz Maggiolo

Cincuenta años después los herederos defienden como obra necesaria del abuelo la sangre del pueblo vertida desde antes de llegar al poder por él, considerándola como parte de un drama imaginario escrito por la oposición para denigrar al Generalísimo.

La destacable criminal historia de Trujillo comienza por Martínez Reyna, muerto en su casa junto a su esposa por sicarios militares que cumplieron sus órdenes. Continúa con el descabezamiento del opositor general Desiderio Arias, frente al que el candidato presidencial tembló a ojos vistas de los presentes. Dos figuras cimeras cuya muerte no se produjo por un ataque de gripe, sino por un ataque de odio saturado por el miedo al prestigio de los opositores. Balaguer, en aquel discurso de despedida frente al féretro del dictador, señaló que Trujillo alguna vez le dijo “yo pienso mucho en los muertos” sin apuntar a qué muertos se refería su jefe, si a los opositores a sus gobiernos, o a los de las insignificantes esquelas mortuorias producto de las decisiones de segundo rango llevadas a cabo por sus seguidores, en las que revisaba los decesos para comprobar si sus mandatos se cumplían. Antes de llegar al poder el Generalísimo selló su historia de crímenes con otras “muertes continuistas”, como la del capitán Eugenio de Marchena, muertes que el apoyo norteamericano silenció cuando un riñón de Horacio Vásquez se negó a seguir funcionando y muchos de los seguidores de la “Virgen de Altagracia con chiva” como le llamaban sus seguidores por considerarlo bueno y capaz de entrar en el santoral, decidieron pasarse al otro bando.

El continuismo de la muerte anunciada se fue convirtiendo en modelo de gobierno que asesina como forma de acallar y silenciar las verdades de una oposición valiente que jamás creyó que la mano del poder omnímodo los alcanzaría. Cayó Mauricio Báez en las calles de La Habana, cayó el temeroso José Almoina en las calles de México, cayó el novelista Requena en un Nueva York donde el terror no respetaba la temperatura polar. Cayó, raptado, el antiguo consejero de Trujillo y entonces agente del FBI, Jesús de Galíndez, autor locuaz del libro La Era de Trujillo. Todos menos Báez habían sido trujillistas transformados en “desafectos”.

La mano del Generalísimo no tenía guantes. Preguntad si no, a los seguidores del Presidente Castillo Armas J. Abbes, el esbirro mayor, soñaba con darle a Trujillo fuerzas represivas capaces de poner a Centroamérica a los pies del sátrapa. Por las ondas de La Voz Dominicana, los mensajes de muerte fueron comunes. Sin guantes, pero con la anuencia cuatrera y gozosa de su hermano Petán, el Generalísimo anunciaba descaradamente, en comedia filamentosa, las muertes que se producirían en su camino hacia el dominio centroamericano.

Los nietos y bisnietos no han leído ni aceptado que el Generalísimo fue un Satanás con ansias infernales. Daba besitos y amaba a los suyos por el instinto filial que vivía en sus adentros, animal instinto que muchos poseemos, mientras que a la sombra del silbo abría nuevas cárceles de tortura, como aquellas que inaugurara en Nigua, donde las primeras hornadas de opositores recibieran el convincente e infernal “aliento político” que Trujillo ofreciera a muchos de los que decidieron pasarse a su bando luego del terror con el que el régimen amenazó a sus familias.

Los nietos y bisnietos del ilustre caballero sancristobalense no están interesados en ir al Museo de la Resistencia para ver con sus propios ojos la verdad de la “Era”.

Ellos tienen ya conformada su propia verdad, han vivido en la verdad millonaria que su progenitor creó a base de explotar el país y siguen empantanados en las memorias vicarias de sus familiares, en la insensible memoria de los que han resurgido como abogados que pronostican un trujillismo inaudito y necesario.

Estamos frente a una conflagración contra la memoria histórica. Ellos pueden defenderse porque gozan del espacio democrático que Trujillo nos negó a todos. Pueden considerar errores sin importancia no sólo las cárceles de tortura para masacrar los enemigos del “pundonoroso abuelo” que según demostró Vega ya en sus años de guardia gringo fue encausado por violar mujeres dentro de una iglesia.

Pueden considerar errores sin importancia los fusilamientos de los grupos armados heroicos donde el comandante Gómez Ochoa, criticado acremente por María de los Ángeles del Corazón de Jesús Trujillo Martínez, en resumen Angelita, fue un héroe mayor obligado a ver el fusilamiento de los enemigos del régimen apresados en las montañas de Quisqueya, y a quien Angelita, quiere hacer pasar, con vieja fórmula anticomunista erosionada y oxidada, como un ángel maligno. ¡Comadante Gómez Ochoa, te agradecemos el amor martiano que dejaste en la historia dominicana con tu acción!

Vivíamos en zozobra, mientras la ingenua Angelita regañaba a su padre por las conductas eróticas, (¡qué risible muestra de pundonor y ternura!) y él afirmaba que era incapaz de abofetearla por su audacia, mientras en las cárceles dominicanas se abofeteaba con descargas eléctricas en “salvas sean las partes” a los opositores que naufragaban en el intento de hacer un país más libre de crápulas.

El modelo democrático que nos gastamos ha permitido que Angelita Trujillo pueda tener páginas completas para decir “lo suyo”. Yo tenía un amigo escritor que me señalaba: la debilidad de la democracia es que siempre te da una segunda oportunidad.

Los nietos y bisnietos estarán gozando con las palabras de Angelita, la que parece haber nacido en un país desconocido, en donde ella es algo así como la bella durmiente del bosque, un país sacado de las páginas de alguna novela encantada de autor anónimo que ella a su vez reproduce a su manera con desparpajo de hada madrina ferial, burlándose de la memoria histórica de los dominicanos ahora casi obligados a ver crudamente y sin análisis las mismas fotos del trujillismo y de las vidas de la época, almibaradas con pies descriptivos que hablan con textos melífluos de los valores del Jefe. Frases sazonadas a veces con piropos untados del “lambonismo” soñoliento de los que intentan presentar como normal la vida anormal que en aquellos momentos avasallara nuestra historia.
Ya, con la supuesta inauguración de un museo de los éxitos del Benefactor, un nieto de Trujillo, con nombre de Ramfis, olvida como su tío masacró a los invasores de junio, y ordenó a sus cadetes que dispararan para mancharlos con la culpa. Nuestro compañero Guerrero Pou, salido de la escuela Normal para hacerse cadete de la Fuerza Aérea Dominicana, lo narra en un libro conmovedor y valiente, que todos los jóvenes deberían leer: Yo maté a su hijo.

Ramfis, ese bárbaro bonitillo, incapaz de concluir por sí mismo el bachillerato, hizo lo mismo con los prisioneros que heroicamente participaron en el derrumbe de la dictadura. La insania lo llevó a violar la ley, haciéndolos trasladar, frente a toda negativa legal, a la Hacienda María, donde los testigos señalan cómo desde un alto promontorio creado para el asesinato a manera de un teatro con escenografía mortal, las balas de él y sus amigos llovieron sobre los cuerpos indefensos de los prisioneros. La pregunta al sobrino es la de si él sería capaz de hacer lo mismo.

Lo cierto es que se desea suplantar la memoria, y hay que tener cuidado con ello. Se incita ingenua o intencionalmente, con el permanente tema de Trujillo, a cierta clase social a defender la memoria podrida del régimen, pero en la incitación aflora la ignorancia política de los que creen que las imágenes son mejores que la realidad vivida; y que la era de Trujillo fue tan gloriosa como la que cantaba la danza del maestro Luis Pérez, y que a Angelita Primera solo le faltaba que comprando un país barato, de los que aparecen en los clasificados, su padre la llevara al trono que merecía como hija de Ramsés III, con una barcaza alumbrada por la luna de un Nilo de hojalata y papiros, y cuarenta remeros haciendo el suave movimiento que el esclavo, egipcio o dominicano, convertiría en motor de una historia aberrante.

Pues bien, nuestro problema no es convencer a la familia Trujillo de que su padre, abuelo o bisabuelo fue un gañán con poderes y acciones del todo criminales, y de que convencidos de que eran dueños del país todos o casi todos los familiares, nos dieron un trato de seres inferiores cuando los inferiores eran ellos.

Nuestro problema es educar con honestidad a los dominicanos de hoy y mostrarles en todas las tribunas, aulas y templos, las entrañas de aquella realidad sangrienta que estaremos siempre dispuestos a rechazar y que fue calificada como La Era de Trujillo.

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