miércoles, 19 de mayo de 2010

Pero… ¿es esto la democracia?

Por Luis Scheker Ortiz

La Democracia es tan bella como la vida misma, se dice y lo creo

Pasó lo que tenía que pasar: lo esperado, lo previsible, lo que se veía venir, dadas las circunstancias: El PLD barrió en las elecciones congresuales y municipales, con una alta abstención. El voto, dudoso privilegio de elegir y ser elegible, selló la anunciada victoria. Consagró el Progreso: del continuismo, el clientelismo, el nepotismo, la corrupción, la impunidad, el despilfarro de fondos públicos, la falta de transparencia.

Las miserias de un sistema perverso. No hay que culpar al votante. Colocado entre Juana y su hermana, prefirió al que dio más y corrompió mejor en una carrera desigual donde ninguno podía señalar la paja en el ojo ajeno. Nada de lo que deberíamos sentirnos orgullosos, ni como nación ni como ciudadano. Todo lo contrario. Debiéramos sentirnos sumamente preocupados y temerosos de lo que ha de venir: “el poder en pocas manos, corrompe; el mucho poder, corrompe más.” Lo hace totalmente irresponsable.

Con esta aplastante victoria, el PLD domina todos los segmentos del Poder del Estado: el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, y el poder municipal, dependiente, atado, y lo concentra en un solo hombre: el seductor y enigmático Presidente de la República que no oculta ni pone límites a sus ambiciones de perpetuidad.

La Democracia es tan bella como la vida misma, se dice y lo creo. Pero para serlo no bastan los decretos y las proclamas. El “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” deja de ser un mito hermoso si no se sustancia con medidas y acciones concretas que la hagan creíble.

Imponer el verdadero Estado de Derecho, cuesta y exige múltiples sacrificios. Requiere de una voluntad política decidida, no demagógica. De dedicación constante para educar a toda una población, desde la niñez, a ser mejores ciudadanos, conscientes de sus derechos, sus deberes y obligaciones.

Precisa de un Estadista comprometido con su pueblo, decidido a radicar de raíz la causa de tantos males. De la pobreza, la mayor iniquidad de la humanidad, porque hace vulnerable y degrada al ser humano. El debido respeto a la Constitución, norma suprema obligatoria para gobernantes y gobernados; expresión libérrima de la Constituyente, base esencial de armoniosa convivencia. Procura, en esencia, el bienestar general y la soberanía de la Nación, su propia identidad. Para ello precisa de una Justicia respetable e independiente.

De un celoso cuerpo de legisladores capacitados, auténticos defensores de los derechos colectivos de su comunidad y del interés nacional, no de su partido ni de sus privilegios. La pregunta obligada surge sin respuesta: ¿Son esas las prendas y ventajas que adornan nuestro sistema democrático? ¿O estamos en presencia de un simulacro? De un sistema manipulador, diseñado e impuesto para perpetuar los males que padecemos, abismar los sectores poderosos de sus obligaciones primarias haciéndolos más hegemónicos y a los sectores pobres y productivos cada vez más dependientes y marginados. Los expertos de la inefable OEA, la JCE y parte de la sociedad civil han proclamados su satisfacción. “La campaña marcha en paz y en orden.” El pueblo, una vez más, fue a las urnas, votó pacíficamente. Dio una demostración de alto civismo (sic). ¿Es ese ejercicio lo que resume el ideal democrático? ¿De esta contienda electoral, saldremos fortalecidos? No lo sé. Abrigo mis temores.

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