sábado, 14 de mayo de 2011

Lo que se dice en Cuba de la muerte de Bin Laden

Por Jesús Arboleya Cervera

Que yo sepa, nadie en Cuba ha llorado la anunciada muerte de Osama bin Laden. Sus conexiones históricas con la CIA y los sectores más retrógrados del mundo árabe, el fundamentalismo de sus posiciones ideológicas y sus vínculos con el terrorismo internacional, lo hicieron siempre un tipo bastante antipático para los cubanos.

Como en muchas partes, más que conmoción, pena o alegría, la noticia de su asesinato despertó en Cuba recelos y preocupaciones. Los medios de comunicación nacionales han difundido las incongruencias de las versiones norteamericanas al respecto, así como declaraciones de personalidades extranjeras que cuestionaban la veracidad de este acontecimiento, alimentando una suspicacia de larga data en la sociedad cubana, respecto al sujeto y la manipulación de que ha sido objeto por parte de la propaganda estadounidense.

Ha sido tantas las veces bin Laden ha muerto o resucitado para servir como excusa a los excesos de la “guerra contra el terrorismo” o con el fin de influir en las contiendas electorales norteamericanas, que resulta natural que muchas personas recelen de la certeza de los hechos que relatan su muerte e incluso duden que el cadáver lanzado al mar sea el famoso terrorista.

En verdad, el manejo del acontecimiento por parte de las autoridades norteamericanas alienta este escepticismo. En especial, la negativa del presidente a presentar pruebas ha despertado sospechas, dado que contrasta con la forma en que fueron tratados otros casos; el más reciente el de Sadam Hussein, a quien exhibieron, sucio y desgreñado, cuando lo sacaban del hueco donde se hallaba escondido y posteriormente distribuyeron la foto en que aparecía colgado de la soga en que fue ahorcado, achacándola a un sujeto que, violando normas elementales de seguridad, las tomó con su teléfono celular.

Pero incluso aquellos que aceptan la versión oficial de Estados Unidos respecto a la muerte de Osama, dan por sentado que no se trató de un operativo de “búsqueda y captura”, como dijo el presidente Obama, sino que la “justicia norteamericana” tenía como único fin la liquidación de un hombre que sabía mucho y podía echar por tierra los mitos que se han tejido alrededor de su figura, incluyendo su real participación en los atentados del 11de septiembre de 2001. Esta versión resultó alentada por la declaración de una hija, difundida por los paquistaníes, donde afirma que su padre fue capturado vivo y ultimado en el acto.

Mirado desde esta perspectiva, es lógico que resulte contradictorio para muchos, la evidente precariedad de la protección del que se suponía el terrorista más poderoso del mundo. Es justo entonces presumir que Osama contaba con otras garantías o simplemente se trataba de un hombre intrascendente, que apenas contaba con un puñado de seguidores, incapaces de intentar una mínima resistencia al comando norteamericano que invadió el recinto en helicópteros.

Como me dijo un amigo, ducho en estas cuestiones, si Osama no estaba allí con la complacencia norteamericana, entonces queda en entredicho la eficacia de su inteligencia, supuestamente incapaz de detectar al hombre más buscando del mundo, oculto durante años en un lugar donde están desplegados los recursos de espionaje más sofisticados que jamás se hayan empleado. Si este es el caso, el hombre podía haberse escondido en Washington y hubiese estado más seguro.

No obstante, si aceptamos que bin Laden fue tan astuto que logró burlarlos mediante la táctica de pasar inadvertido y ello implicó que ni siquiera saliera a tomar el sol todo ese tiempo, cómo se explican entonces los recurrentes videos amenazantes que tanto contribuyeron a las campañas de Bush o su capacidad para dirigir una red terrorista capaz de poner a cada rato en alerta roja a los propios Estados Unidos.

De cualquier manera, cualquiera haya sido la realidad de lo acontecido, lo que más preocupa a los cubanos, y con probabilidad a buena parte de la gente en el mundo, es que, cierta o no, la versión norteamericana respecto a su muerte, no oculta la convicción del pretendido derecho de Estados Unidos a intervenir en cualquier parte y hacer lo que estime conveniente para proteger una pretendida “seguridad nacional” que no reconoce fronteras ni límites éticos en su conducta, como afirmó Fidel Castro.

Debe entonces preocuparnos aún más, que tal actuación aumente la popularidad de los políticos estadounidenses, hasta el punto, que un premio Nobel de la Paz se sienta impelido a realizar acciones como esta para ganar unas elecciones. No debemos olvidar que la conveniente muerte de Osama bin Laden ha servido, entre otras cosas, para opacar la noticia del asesinato de un hijo y varios nietos de Muhamar al Gaddafi en Libia y justificar ante la opinión pública de Estados Unidos las aborrecibles y escandalosas torturas de prisioneros políticos, que tanto criticó el propio Obama en su campaña electoral.

Los cubanos, por demás, no pueden dejar de comparar la muerte de Osama con la de otro terrorista que, casi coincidentemente, dejó de existir en Miami, bajo el amparo de las autoridades estadounidenses. A Orlando Bosch no lo buscó ningún comando especializado ni su cadáver fue lanzado al mar, a donde, por cierto, sí fueron a parar las víctimas del avión cubano que mandó a explotar en pleno vuelo, sino que lo enterraron con todos los honores y hasta la presidenta de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Ileana Ros-Lethinen, se declaró admiradora del sujeto y lamentó compungida su deceso.

Igual a lo ocurrido con el asesinato de bin Laden, el caso de Orlando Bosch está repleto de incoherencias que afectan la credibilidad de la política antiterrorista de Estados Unidos. Pero, en definitiva, el Gobierno norteamericano no se siente en la obligación de convencer al resto del mundo de la justeza de sus acciones, basta que lo crean los que se consideran dueños del planeta y votan en las elecciones, los demás, debemos acatar el hecho de que estamos en presencia de un poder casi divino, capaz de condenar o perdonar pecadores, según su conveniencia y buen parecer.

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