viernes, 1 de abril de 2011

Leonel y la vocación de eternidad

Nada hay en este país que no esté bajo el control del Presidente

ANDRÉS L. MATEO

El uso del poder que Leonel Fernández ha desplegado en el país recupera una constante de la práctica política dominicana: La vocación de eternidad. Sesgo catastrófico que ha atravesado toda la historia nacional, desde la fundación misma de la seudo República. Santana era como una luz sobrenatural que lo aspiraba, montado en el encabritado potro de la ambición.

Báez miraba en forma aguda los designios del porvenir soñándose un ser predestinado, Lilís no cabía en su gozo, era un ser ascensional, y toda la irracionalidad que lo acompañaba tendía a justificar el fondo paternalista de la violencia. No hay como Mon Cáceres para entender el modo cómo lo innombrable se despliega en la historia, desde la autopercepción de un sujeto que está ajeno a la desgracia que él mismo genera. Trujillo era la tautología hiperbólica de esa tradición autoritaria, incluso más allá de la violencia física, porque su pasta divina suspendía la verdad cotidiana, y la ilusión de ese ser imprescindible iba más allá de las posibilidades de la razón. Es lo que hizo Balaguer para fraguar una idea de eternidad que acompañaba su ambición, y que la filosofía de lo extraordinario lo convertía en el único ser cuya naturaleza era el poder.

¡Más de ciento cincuenta años de historia ocupan los “imprescindibles” y ególatras en el largo rosario del autoritarismo!

Y aun así, si algo define el momento político que estamos viviendo es la construcción de un poder personal desmesurado, que desde los órganos del Estado ha tenido el privilegio de ir instalando un dispositivo de control social que lo ha reagrupado todo (dádivas de beneficencia, bonos estudiantiles, bono-gas, bono-combustible, tarjetas solidaridad, nóminas secretas con fondos públicos, bono-luz, barrilito para senadores y diputados, enriquecimiento de la estructura de dirección del partido oficial, reforma de la Constitución, dominio de los medios de comunicación y de los comunicadores por la vía del dinero, práctica desvergonzada del transfuguismo, rentismo, corrupción e impunidad generalizada, control de partidos políticos “opositores”, cooptación de intelectuales e historiadores, etc,). Tinglado que es la piel de la ambición que hace creíble la vocación de eternidad del Presidente Fernández.

Michel Foucault define el poder de la siguiente manera: “contrariamente a lo que deja entender el lenguaje ordinario, el poder no se detenta; se ejerce más bien que se posee, circulando a través de todos los engranajes de la sociedad, por todas partes donde se pueden observar las relaciones de fuerza y estrategia de dominación”. Nada hay ahora mismo en este país que no esté bajo el control personal del Presidente Fernández. Todos los engranajes de la sociedad están en sus manos. Jamás habíamos sentido tan nítidamente la impotencia de vivir en una sociedad secuestrada.


Y lo curioso es que, siendo una realidad omnipresente, que se manifiesta contundentemente en el despliegue del poder para instrumentalizar el dominio del Tribunal Constitucional, de la Suprema Corte, del Tribunal Electoral, de la Cámara de Cuentas, de la Cámara de Diputados, del Senado de la República, etc; los poderes fácticos de la nación y los partidos políticos de oposición no se hayan percatado de que toda esa “retícula de poder” que Leonel Fernández ha levantando es la forma concreta de manifestar su vocación de eternizarse en el dominio social, de desplegarse como un “imprescindible”, de planear sobre una sociedad zarandeada históricamente por el autoritarismo, e inundada por el vaho sagrado de un ser cuya megalomanía lo lleva a creer que sin él este país se hunde.

En el PLD es el amo que tira bruscamente de la cadena del perro. Y hasta puede que se vea “obligado” a elegirse a sí mismo. Quienes creen lo contrario están equivocados. Es la vocación de eternidad la que lo mueve. Y si uno lee práctica y no discurso, sabe que a él no le importa más que el poder. Nada más. Y por encima de todo.

Santo Domingo, R.D., jueves, 31 de marzo de 2011.

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